«No tengáis miedo a abrir las puertas a Cristo»

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el 14 de marzo, en la explanada del Castillo de Javier, con motivo de la segunda Javierada 2026


“¡No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma!” (Mt. 10, 28). “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo” (S. Juan Pablo II). Viendo esta explanada del Castillo de Javier, también yo me atrevo a deciros: “¡No tengáis miedo!”. Queridos jóvenes, Cristo tiene fuerza, tiene tirón. Cristo tiene un mensaje vivo, actual. Hemos venido desde muchos lugares de Navarra, de España y del mundo, convocados por Jesús, a beber en el pozo de Javier, que para nosotros tiene vida y calma la sed. Y hemos venido caminando, corriendo, en bicicleta, en coche o en bus, desafiando la climatología adversa. Pero quiero destacar que lo hemos hecho públicamente, a la vista de todos, no nos escondemos, no ocultamos nuestra fe. Estamos diciendo que no tenemos miedo, ¿por qué no mantenemos esta fuerza, este coraje el resto del año?

Vuestra peregrinación, vuestra venida a Javier, no ha sido solamente una experiencia personal o de grupo. También ha sido un testimonio público. Muchos de vosotros habéis salido de vuestros pueblos, de vuestras casas, mientras todavía era de noche. A otros os han visto pasar por las carreteras, por los caminos, por las localidades que habéis atravesado. Y al veros caminar han reconocido algo especial: han visto peregrinos. Os ha visto caminar gente que no cree y no os ha importado, gente que está en contra de la Iglesia y no os ha detenido a venir a Javier. La Iglesia necesita vuestra fuerza, vuestra determinación, porque a veces tengo la sensación de que los cristianos nos escondemos, que nos da vergüenza mostrarnos como somos, que tenemos complejo de manifestar nuestra fe. ¡No tengáis miedo!

Tal vez gente que os ha visto pasar se ha preguntado: “¿A dónde van?”, “¿por qué caminan?”, “¿qué les mueve a hacer este esfuerzo?”. Y aunque no hayáis contestado con palabras, vuestra presencia ya ha dado una respuesta: vais a Javier a encontraros con Jesús. En un mundo en el que tantas veces la fe se vive de forma silenciosa o incluso escondida, vosotros habéis ofrecido un testimonio visible. Habéis recordado a muchos que Dios está vivo, que sigue teniendo un lugar en la vida de las personas y de nuestro pueblo.

El Castillo de Javier es la casa de todos. Javier nos acoge, nos une e iguala a todos. Aquí nadie es más importante que los demás. A los ojos de Dios todos somos iguales. En esta explanada hay hombres, mujeres, jóvenes, niños. Hay sacerdotes, religiosos, laicos. Profesiones diferentes, sensibilidades políticas contrarias. Y juntos formamos la misma Iglesia de Jesús. Inclusive hay personas que socialmente no son bien aceptadas: inmigrantes, algunos de ellos en fase de regularizar su situación buscando sus papeles; hay personas que han salido de la cárcel por un día para participar en esta celebración. Hay enfermos para los que Javier es su fortaleza y esperanza. Javier humaniza, iguala y reserva un sitio para cada uno de nosotros, especialmente para los más pobres, pues no olvidemos que Javier abandonó estas tierras para acercarse a los pobres y descartados de la sociedad. A veces hacemos diferencias, excluimos a quien no piensa como nosotros, a quien le falta un papel o a quien ha cometido un delito. Elaboramos nuestra propia justicia, nuestra propia conciencia; en cambio, Javier abraza a todos.

Queridos hermanos, este es “nuestro chiringuito”, nuestra Iglesia, la que no hace distinciones, la que da una oportunidad al pobre y al marginado, la que da voz a los que no tienen voz. Este es el “chiringuito” de san Francisco Javier, que tiene las puertas abiertas para todo el mundo. Y, en cambio, hay personas que nos lo quieren cerrar, lo quieren silenciar. ¡Qué será entonces de los pobres!

Esta tarde estamos en Javier porque hemos respondido a la llamada, hemos sido “invitados por la fe”. Una fe que se fija y preocupa de lo pequeño, de lo sencillo, como nos ha descrito la primera lectura en la elección de David como rey de Israel. Humanamente parece claro quién debería ser rey: el más fuerte, el más alto, el más importante. Pero Dios le dice: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1Sam. 16, 7).  Elige a David, el más pequeño, el que nadie esperaba, el que estaba cuidando el rebaño. También el Señor mira nuestro corazón, pequeño, humilde y sencillo. Cada uno de vosotros ha venido con su historia, con sus alegrías, con sus preocupaciones, con sus preguntas, esas que guardamos en nuestro interior. Y el Señor, que ve el corazón, sabe por qué habéis venido. Sabe qué buscáis. Sabe qué necesitáis. Y sale a vuestro encuentro para daros luz. Como el ciego de nacimiento del evangelio, queremos ver.

Muchos de nosotros hemos peregrinado a Javier para ver la luz, para que Jesús ilumine nuestra vida. Javier nos ayuda a ver, a descubrir lo que Dios nos quiere decir, lo que nos quiere mostrar. Algunos venimos confusos, no vemos el futuro, no vemos nuestro camino en la vida, y para muchos Javier se convierte en la luz que nos muestra el camino, en la luz de tomar decisiones.

San Francisco Javier, además de manifestar públicamente su fe, dio un paso más y se consagró al Señor como jesuita y como sacerdote. También Javier ha sido luz para que jóvenes den un paso al frente y digan sí a la llamada de Jesús. Aquí en Javier, y no hablo de memoria, han surgido vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa. Por eso, esta tarde os digo: “Queridos jóvenes, ¡no tengáis miedo a decir Sí a Dios si Él os llama!, ¡no tengáis miedo de entregar vuestra vida a Dios como sacerdote o religiosa/o!”. Dios necesita sacerdotes, religiosas/os que iluminen el camino de muchas personas. Hay muchos ciegos que necesitan iluminar su camino y estoy convencido de que Dios llama a alguno de vosotros. ¿Alguna vez os habéis preguntado qué quiere Dios de vosotros? ¿Y si Dios te pide ser sacerdote o religioso, religiosa?

Javier deja huella, Javier hace mella en mucha gente que se acerca a este Castillo a dar sentido a su vida. Cuando uno ve la luz, ya no hay ampollas, rozaduras ni cansancio, ya no hay calambres que nos paren. Nos lanzamos al abismo y nos ponemos en manos de Dios. Queridos hermanos, queridos jóvenes, ¡no tengáis miedo de manifestar públicamente vuestra fe! ¡No tengáis miedo de acoger a los pobres, a los descartados de la sociedad! ¡No tengáis miedo de decir Sí a Dios si os llama a ser sacerdote o a la vida religiosa! Dios te necesita.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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