Jornada por la Vida

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 25 de marzo, en la parroquia de San Miguel de Pamplona, con motivo de la celebración de la Jornada por la Vida


Celebramos hoy una de las solemnidades más grandes y más misteriosas de nuestra fe: la Encarnación del Señor. Esta fiesta nos lleva a celebrar la fiesta de la Jornada por la Vida. Porque el misterio de la Encarnación nos revela, con una claridad deslumbrante, el valor inmenso de toda vida humana.

Hacemos que ambas realidades y la fiesta coincidan, porque una ilumina a la otra. La Encarnación nos revela el valor de toda vida humana. Desde el primer instante de su concepción, Cristo es ya plenamente Dios y plenamente hombre. No hubo un momento en el que su vida fuera “menos valiosa” o “incompleta”. Si Dios mismo ha querido asumir la condición humana desde el seno materno, si ha querido comenzar su existencia como un embrión en el vientre de María, entonces ninguna vida puede ser considerada insignificante o descartable. Desde ese momento Dios hace una clara apuesta por la vida humana.

Cada ser humano, desde su concepción, es portador de una dignidad que no depende de sus capacidades, de su desarrollo, de su salud o de las circunstancias en las que llega al mundo. No hay excusas para decidir quién debe vivir y quién no. La vida no es un objeto que podamos administrar según criterios de utilidad. No es una mercancía, no se compra ni se vende, y mucho menos se destruye. Es un don recibido, un misterio confiado, una llamada al amor.

El Evangelio de la Anunciación que hemos escuchado nos presenta el diálogo entre el ángel y María. Dios no impone su plan: lo propone. Espera la libertad de una joven. Y esa joven responde con un “sí” que cambia la historia: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ese “sí” abre la puerta a la vida. Ese sí dignifica la vida humana y abre la esperanza a todo embrión que se encarna en el seno de una mujer. María acoge la vida cuando aún no se ve, cuando todavía es frágil, cuando todo parece incierto. Su respuesta no se basa en seguridades humanas ni en dudas maternales, sino en la confianza en Dios. Y precisamente por eso, su maternidad se convierte en modelo para toda la humanidad.

Hoy necesitamos redescubrir y reforzar la fuerza de ese “SÍ”. En una cultura que a menudo mide la vida por su utilidad, por su calidad aparente o por las circunstancias en las que llega, María nos enseña que toda vida es don, toda vida es llamada, toda vida merece ser acogida. Hablamos de derechos y el derecho a nacer hay que reclamarlo. La Encarnación nos obliga a mirar la vida con los ojos de Dios. Si Dios mismo ha querido comenzar su existencia humana en el seno de una mujer, ¿cómo no reconocer que cada vida, desde su concepción, es sagrada e inviolable?

Vivimos en una sociedad en la que la vida ha perdido valor. Para muchos la vida es sagrada, pero también muchos otros no la consideran vida o no reconocen el derecho a nacer. En muchas ocasiones la vida ha sido cuestionada y se valora si “debe nacer o no”, y eso provoca que muchas vidas no llegan a ver la luz, son consideradas prescindibles. Esta actitud provoca un drama en muchas personas. La Iglesia, sin imponer, sin violencia ni coacción, apuesta por la vida desde el momento de su concepción. Porque defender la vida no es solo una cuestión de principios, es una cuestión de conciencia que se centra en el amor por la vida. Defender la vida es mirarnos a nosotros mismos y dar gracias porque respetaron nuestro derecho a nacer.

Celebrar la fiesta de la vida significa comprometernos con ella en todas sus etapas. Significa estar cerca de la madre que duda, del padre que teme, de la familia que atraviesa dificultades. Supone estar por encima “del qué dirán”, de las razones sociales y económicas para decir si dejar nacer o no. Significa construir una sociedad donde nadie se sienta obligado a elegir entre la vida y la desesperación.

Defender la vida significa crear condiciones para que la vida pueda ser acogida. Significa apoyar a las madres, especialmente a las que atraviesan dificultades. Significa fortalecer a las familias. Significa promover una cultura en la que cada persona se sienta valiosa y querida. La vida se defiende no solo con palabras, sino con obras: con cercanía, con recursos, con solidaridad. Las instituciones públicas, el Estado, deberían garantizar que toda vida humana tuviese las condiciones favorables para crecer, desarrollarse y madurar. En todas las dudas que se genera, si vida sí o no, hay una responsabilidad institucional por parte de las administraciones públicas, de los gobiernos, que en la mayoría de los casos se olvidan de los derechos del niño.

Defender la vida significa cuidar la vida en su fragilidad: en la enfermedad, en la discapacidad, en la vejez. Cuidar las vidas también de los que vienen de fuera buscando un mundo mejor. La vida no pierde valor cuando se vuelve débil, o aunque tenga otro color de piel. Al contrario: es entonces cuando más necesita ser protegida, acompañada y amada. En Cristo, Dios ha abrazado toda la condición humana. Y nosotros estamos llamados a hacer lo mismo. Esto nos dice que ninguna vida es insignificante. Que nadie está solo. Que toda existencia, incluso la más frágil, tiene un valor infinito.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

Scroll al inicio
Navarra
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.