La Cuaresma como tiempo de conversión

La Cuaresma es, para la Iglesia, un tiempo fuerte de gracia orientado a la conversión del corazón. No se trata solo de un período de prácticas penitenciales, sino de una verdadera pedagogía espiritual que prepara al cristiano para el misterio pascual: la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En este itinerario de cuarenta días, la Iglesia invita a volver a Dios con sinceridad, reconociendo que la conversión no es un acto puntual, sino un proceso continuo de transformación interior


La Sagrada Escritura presenta la conversión como retorno amoroso al Señor. El profeta Joel exhorta: “Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos” (Jl 2,13). La teología católica ha entendido siempre este tiempo como una renovación bautismal: morir al pecado para vivir en Cristo. Así lo recuerda el Catecismo cuando afirma que la penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida hacia Dios.
Los santos han contemplado la conversión como una obra de la gracia que requiere cooperación humana. San Agustín de Hipona describía su propio camino como un regreso al Amor que nunca dejó de buscarlo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. La Cuaresma, desde esta perspectiva, es el tiempo en que el creyente permite que Dios ordene nuevamente sus afectos y deseos.
También Santa Teresa de Jesús subrayaba que la conversión implica un trato personal con Cristo. Para ella, la oración no es solo ejercicio ascético, sino amistad transformadora: “Tratar de amistad con quien sabemos nos ama”. La tradición espiritual enseña que la penitencia auténtica brota del amor, no del temor.
Los papas también han insistido en la dimensión misionera de la conversión cuaresmal. Francisco ha recordado que la Cuaresma es un tiempo para “volver al corazón del Evangelio” mediante la limosna, la oración y el ayuno, prácticas que no tienen valor en sí mismas si no conducen al amor concreto al prójimo. La conversión, afirma, rompe la autorreferencialidad y abre a la misericordia.
Benedicto XVI, por su parte, enseñó que la conversión cristiana nace del encuentro con Cristo y no de un esfuerzo meramente moral. En una de sus catequesis cuaresmales explicó que el ayuno educa el deseo, la limosna purifica el apego a los bienes y la oración restituye la primacía de Dios. Estas tres prácticas, profundamente bíblicas, expresan la unidad de la vida cristiana: relación con Dios, con uno mismo y con los demás.
San Juan Pablo II destacó repetidamente que la conversión es un don que se acoge con libertad. En su magisterio cuaresmal insistió en la necesidad de redescubrir el sacramento de la reconciliación como encuentro sanador con Cristo. La confesión sacramental no es un acto jurídico, sino una experiencia de misericordia que restaura la dignidad bautismal.
También el Papa León XIV, en el mensaje para la Cuaresma que reproducimos íntegro en las páginas siguientes y cuya lectura recomendamos vivamente, nos recuerda la importancia de este tiempo de conversión.
La teología católica ha visto en la Cuaresma una participación en el misterio de Cristo en el desierto. El ayuno recuerda la dependencia radical de Dios; la oración une al creyente con la voluntad del Padre; la limosna prolonga la caridad de Cristo hacia los pobres. Estas prácticas no son fines en sí mismas, sino medios para la conversión integral: del pensamiento, del corazón y de las obras. San Juan de la Cruz enseñaba que el camino hacia Dios implica purificación interior. La tradición mística ha interpretado la penitencia cuaresmal como liberación de todo lo que impide el amor pleno. La conversión no es pérdida, sino plenitud: el alma se vacía para ser colmada por Dios.
En el contexto actual, marcado por la prisa y la dispersión, la Cuaresma ofrece un espacio de silencio y discernimiento. Es un tiempo para redescubrir la primacía de la gracia y la centralidad del misterio pascual. La Iglesia invita a cada fiel a emprender un camino personal y comunitario de renovación espiritual que culmine en la alegría de la Pascua.
Para una Iglesia que peregrina en la historia, la Cuaresma sigue siendo un llamado permanente a la santidad. Conversión significa volver al amor primero, dejarse reconciliar y vivir como testigos de la misericordia. Así, el itinerario cuaresmal no es solo preparación litúrgica, sino anticipo de la vida nueva que Cristo ofrece al mundo.

 

Carta del Arzobispo don Florencio para la Cuaresma: https://iglesianavarra.org/category/mons-florencio-rosello/

Homilía del Arzobispo don Florencio del Miércoles de Ceniza https://iglesianavarra.org/mons-florencio-rosello/2026/02/miercoles-de-ceniza/

Noticia del traslado del Cristo Alzado https://iglesianavarra.org/noticias/2026/02/multitudinario-traslado-del-cristo-alzado/

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