Entrevista a la misionera laica María Dolores Martínez de la Ballina

María Dolores, misionera laica vicenciana natural de Santiago de Compostela, llegó a Mozambique hace 18 años. Allí vive con su familia, su marido y sus tres hijos y trabaja como responsable de la Cáritas Diocesana de Nacala, donde ha recibido el apoyo de Manos Unidas. Aprovechando que se encuentro en nuestra diócesis apoyando la campaña de Manos Unidas, hablamos con ella sobre su misión, la situación que se vive en Mozambique y los proyectos que se llevan a cabo allí gracias a la ayuda de Manos Unidas.

 


María Dolores, ¿Cómo fue su llegada a Nacala y qué le llevó a iniciar su misión precisamente en esta zona de Mozambique?

En mi adolescencia, formé parte del movimiento eclesial Juventudes Marianas Vicencianas y dentro de este movimiento hice mucho voluntariado en diferentes obras. A medida que más me metía en ese mundo, más me preguntaba cómo podía ser ocupar todo mi tiempo al servicio de otras personas. Una de mis amigas participó en los envíos misioneros que organizaba Juventudes. Al oír a ella y a otros compartir su experiencia, provocó que me lanzase yo también. Lo de Mozambique no fue algo que escogí. No funcionaba así. Yo ofrecí mi tiempo y otros vieron que podría encuadrarme bien en la comunidad de laicos que estaba allí. Y desde entonces vivo aquí.

Para centrarnos un poco, ¿Cuál es la situación social, política y religiosa de esa zona de África?

Creo que necesitaríamos mucho tiempo para hablar sobre esto. En Nacala, y también en el territorio de la Diócesis, la mayoría de los habitantes son musulmanes. Por eso, la opción por el cristianismo y por el catolicismo en concreto es exactamente eso, una opción. No existe un ambiente que te empuje a ello, todo lo contrario. Hasta hace poco el ambiente interreligioso era pacífico y natural, pero en los últimos años el conflicto terrorista que asola la zona norte de Mozambique está sembrando un clima de tensión. La sociedad está marcada por la desigualdad y lo que llamaríamos violencia estructural. La falta de acceso a servicios básicos, la corrupción instalada en todos los ámbitos sociales y la falta de oportunidades para salir de la pobreza son los principales rasgos de nuestro contexto. Políticamente, desde la llegada de la democracia con la independencia en 1975, gobierna el mismo partido. Hasta ahora esto no parecía importar o la sociedad lo vivía con resignación. Sin embargo, en noviembre-diciembre de 2024, como consecuencia de los resultados de las elecciones a la presidencia de la República, vivimos en el país un levantamiento de las clases sociales más pobres, especialmente jóvenes, que causó numerosos incidentes violentos (quema de colegios, edificios públicos, centros de salud, comercios, bloqueo de carreteras, etc.) con 350 muertos declarados, la mayoría víctimas de los enfrentamientos con la policía. Ahora el ambiente está calmado, pero dejó una sensación de insatisfacción latente y una semilla de que algo puede cambiar, de que ya no es como antes, que no todo está bien.

¿Qué labores desempeña como misionera en Nacala?

Soy la responsable de Cáritas de la Diócesis. Esto me coloca en la coordinación de las actividades de promoción al desarrollo, asistencia humanitaria y animación de la caridad dentro de la Diócesis.

¿Cuáles son los mayores retos a los que se enfrentas en su trabajo diario, tanto a nivel personal como comunitario?

Creo que mi trabajo diario está marcado por la sensación de que siempre podría hacer más. Las necesidades son muchas y de diferentes dimensiones. Como decía antes, se trata muchas veces de problemas estructurales por lo que es normal atacar una cosa y no ver el efecto esperado. También somos un equipo pequeño sin muchos recursos, pero intentamos hacer lo imposible. En casa, en mi vida personal, veo dos desafíos principales: la conciliación y la sensibilización de mis hijos para posicionarse en contra de la injusticia, ponerse en el lugar del otro, vivir de manera responsable y, sobre todo, no dejarse llevar por la corriente. Son pequeños y les pido mucho, pero lo que veo diariamente me hace hervir la sangre si cuando llego en casa los veo haciendo pataletas por nada o por algo que no es una necesidad.

¿En qué proyectos concretos colabora Manos Unidas?

En nuestra diócesis, Manos Unidas ha apoyado y apoya mucho para mejorar las condiciones de la educación a través de la construcción y mejoramiento de colegios primarios, de secundaria y de enseñanza profesional. Con Caritas, tiene una perspectiva diferente. Juntos trabajamos en un proyecto de centros de integración comunitarios para familias desplazadas por la guerra en Cabo Delgado y familias acogedoras, centrado en los niños y en crear oportunidades de generación de renta para los padres y madres. También estamos ahora implementando un proyecto de formación de 150 mujeres líderes rurales en diferentes áreas como derechos humanos y legislación local, nutrición, educación financiera y salud de la mujer, que busca facilitar el acceso a información y formación de calidad a mujeres líderes venidas de contextos periféricos que pueden ejercer un efecto multiplicador en sus comunidades. Es un proyecto muy bonito y con mucho impacto.

¿Cómo viven las comunidades locales la colaboración con organizaciones como Manos Unidas?

La gente está contenta. Al final se trata de aumentar las posibilidades y las opciones de escoger y eso lo cambia todo. Reduce poco a poco la brecha de la desigualdad. Imagínate, las mujeres líderes decían que ojalá todos pudiesen oír lo mismo que ellas estaban aprendiendo, que sus maridos y todos los de su comunidad necesitaban algo así para poder cambiar las cosas. Como ya explicaba antes, siempre hay algo que se puede mejorar y Manos Unidas siempre ha estado para ayudarnos en este camino.
En un contexto de pobreza y dificultad, como el que se da en Nacala, ¿qué signos de esperanza encuentra cada día en la gente con la que convive?

Creo que el principal signo es la vida y el coraje con el que la gente enfrenta el día a día. Ante situaciones difíciles, ves cómo se levantan y siguen adelante. Sin idealizar o romantizar la situación, desde mi perspectiva, son gente que siempre abre un espacio para celebrar, para compartir con otros y también para acordarse de Dios, no para reclamarle, sino para tenerlo cerca.

¿De qué manera ha cambiado su propia visión de la vida y de la fe desde que trabajas como misionera en Mozambique?

La verdad es que he pasado mi vida adulta aquí. Llegué con 25 y me quedé. A veces pienso eso, como habría sido mi vida si me hubiese quedado en España o si hubiese regresado. Si digo la verdad, pienso que viviendo aquí encontré la manera de dar felicidad a mi vida y darle sentido a ser cristiana. Puede ser que en España cediese a la presión social y no fuese tan fácil hacerlo. No lo sé.

¿Qué mensaje le gustaría transmitir a las personas que colaboran con Manos Unidas desde España y hacen posible tu labor?

Les diría: Por favor no dejen de hacerlo. Vuestro trabajo, vuestro empeño tiene un sentido. Dentro de un ambiente de escepticismo y desconfianza, pueden surgir voces que dudan de que lo que se recauda llegue al destino. Yo doy fe que en el caso de Manos Unidas llega y hace magia. Y lo que os puede parecer poco; de este lado lo usamos bien y lo convertimos en colegios dignos, espacios seguros para jugar y aprender, oportunidades para vivir mejor… Se vuelve algo muy grande. No perdáis la fe en lo que hacéis. ❏

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