Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 28 de febrero, en la Catedral de Tudela, con motivo del Día del Catequista
En el ambiente se respira alegría, gozo e ilusión. Pero sobre todo se respira compromiso. Esta Jornada del Catequista no es simplemente un encuentro formativo o festivo: es una llamada a renovar el corazón. A renovar nuestro compromiso como catequistas. Es un momento de decir SÍ a Dios, a pesar de las dificultades, del cansancio, estáis en la catequesis y hoy estáis aquí, algunos venidos desde el otro lado de la diócesis.
Y lo hacemos bajo un lema sencillo, pero inmensamente profundo: “Caminando juntos”. Aquí en Navarra sabemos mucho de caminar juntos, especialmente en las Javieradas. Allí experimentamos que se camina mucho mejor juntos, en grupo, que solos. Traemos a la memoria al papa Francisco que tantas veces nos ha recordado que la Iglesia es sinodal. Nos ha recordado el valor de la familia de fe, de la comunidad. La Iglesia no es una estructura fría ni una organización funcional, es un pueblo en marcha.
Y vosotros, catequistas sois parte de ese caminar. Ningún catequista es “francotirador pastoral”. Nadie va por libre, nada va por un camino diferente. No caminamos cada uno por nuestra cuenta. Caminamos con el párroco, con otros catequistas, con las familias, con los niños y jóvenes a los que acompañamos. Caminamos con toda la diócesis. Hoy se escenifica este caminar. Hoy es la Iglesia de Navarra la que camina en clave de catequesis.
En la primera lectura escuchamos cómo Moisés nos dice que Dios nos ha “elegido para que seas su propio pueblo y para que observes todos sus preceptos”. Hoy renovamos nuestro ser de catequistas y, sobre todo, renovamos la llamada. Muchos decimos: “Yo empecé como catequista porque el párroco me invitó”, “porque una amiga me comentó”, “porque mi hijo tomaba la comunión ese año”. Pero no era el párroco ni una amiga, era Dios mismo quien te llamaba. Ser catequista no es simplemente una colaboración parroquial. Es una llamada. Es una vocación dentro de la gran vocación bautismal. Dios os ha elegido para ayudar a otros a descubrir que ellos también son pueblo santo, pueblo elegido, pueblo amado.
También nos habla en esta primera lectura de observar sus mandatos, preceptos y decretos, para luego poder enseñarlos y transmitirlos a niños y jóvenes. Nos invita a la formación, a la preparación del catequista. No podemos transmitir aquello que no conocemos. Por eso, nos insiste en conocer todo lo que Dios nos enseña, para luego poder enseñarlo también nosotros. La formación es fundamental en la vida del catequista.
El evangelio nos habla de la vida. La primera lectura nos ha hablado de la formación, de la escucha. Aquí Jesús nos invita a la coherencia, centrada en el amor. Porque nuestras catequesis deben estar acompañadas de nuestra vida. Llegamos más a los niños y a sus familias con nuestro comportamiento, con nuestras actitudes, que con todas las catequesis que podamos impartir. Los niños aprenden más y escuchan más si perciben que les queremos que con todas las clases magistrales que les podamos impartir. Por eso, el evangelio nos hace varias preguntas y cuestiona nuestro comportamiento, que debe estar centrado en el amor, especialmente a los que nadie quiere, a los niños más débiles y necesitados de nuestros grupos.
Una catequesis que esté abierta a todos, porque como también nos ha recordado el evangelio “El Padre celestial hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. Nuestras parroquias y nuestros grupos de catequesis deben de estar abiertos a todos niños, jóvenes y adultos que se acerquen a escuchar hablar de Jesús. Aunque a veces no sean los más agradables o los que atiendan más. Recordemos, a buenos y malos, justos e injustos. En el contexto de la catequesis, significa varias cosas muy concretas:
- Educar en el perdón, cuando el ambiente cultural enseña la revancha.
- Educar en la acogida, cuando la sociedad excluye.
- Educar en la paciencia, cuando todo se quiere inmediato.
Queridos catequistas, sois ejemplo de entrega, de compromiso. Pero hoy os invito de manera especial a que os cuidéis también vosotras y vosotros. Cuidad tanto vuestra salud física como vuestra salud espiritual. Un catequista que no ora, que no se alimenta de la Palabra y de la Eucaristía, termina agotándose, se seca y no puede transmitir nada. En cambio, quien se deja amar por el Padre encuentra fuerzas y palabras para renovar el mensaje.
Queridos catequistas, quisiera terminar con un texto de la carta que esta semana he escrito en La Verdad. Gracias por vuestra disponibilidad, a veces silenciosa y no reconocida. Gracias por el tiempo que regaláis a la preparación de las catequesis, por el cuidado con que acompañáis a niños y jóvenes, por vuestra presencia cercana a las familias. Gracias por vuestra entrega, por vuestra gratitud, disponibilidad, alegría y esperanza que siempre trasmitís. Aunque tengáis la sensación de la invisibilidad de vuestra labor de catequistas, “Dios, que ve en lo escondido te lo recompensará” (Mt. 6, 6). Dios lo ve y yo os lo agradezco. Y vuestra labor va más allá de lo visual, es una labor que deja huella en el corazón del niño, del joven o del adulto a quien acompañáis. Queridos catequistas, ¡no os canséis! ¡Os necesito! ¡¡¡Gracias!!!
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

