Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el 23 de noviembre, en la parroquia de Cristo Rey de Pamplona, con motivo de la fiesta de Cristo Rey
Celebramos en esta parroquia de Cristo Rey la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo como Rey del Universo. Sin querer y sin darnos cuenta, al escuchar la palabra rey nos lleva a pensar en los reyes de este mundo, en las monarquías cercanas a nosotros. Pero enseguida se desvanece nuestra comparación cuando vemos que el reinado de Jesús no se sostiene en un trono dorado y rodeado de poder, ni en todo un aparato del estado detrás, sino que más bien se apoya en la cruz como trono, su corona es de espinas, su corte, doce apóstoles y un numeroso grupo de pobres que se van añadiendo en el camino. Su distintivo es la entrega de su vida por todos nosotros, basado en un amor que salva.
Mucha gente en nuestra sociedad rechaza a Jesucristo como Rey. Pero no lo hace porque le caiga bien o mal, sino porque buscan ser independientes, libres, no quieren que nadie les condicione y mucho menos se sientan controlados. El papa Benedicto XVI decía que nuestra sociedad actual rechaza a Dios porque lo consideran una suma de normas y cumplimientos que coartan y limitan su libertad. Y tras esto afirmaba de manera contundente que hay mucha gente que quiere construir una sociedad sin Dios, crear un mundo como si Dios no existiera, porque quieren ser libres, porque creen que Dios les coarta su libertad. Cuando, en realidad, los que creemos en Dios nos sentimos libres.
La primera lectura del profeta Samuel nos anuncia ese reinado en la figura de David. Dios le dice que será pastor de su pueblo. No basta ser líder ni estratega ni jefe. Debe ser pastor: el que conoce a cada uno, el que cuida, el que da vida, el que busca a la oveja perdida. Con Cristo esta promesa se cumple plenamente. Jesús mismo dirá: “Yo soy el buen pastor”. Su realeza es pastoral: vela por nosotros, cura nuestras heridas, nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo, nos conduce a aguas tranquilas. Él es el Rey que no teme ensuciarse las manos por nosotros, que carga sobre sus hombros nuestros pecados, que camina a nuestro ritmo.
En el evangelio que hemos leído resulta curioso que la Iglesia proclama a Cristo Rey justo allí donde el mundo solo ve fracaso: en la cruz. El mundo ve el triunfo en el poder, en la vida fácil y cómoda; en cambio, Jesús presenta un reino de servicio, de sacrificio. Pero es en la cruz donde brilla el verdadero poder del Reino de Dios. Su reinado no consiste en librarse de la cruz, sino en dar la vida por su pueblo. Aquí está el corazón del Evangelio: Cristo Reina amando hasta el extremo. Su grandeza no se manifiesta en imponerse, sino en entregarse. No se revela en dominar, sino en perdonar.
Querer que Jesús reine en nuestras vidas significa permitirle que ilumine nuestras sombras y ordene lo que está desordenado; significa confiar en Él cuando no entendemos, obedecerlo cuando nos cuesta, seguirlo cuando nos incomoda. Su reinado no quita libertad, no encadena; libera. No disminuye al ser humano; lo dignifica. Es Rey no porque domine, sino porque ama.
Su poder no se mide por la capacidad de destruir ni de amedrentar, sino por la capacidad de recrear; no por imponer su voluntad, sino por convertir los corazones. Este Rey reina desde dentro, desde el alma, desde la conciencia, desde la herida. Su reino es la transformación profunda de las personas. Y al mirarlo en la cruz, vemos que el trono de Cristo es la entrega total; su poder, el amor que se entrega; su victoria, la vida entregada por nosotros.
Nuestro Rey, Cristo, acepta a todos por igual en contra de los reyes de este mundo que, a través de modas, iniciativas políticas, publicidad, hay muchos que no tienen cabida: los pobres, los inmigrantes, los sin techo, los presos, las personas solas o las que padecen enfermedad mental. En un mundo marcado por la desigualdad, la competencia, la exclusión, Jesús se presenta como un Rey que rompe todas las lógicas humanas: un Rey cuyo reino no hace distinción de personas, acepta al ladrón que se arrepiente en la cruz, un Rey que se acerca preferentemente a quienes el mundo descarta. Su reinado comienza en los márgenes: en la arena de las playas, donde llama a los discípulos; en las afueras de Belén, donde nace Jesús; en los caminos polvorientos que recorre para predicar, en las casas de los pecadores y en los cuerpos heridos de los enfermos. No convoca a los poderosos, sino a los que no cuentan. No exalta a los perfectos, como hace nuestra sociedad, sino que se sienta con los pecadores, con los pobres, con los enfermos.
Hoy debemos preguntarnos: ¿Quién es tu Rey?, ¿quién marca tu vida?, ¿quién orienta tus decisiones?, ¿a quién acudes cuando te sientes solo y caído?, ¿quién es tu última esperanza?
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

