Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el en la parroquia de Santa Vicenta María de Pamplona, con motivo de la celebración de la titular.
Queridos sacerdotes, hermanas y hermanos.
Hace tiempo que quería visitar esta parroquia, que tiene como titular nuestra querida santa Vicenta María, cascantina y primera santa navarra. Mi visita es en el día de la Santísima Trinidad, una de las fiesta más profundas y hermosas de nuestra fe. Y las casualidades de la vida me permiten comenzar la reflexión resaltando la coincidencia de nuestra santa con la Santísima Trinidad. Según las palabras del papa Pablo VI en la ceremonia de canonización (25 mayo 1975) de santa Vicenta María “En la fiesta de la Santísima Trinidad de 1876 recibe el hábito religioso junto con dos compañeras; nace así la congregación de las Religiosas de María Inmaculada; una familia que tiene por misión la santificación personal de sus miembros y la ayuda a las jóvenes que trabajan fuera de sus propios hogares”
La Trinidad nos habla de renuncias y abajamiento de Jesús. “El cual, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo y tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres”. (Filp. 2, 6.7). Jesús, a pesar de ser Hijo de Dios se hace uno como nosotros, se abaja hasta abrazar nuestra condición de humano. Lo mismo santa Vicenta María, a la que sus padres le ofrecieron una educación selecta, en los mejores colegios de Madrid. Pero fue precisamente en Madrid donde descubrió la pobreza y la necesidad en las jóvenes que se habían trasladado de los pueblos a trabajar en el servicio social, en servir en las casas. Al igual que Jesús, santa Vicenta María renunció a todo el futuro que sus padres tenían para ella, renunció a todas las ventajas y prebendas que su condición social le tenía preparadas, para entregarse a la atención y ayuda de las jóvenes pobres y humildes perdidas en el Madrid del siglo XIX. Se hizo cercana y una más entre ellas.
Una fiesta que marcará el devenir de su vida y el de la Congregación que fundó. Contemplar la Trinidad es contemplar el misterio de Dios, que no es soledad sino comunidad, no es distancia, sino comunión eterna entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo La Trinidad nos habla de comunidad, la que forman las tres personas de la Santísima Trinidad. Una imagen que santa Vicenta María quiso trasladar al fundar una congregación religiosa, que su vida está sustentada en la vida comunitaria. La fundación de la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada, refleja que su obra quiere ser comunidad, Iglesia, no una obra individual de una soñadora. Pone su obra al servicio de las jóvenes que necesitaba atención y apoyo, pero lo hace desde la comunidad, mirando como modelo a la Trinidad.
La Trinidad es manifestación de amor para con todos nosotros. La Trinidad es misterio de amor y comunión. Significa que nuestro Dios no es un Dios solitario, sino que en Dios hay calor familiar. Como el Hijo es enviado por el Padre para redimir al mundo, Dios envía también a santa Vicenta María a “Esas jóvenes, rodeadas con frecuencia de no pequeñas dificultades y peligros. (Pablo VI. 25-5-75). La obra de nuestra santa es una obra de amor, de cercanía y compromiso con las jóvenes vulnerables del siglo XIX. “Y a ellas se dará sin reservas, para hacerles encontrar un hogar acogedor, donde hallen una voz amiga, la palabra alentadora v desinteresada, el calor de un corazón, donde descubran la riqueza inmensa humano-divina de sus vidas, el secreto de los valores perennes, de la paz interior y donde, a la vez, aprendan a promoverse integralmente, para hacerse cada vez más dignas ante Dios y realizarse mejor como jóvenes” (Pablo VI. 25-5-75).
Las lecturas nos hablan que la Trinidad es un misterio de amor. En el libro del Éxodo hemos contemplado a Moisés subiendo al encuentro de Dios. Y allí el Señor se revela con palabras extraordinarias: “El Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex. 34, 6). Éste es el verdadero rostro de Dios. No un Dios lejano o indiferente, sino un Dios misericordioso, paciente y fiel, que perdona a pesar de nuestras caídas. Dios es amor que se acerca al ser humano. Dios sigue caminando con su pueblo incluso cuando el hombre se aleja. Santa María Vicenta nunca se cansó de las jóvenes, al contrario, se alegraba con ellas y ellas fueron la razón de la fundación de la congregación con la exclamación “¡Las chicas han vencido!”
El evangelio nos habla de la misión del Hijo en el mundo “Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn. 3, 17). Durante mucho tiempo se ha presentado a Dios sobre todo como juez, en cambio toda su vida ha sido una manifestación de amor, que hasta nos entrega su propio hijo. Dios es misericordia, cercanía amor. De la Trinidad aprendió santa Vicenta María que Dios nos empuja a amar, no a juzgar, nos invita a perdonar no a condenar, nos invita a acoger, no a rechazar. Por eso en su obra con las chicas jóvenes, que trabajan en el servicio social, seguramente en situaciones complicadas, tanto en trabajos, como de vida, no percibimos ningún juicio en santa Vicenta María hacia las jóvenes a las que ayudaba. No juzgó, no cuestionó, no preguntó por su vida personal.
Hoy, al celebrar la Santísima Trinidad, reconocemos que la Iglesia sólo será fecunda si permanece unida a Dios. No bastan las actividades y proyectos. Lo esencial es vivir unidos a Cristo y dejarnos conducir por el Espíritu Santo. Pidamos al Señor que esta parroquia de Santa Vicenta María siga creciendo como comunidad viva y evangelizadora. Que nunca pierda la cercanía a los pobres, la alegría de la fe y el espíritu misionero.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

