Catedral de Pamplona, a 28 de julio de 2026
Lam. 3, 17-26 // Salm. 130 // Jn. 11, 21-27
Sr. Cardenal, sacerdotes concelebrantes, hermanos del pueblo de Venezuela, hermanos y hermanas.
Esta tarde, en esta Santa Iglesia Catedral de Pamplona, nuestras miradas y nuestros corazones están dirigidos hacia Venezuela. La distancia geográfica es grande. Nos separan 7.000 de kilómetros, distintas horas, ahora seis horas menos en Venezuela. Sin embargo, hay algo que no conoce fronteras: el dolor humano. El dolor que se hace más agudo cuando se vive desde la distancia. Porque sufrir ya es difícil, pero sufrir lejos tiene una herida añadida. Es la impotencia de no poder abrazar. Es la angustia de no poder viajar inmediatamente. Es la desesperación de mirar una pantalla buscando un rostro conocido entre las noticias. Es la culpa silenciosa que tantas veces acompaña a quien ha emigrado: «¿Por qué estoy yo aquí, a salvo, mientras los míos están allí?». Es el sentimiento de estar dividido entre dos tierras: la que acogió y la que nunca dejó de habitar el corazón.
Muchos de los que estamos aquí repetimos las palabras de la primera lectura del libro de las Lamentaciones «Me han arrancado la paz, ni me acuerdo de la dicha… Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no se acaba, no se agota su compasión» (Lam 3,17.21-22). Este terremoto nos ha arrancado la paz, sea en Venezuela o sea aquí, en Navarra. Y nos dirigimos al Señor con las palabras del salmo: “Desde lo hondo a ti grito Señor, escucha mi voz”. Queremos que el Señor escuche nuestro dolor, nuestro desgarro e impotencia. Lo hacemos buscando respuestas, buscando sentido a esta situación que no tiene ningún sentido.
También Marta, en el evangelio, se presenta ante Jesús con el corazón roto. Acaba de perder a su hermano y sus primeras palabras son casi un reproche: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano» (Jn. 11, 21). ¡Qué humanas son estas palabras! Son las palabras de quien ama, de quien no comprende, de quien experimenta la ausencia y el silencio. También a nosotros nos surge esta pregunta: “¿Dónde estaba Dios cuando la tierra de la Guaira, de Venezuela, tembló?”. Tal vez muchos en Venezuela, y aquí, en Pamplona, han pronunciado algo parecido durante estos días: «Señor, si hubieras estado…».
Pero el evangelio nos presenta una escena muy llamativa: Jesús no corrige a Marta, no se siente incómodo ante estos reproches. Le escucha, le deja desahogarse. Permite que exprese su dolor. Porque Dios no se escandaliza de nuestros enfados ni exigencias, los comprende porque los humaniza. Jesús quiere tener una palabra de esperanza con Marta, porque siempre hay lugar para la esperanza. Le dice: «Tu hermano resucitará» (Jn. 11, 23). Jesús le da una respuesta comprometida y pronuncia una de las frases más importantes de todo el evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn. 11, 25). Esta es la razón por la que hoy estamos aquí. No venimos a quejarnos, sino a hablar con Dios para pedirle que no nos deje, que no nos abandone. Y en su respuesta está un compromiso personal: Él entregó su vida por todos nosotros. Por eso es importante recordar que no hemos venido únicamente para recordar a las víctimas. Hemos venido para ponerlas en las manos de Jesús, convencidos de que la muerte no tiene la última palabra. Queremos lo mejor para las víctimas, para nuestros paisanos, para nuestros familiares. He hablado con varios venezolanos de España y todos tenían algún conocido o familiar entre las víctimas o desaparecidos. Nuestra presencia aquí es una presencia de fe, humana, porque nos produce dolor, pero de fe, para pedir a Dios que acoja en su gloria a todas las víctimas del terremoto.
Ante situaciones como el terremoto de Venezuela buscamos apoyos, luz, sentido, aunque sabemos que no lo tiene. Hoy queremos poner a Venezuela bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto, cuyo santuario está ubicado en Guanare, estado Portuguesa, y que yo he visitado en más de una ocasión. Es un lugar de oración y de encuentro de un hijo con su madre. Ella acompaña la historia de ese bravo pueblo de Venezuela. Ha estado presente en sus alegrías y en sus penas, y hoy sigue siendo una madre que no abandona a sus hijos. ¡Cuántas veces habrá sido invocada en estos días entre lágrimas y silencios! ¡Cuántas veces alguien habrá repetido sencillamente: «Virgen de Coromoto, cuida de nosotros»! Que ella, que permaneció junto a la cruz de su Hijo, permanezca también junto a quienes hoy se sienten abatidos y sin fuerzas.
Y junto a la Virgen, invocamos a san José Gregorio Hernández, primer santo venezolano (19-10-25), médico de los pobres y testigo de la misericordia de Dios. Un santo que lo he visto en múltiples escaparates, expuesto ante todo un pueblo. Mucho antes de su canonización era considerado santo por el pueblo. Su vida nos recuerda que la santidad tiene mucho que ver con hacerse cercano al sufrimiento ajeno. Le pedimos que interceda por quienes trabajan en las labores de rescate, por el personal sanitario, por quienes han perdido todo y por quienes tienen la difícil tarea de reconstruir no solo edificios, sino también vidas.
Que el Señor conceda el descanso eterno a las víctimas de este terremoto. Que bendiga al pueblo venezolano. Que Nuestra Señora de Coromoto cubra con su manto a todos sus hijos. Que san José Gregorio Hernández interceda por ellos. Y que esta catedral, que hoy habla con acento venezolano, pueda ser para todos un recordatorio de que la distancia separa los cuerpos, pero jamás puede separar a quienes permanecen unidos en la fe, en la esperanza y en el amor.

