Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 18 de febrero, en la Catedral de Pamplona, con motivo de la celebración del Miércoles de Ceniza.
El profeta Joel nos llama a la conversión, al cambio. Convertirse, sí, pero no de cualquier manera. Convertirse no es cambiar la imagen, no es cambiar de ropa, no es cambiar de casa. Una conversión interior, dice la primera lectura, “no es rasgad vuestros vestidos”. ¡Qué sentido tiene cambiar exteriormente si interiormente estamos igual! Convertirse es volver a Jesús, porque nos hemos alejado de él. El pecado, nuestras caídas, nos han alejado de Dios y nuestra vida se ha desorientado. Volver a Dios, convertirse, hay que hacerlo sin miedo, con valentía. A pesar de nuestro pasado, de nuestras caídas, Dios es bueno, infinitamente misericordioso, no es rencoroso. Como le dijo a la adúltera: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». (Jn. 8, 10-12). No hay que temer, no hay que acomplejarse, convertirse es reconocer que Dios es la luz que ilumina mi vida, es el motor que me levanta cada día. Convertirse es aprovechar las oportunidades que Dios nos da, es mirar el futuro con esperanza.
Convertirse es dejar que el Señor toque nuestro corazón. El profeta nos ha dicho: «Rasgad los corazones y no las vestiduras». El corazón es clave en nuestro camino de conversión. Nuestro corazón es el lugar de los sentimientos, de las sensaciones. La Cuaresma es un camino de regreso al corazón, un tiempo para redescubrir quiénes somos delante de Dios y qué siente nuestro corazón ante los demás. Dios no busca gestos vacíos, sino un corazón sincero. Podemos venir a la iglesia, recibir la ceniza, rezar más, ayunar, dar limosna…, pero si el corazón permanece cerrado, este tiempo pasa sin fruto. La Cuaresma toca y transforma nuestro corazón.
Una conversión que pasa por escuchar. “Dar espacio a la palabra a través de la escucha” (León XIV. Mensaje de Cuaresma 2026). Solo puedo volver al Padre a través de la escucha de su palabra, para saber lo que me pide, lo que me sugiere. Esta Cuaresma, el papa León XIV nos invita a acercarnos a la palabra de Dios, a beber de sus fuentes y hacer vida esa palabra. Ella es la que me lleva a la conversión, al cambio. Escuchar me da la posibilidad de hacerla vida, de vivirla en mi realidad, de transformar mi vida a imagen y semejanza de Jesús. Sin escucha construyo mi vida, mi futuro que me aleja de Dios y me impide vivir en comunión con el Señor. “Las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia” (León XIV. Mensaje de Cuaresma 2026).
En la Cuaresma, para llegar a la conversión del corazón, el evangelio nos propone tres caminos:
El primero, la oración. Que intensifica mi relación con Dios, Sin oración, la fe se seca, se vuelve superficial y monótona. Orar no es decir muchas palabras, ni chillar mucho. “Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso (Mt. 6, 7). Es crear un espacio de intimidad y abrir el corazón al Señor. Orar es también vivir la noche oscura de san Juan de la Cruz, estar sin saber cómo, pero estar. Estar sin decir nada, pero estar ante el Señor. “Es estar a solas con quien sabemos que nos ama” (Sta. Teresa de Jesús). Esta intimidad se logra “en lo secreto, en lo escondido” (cf. Mt. 6, 6), donde encontramos a un Dios padre y amoroso.
El segundo camino es el ayuno. Es aprender a ser dueño de nuestra vida y saber decir no a lo que nos domina. Es luchar por nuestra libertad, sin ataduras. Es llevar un estilo de vida más sobrio y coherente con la palabra de Dios, a la que nos invita el papa. Este año, León XIV nos invita a cambiar nuestro lenguaje hiriente por otro más fraterno, nos llama a “abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz” (papa León XIV. Mensaje de Cuaresma 2026).
El tercer camino es la limosna. Que es mucho más que dar un dinero que me sobra. Es más bien un compromiso con el Cristo pobre que se cruza en mi camino y que tiene muchos rostros. Una limosna que puede tener rostro de soledad y al que regalo y comparto mi tiempo con él. La limosna tiene cara de dignidad, reconocida en personas hundidas y marginadas de la sociedad. Un saludo, una palabra o una mirada devuelven la dignidad humana. Una limosna que tiene cara de perdón, dejando de lado nuestro orgullo; le ofrezco mi perdón y reconciliación. Una limosna que tiene rostro de acogida, para el visitante, el inmigrante, al que ofrezco un lugar y unos brazos abiertos en mi vida. La limosna me hace ver al hermano necesitado, me ayuda a crear fraternidad, solidaridad.
La Cuaresma no es un tiempo triste; es un tiempo de regreso. Es el camino que nos lleva a la Pascua, a la victoria de Cristo. Alejemos el pesimismo, la tristeza. La Cuaresma es la oportunidad que Dios nos regala para volver a empezar. Para prepararnos para un tiempo nuevo; un tiempo para rezar, ayunar y dar nuestra limosna en favor de los demás.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

