Entrevista a Mons. Santiago Sánchez Sebastián, Obispo de la Prelatura de Lábrea, en la Amazonia brasileña.
El Agustino Recoleto natural de Cortes, Monseñor Santiago Sánchez Sebastián, es desde hace 10 años el Obispo de la Prelatura de Lábrea, en la Amazonia brasileña. De vacaciones por su tierra natal, el semanario la Verdad aprovecha para hablar con él sobre su trabajo pastoral en la Amazonía brasileña.
¿Qué le ha traído a Navarra?
He venido de vacaciones. Llevaba más de dos años sin venir por aquí y sin ver a la familia que es de Cortes. Además, que he aprovechado para cuadrar las vacaciones coinciden con las fiestas patronales de mi pueblo.
¿Cómo fue el momento en el que el Papa Francisco le nombra Obispo?
En el año 2016 yo estaba en España acompañando a mi padre, que estaba muy enfermo. Un día recibí una llamada en la que me dijeron que, cuando regresara a Brasil, pasara por la Nunciatura Apostólica.
Cuando llegué a Brasilia y me reuní con el nuncio, me dijo directamente que el Papa Francisco me había nombrado obispo de Lábrea y que quería saber si aceptaba o no. Mi primera reacción fue decirle que no. Le di varias razones: yo era fraile, no sacerdote diocesano; era extranjero, no brasileño; todavía hablaba bastante mal el portugués y muchas veces la gente tenía dificultades para entenderme; y, además, nunca había trabajado propiamente en una misión ni tenía una gran experiencia pastoral. Pero el nuncio me respondió: “Todo eso lo sabe el Papa y, aun así, te ha nombrado”.
Entonces reconocí que, en el fondo, todas aquellas razones eran un poco excusas. Lo que realmente tenía era miedo. Me daba miedo asumir una responsabilidad tan grande. Pero también pensé que, como fraile, había hecho siempre un voto de obediencia y que había aprendido a ir allí donde mis superiores me enviaban, aunque no fuera necesariamente donde yo hubiera querido estar.
Después de rellenar todos los documentos que tenía que presentar, le pedí al nuncio que me dejara un momento para rezar y celebrar la Eucaristía. Me fui solo a una pequeña capilla. Celebré la Misa y, al llegar al Evangelio, me encontré predicando para mí mismo. En aquel momento pensé especialmente en Jesús. La Eucaristía es el memorial de su entrega, de su sacrificio, y también Él, humanamente, tuvo miedo ante lo que tenía que afrontar. Sin embargo, aceptó la voluntad del Padre. Aquella reflexión me ayudó mucho. Sentí que yo también tenía que confiar y decir: “Señor, si esta es tu voluntad, aquí estoy”. Y después de la Misa di gracias a Dios.
De aquella experiencia nació también mi lema episcopal: “Hágase en mí, que no resista a tu voluntad”. Para mí expresa precisamente eso: la disposición a dejar que Dios conduzca mi vida, incluso cuando el camino que propone no es el que yo había imaginado.
Nació en Cortes y se formó como sacerdote en Navarra. ¿Qué queda hoy de aquel joven navarro que un día partió hacia la misión y terminó siendo obispo en el corazón de la Amazonía?
Soy fraile agustino recoleto y prácticamente toda mi formación tuvo lugar aquí, en Navarra. Entré en el seminario menor de los agustinos recoletos en Lodosa, hice después el noviciado en Monteagudo y estudié Teología en Marcilla.
Pasé 26 años como fraile agustino recoleto en España: nueve años en Lodosa, otros nueve en Monteagudo y ocho en Valladolid. Después fui destinado a Brasil, donde viví otros 20 años: los diez primeros como fraile, desempeñando distintos ministerios, y los diez siguientes como obispo de Lábrea, una prelatura situada en pleno corazón de la Amazonía.
Supongo que muchas cosas han cambiado desde aquel joven que salió de Cortes, pero sigo llevando conmigo las raíces de Navarra y, sobre todo, la formación y los valores que recibí aquí.
Lleva ya diez años como obispo de Lábrea. ¿Qué ha aprendido de la gente de aquellas comunidades amazónicas?
Cuando comencé de Obispo estaba perdido. Allí es costumbre reunir a los nuevos obispos para darles un curso en el que se nos explica cómo está organizada la Iglesia de Brasil, los dicasterios, los secretariados, las comisiones, etc. Ese año éramos 22 obispos nuevos en Brasil. Y después tuvimos un curso en Roma, con todos los obispos del mundo de esa promoción. Durante el encuentro personal con el Papa, Francisco me recalcó que tenía que estar con el pueblo y me anunció que convocaría un Sínodo para la Amazonía. Y eso es lo que he aprendido, que tenemos que estar con el pueblo porque en mi región, a la hora de la verdad, quien está con el pueblo es la Iglesia, los demás están por intereses personales. Tenemos que ser pastores con olor de oveja, como nos decía el Papa Francisco.
¿Cuál es el principal problema que se encuentran en la prelatura de Lábrea?
El mayor problema que tenemos allí es el aislamiento. De una comunidad a otra hay mucha distancia.
¿Cómo se mantiene viva la fe de una comunidad cuando la presencia física de la Iglesia es tan difícil?
La fe se mantiene viva, sobre todo, gracias al compromiso de las propias comunidades y a la formación de los laicos. En Lábrea contamos con cinco parroquias y, debido a las grandes distancias, la presencia física de la Iglesia no puede ser constante en todas las comunidades.
Por eso realizamos lo que llamamos viajes pastorales, que duran alrededor de 20 días. Cada parroquia se organiza para recorrer en barco las distintas comunidades. Durante un viaje se realizan las formaciones, las catequesis y diferentes actividades pastorales, y en el siguiente se administran los sacramentos, según la época del año. Para poder hacerlo, normalmente necesitamos que un sacerdote permanezca en la sede mientras otro realiza el viaje.
Precisamente por las dificultades de desplazamiento, las comunidades suelen agruparse en pequeños grupos de dos, tres o cuatro, para poder atenderlas de una manera más cercana y eficaz.
Pero, sobre todo, nuestro trabajo consiste en formar y acompañar a los laicos. Como no podemos estar físicamente en cada comunidad, cada una cuenta con su propio coordinador y con personas que asumen diferentes responsabilidades, como los ministros de la Palabra o de la Eucaristía. De esta manera, la vida de fe no depende únicamente de la presencia del sacerdote, sino que son las propias comunidades las que, con la formación y el acompañamiento adecuados, mantienen viva la Iglesia durante todo el año.
¿Como es el pueblo de Lábrea?
Lábrea es un pueblo sediento de Dios y profundamente religioso por naturaleza. Sus habitantes tienen sus propias tradiciones, costumbres y formas de vivir la fe. En los últimos años también supone un desafío la presencia de las comunidades evangélicas, que tienen una gran capacidad de acogida y reciben a todo aquel que se acerca a ellas.
Después del Sínodo de la Amazonía se ha planteado también la posibilidad de un rito amazónico, que permita expresar la fe desde la propia cultura y las tradiciones de estos pueblos. Son comunidades alegres, festivas y muy expresivas, y la idea no es cambiar lo esencial de la fe, sino adaptarla a su realidad y a su manera de vivir y celebrar.
Tenemos que mirar también la realidad concreta de las personas, especialmente de los más vulnerables: los niños y jóvenes, los abusos sexuales, la drogadicción, la delincuencia, la explotación de los trabajadores y tantas otras situaciones de injusticia.
Todo esto forma parte también de la misión evangelizadora. Como cristiano, no puedes permanecer al margen de estas realidades. No se trata de defender los intereses de ningún partido ni de entrar en una lucha política, sino de actuar en nombre de Jesucristo, desde el Evangelio, poniendo en el centro la dignidad de cada persona y la defensa de quienes más sufren.
Este año se cumplen cien años de presencia de los Agustinos Recoletos en Lábrea. Mirando ese siglo de historia, ¿qué cree que han aportado aquellos primeros misioneros y qué desafíos quedan todavía por afrontar?
El desarrollo social y humano de la Prelatura de Lábrea está profundamente ligado a la presencia de la Iglesia y, en este caso concreto, de los Agustinos Recoletos. A lo largo de estos cien años, aquellos primeros misioneros no solo anunciaron el Evangelio, sino que estuvieron muy cerca de las necesidades concretas de la población y contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de la región.
Los primeros colegios fueron impulsados por los Agustinos Recoletos; también las primeras iniciativas de atención sanitaria, la construcción de pequeños aeropuertos que facilitaron las comunicaciones, la organización de sindicatos y la defensa de los derechos de los pescadores y de las comunidades locales. Es decir, la misión evangelizadora fue siempre acompañada de una preocupación profunda por la dignidad y el desarrollo integral de las personas.
Y todo esto se hizo muchas veces en circunstancias difíciles y a contracorriente de determinados intereses económicos y políticos. Frente a una visión de la Amazonía centrada únicamente en la explotación de sus recursos, la Iglesia ha tratado de poner en el centro a las personas, especialmente a quienes tienen menos voz y menos posibilidades de defender sus derechos. En muchos momentos, ha sido una de las pocas instituciones dispuestas a acompañar y defender a las poblaciones más vulnerables.

