Misa de Nochebuena

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, en la Catedral de Pamplona, en la noche de Navidad, con motivo de la Misa del Gallo.


En una sociedad en la que nos cuesta ceder, en la que nos resistimos a reconocer al otro como superior; en un mundo donde creemos tener siempre la razón, donde pensamos que somos los más importantes, esta noche de Navidad choca contra toda esta mentalidad. Dios, que es grande, el más grande, se hace pequeño y se encarna en un niño, en Jesús, como nos ha dicho el profeta Isaías en la primera lectura: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is. 9, 5),  para demostrarnos que la grandeza no está en la apariencia ni en ser más importante, sino en la sencillez, en la humildad, en el servicio. Un niño pobre, en un ambiente pobre, en un lugar pobre, sencillo, fuera de la ciudad, se hace uno como nosotros; mejor dicho, menos que nosotros, se hace el más pequeño, por amor.

El papa León XIV describe muy bien la Navidad. Dice: “Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud” (DT, 16). Hoy celebramos algo muy grande y es que el Hijo de Dios ha nacido en nuestra carne. Ha bajado a nuestra realidad, se ha manchado con nuestro barro, ha experimentado nuestras heridas. Esta noche, la lógica de Dios choca contra toda lógica humana, pues lejos de ejércitos, de guerras y batallas, la salvación, la victoria de Israel comienza en la fragilidad, en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante. En este niño que nace pobre, en un pesebre, comienza un regalo: Dios nos regala a su hijo, sin merecerlo, sin haber hecho nada para tenerlo.

El evangelio que hemos escuchado nos acerca al corazón del misterio, a lo esencial de la Navidad. La escena del nacimiento es sencilla y muy reveladora. No hay lujos ni palacios. Un pesebre para nacer y sus padres, José y María, los dos llenos de dudas, pero confiados en Dios. No hay personajes importantes para alternar, simplemente unos pastores, pobres y sencillos, de los preferidos de Jesús cuando dice: “Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25). Los pastores son los primeros en acudir al portal porque solo desde la sencillez podían comprender y contemplar el misterio. Ellos entendieron la grandeza del misterio, la grandeza de la Navidad. Los sabios y entendidos se hacen muchas preguntas, cuestionan todo; los pastores, los pobres, contemplan, admiran y siguen a Jesús. Los sencillos son los que primero se fían de Dios.

Celebrar la Navidad no es simplemente contemplar al Niño en el pesebre; es dejarnos transformar por Él.  No es algo estático, es dinámico ¡Qué sentido tiene la Navidad si nos deja indiferentes, igual que antes de comenzar la Navidad! El Niño que nace en Belén viene a cambiar nuestra manera de vivir, de amar, de relacionarnos con los demás. Nos invita a abandonar el egoísmo, la violencia, la indiferencia ante los que sufren, y a construir una vida solidaria, generosa y comprometida con nuestros hermanos. No hay Navidad sin transformación, no hay Navidad sin compromiso, no hay Navidad sin entrega. ¡Que no pase la Navidad de largo en tu vida!

En Navidad, Jesús nace para poner en valor a las personas, así nos lo expresó el papa Francisco cuando dice que Jesús nace “para reconducirnos a lo que realmente es importante: a Dios, que viene a habitar entre nosotros. Por eso es importante mirar el pesebre, porque nos ayuda a entender que es lo que cuenta y las relaciones sociales de Jesús, José y María y los seres queridos, los pastores. Las personas antes que las cosas. Y tantas veces ponemos a las cosas antes que a las personas. Esto no funciona(Audiencia General) 20-12-23. En el ambiente actual, a veces este deseo del papa Francisco choca con la realidad, pues corremos el riesgo de poner por delante los regalos, lo material, las cosas que nos rodean, olvidándonos de las personas. Cuando dejamos lo material de lado, recuperamos a las personas.

La grandeza de esta noche es que se universaliza el misterio. San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura que Dios nace para todos: “Trae la salvación para todos los hombres” (Tit. 2, 11). Esta mañana he estado en la cárcel de Pamplona, Jesús también ha nacido allí. Este nacimiento ha motivado que los presos sonrían, que besen al Niño con pasión, que se deseen paz y libertad. Porque Jesús viene a traer la libertad, primero la interior, y esa nos llevará a la exterior, la de salir de prisión. Porque la Navidad también cambia a los presos, a algunos les ha dejado tocados. Jesús les ha dicho que otra vida es posible y que se puede volver a empezar. Esta mañana, en el momento de las ofrendas se ha pasado en Niño Jesús de brazo en brazo, de mano en mano, de cada preso: unos lo miraban, otros lo acariciaban, otros lo besaban, pero nadie ha quedado indiferente, porque Jesús no deja indiferente a nadie si tenemos el corazón abierto para recibirlo. Esta noche es, sobre todo, una noche donde los pobres se sienten comprendidos; los sin techo, entendidos; los inmigrantes, acogidos. Pues la luz que brilla en la tiniebla ha experimentado antes, todo eso, en su carne. Jesús nació pobre, no tuvo sitio para nacer. Dice el evangelio: “No había sitio en la posada” (Lc. 2, 7). Fue inmigrante y tuvo que huir a Egipto. Sería como los refugiados de guerra en la actualidad, pues querían matarlo.

Acercarnos al portal de Belén es aceptar que mi vida cambia. Nadie que se acerca al pesebre queda indiferente. Los pastores cambiaron, los magos se transformaron. Navidad es para todos y para servir a todos, especialmente a los más pobres. Pero la Navidad también nos pide un estilo de vida, un cambio. La segunda lectura nos habla de “una vida sobria, justa y piadosa”. La Navidad me cambia, de lo contrario no es Navidad. ¡Que no pase de largo en tu vida la Navidad!

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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