El 7 de julio aparece marcado en rojo en nuestro calendario de Navarra. Unos días que traspasan límites y fronteras. El corazón de Navarra late con intensidad, saca su traje de fiesta y viste sus mejores galas para salir a la calle y convertirla en su casa, su familia y su espacio natural. También mucha gente fuera de nuestra comunidad canta la popular canción: “Uno de enero, dos de febrero…” con una inusitada familiaridad. Unas fiestas que tienen su origen en el hecho religioso, en san Fermín, primer obispo de Pamplona, del cual me considero digno sucesor.
San Fermín es mucho más que una figura histórica de unas fiestas universalmente conocidas. Es, ante todo, un testigo de Jesucristo. Su ejemplo nos recuerda que la verdadera grandeza de una persona no se mide por el éxito, el reconocimiento o el poder, sino por la capacidad de amar, de servir y de entregar la vida por los demás. San Fermín entregó su vida por ser fiel al evangelio, poniendo delante salvar su vida si renunciaba a la fe católica o morir mártir si se mantenía fiel. Como nos dicen la historia y la tradición, prefirió entregar su vida y morir con dignidad y coherencia antes que seguir viviendo desde la falsedad y la mentira.
Las fiestas de San Fermín ponen a prueba a nuestra Iglesia y a nuestra ciudad de Pamplona. Nos convierte en una ciudad que recibe a mucha gente de fuera, y nos plantea el reto de cómo acogemos. La acogida es una palabra profundamente evangélica. Jesús nunca preguntó de dónde venía una persona, ni cuál era su condición o cuáles eran sus ideas. Miró siempre el rostro de cada hombre y mujer, reconociendo en ellos una dignidad que nadie puede arrebatar. Para nosotros la prioridad es la dignidad de la persona, por encima de cualquier raza o procedencia. Como nos dijo el papa León XIV en su visita a España, “la dignidad no entiende de fronteras, no se mide por el pasaporte”. También en Pamplona estamos llamados a mirar así a quienes son diferentes por su cultura, su religión, su procedencia o su manera de pensar. Las diferencias no tienen por qué convertirse en barreras; pueden ser ocasión de enriquecimiento mutuo cuando se viven desde el respeto y la escucha. Las fiestas de San Fermín son un laboratorio privilegiado de ensayar acogida y aceptación del diferente.
La polarización que percibimos a nivel nacional también tiene su réplica en nuestra ciudad de Pamplona, que con frecuencia cae en la tentación de la confrontación. Las fiestas de San Fermín nos ofrecen la oportunidad de vivir y ensayar el valor del encuentro. Podemos pensar distinto sin dejar de reconocernos como miembros de una misma comunidad o de una misma humanidad. El papa León XIV, en su discurso en el Congreso de los Diputados, dijo a sus señorías: “La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”. Que nuestras fiestas de San Fermín nos ayuden a aceptarnos, a escucharnos y a tolerarnos.
El espíritu festivo de San Fermín, cuando es auténtico, invita precisamente a compartir. Escenas muy comunes en torno a una mesa, en una peña, con la cuadrilla, en una calle abarrotada o en un acto religioso, miles de personas conviven durante unos días haciendo posible una experiencia de comunidad que trasciende las diferencias. Ese espíritu merece ser cuidado. La alegría verdadera nunca nace del desprecio al otro ni del enfrentamiento, sino del reconocimiento mutuo y del deseo sincero de caminar juntos.
Pero estas fiestas también tienen el riesgo de olvidarnos de los pobres, de los vulnerables, de los enfermos, de las personas que están solas. Mientras mucha gente está de fiesta, otros están más olvidados y silenciados que nunca, no hay tiempo ni lugar para ellos. Que nuestras fiestas no cierren los ojos a estas realidades. La mejor manera de honrar a san Fermín es acercarnos también a quienes más necesitan una palabra de consuelo, una visita, una ayuda o simplemente la certeza de que no están solos.
Esta fiesta, que en su origen es religiosa, es una oportunidad para que la Iglesia sea una casa abierta a todos. No únicamente para quienes participan habitualmente en la vida de nuestras comunidades, sino también para quienes buscan, dudan o incluso se sienten alejados. Nadie debería sentirse excluido del diálogo, de la escucha o de la posibilidad de encontrar un espacio de paz. Las puertas abiertas de nuestros templos durante las fiestas quieren ser también un signo de unas puertas abiertas en el corazón.
Que el ruido de la fiesta, la llegada de mucha gente de fuera, no nos haga perder de referencia que san Fermín fue el gran obispo de nuestra querida Pamplona. Que dio su vida por ser fiel a la fe. Que san Fermín interceda por nuestra tierra. Que nos ayude a ser una Iglesia cercana, humilde y servicial. Que inspire a quienes tienen responsabilidades públicas para trabajar siempre por el bien común. Que fortalezca a las familias, acompañe a los mayores, anime a los jóvenes y sostenga a quienes atraviesan momentos de dificultad.
¡Felices fiestas de San Fermín!
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

