Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló en las catedrales de Tudela y Pamplona, el 28 de diciembre, con motivo de la clausura del Jubileo de la Esperanza.
Con agradecimiento al Señor clausuramos hoy, en esta Iglesia Catedral de Pamplona, el Jubileo de la Esperanza que hemos celebrado a lo largo de este año en nuestra diócesis de Pamplona y Tudela. Han sido muchas las celebraciones vividas en este templo y en otros lugares jubilares. El pasado año, el papa Francisco lo abría, en San Pedro de Roma, el 24 de diciembre; nosotros, unos días más tarde, lo iniciábamos el 29 de diciembre, por la mañana en la catedral de Tudela y por la tarde en Pamplona. ¿Qué balance, qué reflexión podemos hacer de este año Jubilar? Para mí, muy positivo. Quiero recordar el objetivo, el sueño del papa Francisco para este año, y era “que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas personas, como mensaje del amor de Dios que se dirige a todos” (SC. 6). El deseo del papa Francisco es que todas las personas vayamos recuperando la esperanza, que tengamos confianza en Dios. Y nos lo dice en un mundo de desesperanza, de guerras y conflictos, donde todo parece oscurecerse, donde el futuro se torna negro y con muchos interrogantes. Porque la esperanza no es ausencia de problemas, sino fortaleza para enfrentarlos.
En nuestra diócesis ha sido un año muy activo y dinámico. Hasta 53 celebraciones diferentes hemos celebrado este año, casi una por semana. Diferentes grupos y colectivos se han acercado a nuestras dos catedrales a pedir la esperanza que no defrauda (cf. Rom. 5, 5) en una sociedad en que ya casi nadie confía en nadie. En una sociedad navarra muy polarizada en temas sociales y políticos, todavía ha quedado lugar para la esperanza. No se ha puesto límite ni veto a nadie. Grupos, colectivos y movimientos que se han querido acercar han tenido las puertas abiertas de las dos catedrales. Porque en la Iglesia siempre quedará sitio para la esperanza.
En la apertura del Jubileo, el papa Francisco dijo que debía de llegar a todos. El día de Nochebuena, en la segunda lectura, leíamos: “Trae la salvación para todos los hombres” (Tit. 2, 11). Jesús nace para todos, la esperanza que nos trae el Jubileo deseaba que llegase a todos. El papa Francisco dijo en Lisboa 2023: “En la Iglesia caben todos, todos, todos”. También nuestro Jubileo queríamos que llegase no solo a la diócesis sino a todos. Ha llegado a mucha gente, grupos que habitualmente viven la fe y otros que, como grupos o colectivos, se han acercado por primera vez a la Iglesia.
Una gran riqueza de grupos de la Iglesia diocesana ha ganado el Jubileo: catequistas, vida consagrada, monaguillos, scouts, sacerdotes, diáconos, seminaristas, profesores de religión, profesores de colegios diocesanos, teólogos, grupos de apostolado seglar, adoradores nocturnos, misioneros, jóvenes, familias, colegios diocesanos, enfermos… Pero la sorpresa positiva ha sido cuando han venido grupos que no acostumbran a participar en temas de Iglesia a nivel diocesano, que lo pueden hacer a título individual, pero no como colectivo o gremio: carpinteros, ingenieros, filósofos, humanistas, labradores, ganaderos, arquitectos, universitarios, fuerzas armadas, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, músicos, deportistas, estudiantes de filosofía, poetas, escritores, abogados y mundo de la justicia. Me ha quedado una pequeña espina clavada, me hubiese gustado convocar el Jubileo de los políticos. Creo que se hace necesario, podría haber dado frutos positivos de dialogo, entendimiento, tolerancia. No lo vi claro y no me atreví a convocarlo. Me queda esa pequeña deuda.
Hace un año anunciaba también cuatro lugares jubilares de llaga humana, fuera de nuestras catedrales. Quería resaltar la dimensión social del Jubileo. No hay conversión interior si no la hay exterior, especialmente con los más vulnerables de nuestra sociedad. Al final pudimos celebrar el Jubileo entre los pobres. En la cárcel, el Jubileo tuvo un sabor de misericordia especial. Como arzobispo, en la celebración que tuvimos, di un abrazo personal y sentido a cada hombre y mujer preso que participó en la celebración. Era Dios mismo quien les abrazaba y perdonaba. Era Dios quien les acogía y les empujaba a luchar por su vida y por su libertad. El Jubileo en la Casa Misericordia, ante varios cientos de ancianos residentes, tuvo un sabor de cercanía, de esperanza renovada, a pesar de estar en el atardecer de su vida. El Jubileo en el Hospital Reina Sofía de Tudela acercó a la Iglesia diocesana al mundo de la enfermedad y del dolor; enfermos y trabajadores sanitarios pidieron esperanza en un mundo de desesperanza. Y los enfermos del Padre Menni de Elizondo hicieron realidad la frase de Jesús: “Te doy gracias, Padre del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se la has revelado a la gente sencilla” (Mt. 11, 25). Esto se hizo vida en el centro Padre Menni de Elizondo con la enfermedad mental. Una celebración espontánea, con participación de los residentes, Dios se hacía presente en cada enfermo y así lo compartían, en voz alta, con alegría. ¡Una gozada! Fueron cuatro momentos de evangelio puro, de esperanza sembrada y de ilusión compartida.
Todo jubileo tiene un compromiso y una dimensión social. Nuestra diócesis también ha querido tener este compromiso social con los pobres. En diciembre del pasado año anunciaba el compromiso de nuestra diócesis de abrir un hogar, una casa para acoger a mujeres víctimas de trata. El papa Francisco definía esta lacra social como “una herida en el cuerpo de la humanidad contemporánea”, “una llaga en la carne de Cristo”. Con alegría y con gozo puedo anunciar que este objetivo se ha cumplido. En el próximo mes de enero llegarán varias mujeres a vivir en este piso y a ser atendidas por la Delegación de Trata. Nuestra diócesis, con los más pobres. Para este proyecto se han recogido en torno a los 185.000 euros con los que empezar a acompañar a estas mujeres. Quiero felicitar y agradecer a toda la diócesis por el compromiso en este proyecto liberador de mujeres víctimas de trata, explotadas sexualmente.
Al clausurar el Jubileo de la Esperanza podríamos sentir la tentación de pensar que todo termina, que ya hemos cumplido. Esta clausura no es un punto final. Lo vivido no puede quedarse en un recuerdo piadoso ni nostálgico. Sería un error pensar que ahora todo vuelve a la “normalidad de los cementerios”. Me surge el interrogante: ¿y ahora qué?, ¿pasamos página? Con gozo he recibido la propuesta de varios grupos, gremios y colectivos que me han comentado que les gustaría seguir encontrándose, celebrando. Y ese es el mejor fruto del Jubileo: crear interés y motivación para seguir luchando por la esperanza. Que nada de lo vivido se apague ni desaparezca. El Señor nos envía a ser testigos de esperanza en nuestros hogares, en el trabajo, en la Iglesia y en la sociedad navarra. Hay gente a la que el Jubileo le ha ayudado a volver a la Iglesia. El papa Francisco insiste en la necesidad de una conversión pastoral permanente, nos recuerda: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo» (EG, 27). El Jubileo de la Esperanza nos ha llevado a salir. Muchos jubileos se iniciaban con peregrinaciones, salidas con tono jubilar. No perdamos la calle, no perdamos la esperanza.
Fruto de este Jubileo de la Esperanza, es el Plan Pastoral Diocesano. Hoy lo anuncio, lo presento y comparto. Desde junio de 2024 hasta hoy, muchos sacerdotes, religiosos/as, laicos/as de nuestra diócesis han venido trabajando hacia dónde queremos caminar. Este Plan nos invita a ponernos en camino, con espíritu sinodal, y caminar juntos para hacer de nuestra Iglesia de Navarra una gran familia misionera donde vivamos la comunión y la participación. Clausuramos este Jubileo en la fiesta de la Sagrada Familia. ¡Cómo me gustaría que nuestra Iglesia de Navarra fuese una gran familia!, que este Plan Pastoral nos ayude a todos: niños, mayores, jóvenes, adultos, pobres, ricos, a crecer en sinodalidad, en fraternidad y en compromiso con los pobres.
En el domingo de la Sagrada Familia, pido que nuestras familias sean escuelas de esperanza. Escuelas donde se aprende a confiar, a esperar contra toda esperanza, a levantarse después de la caída. Escuelas donde se aprende a mirar el futuro no con miedo, sino con fe. Esperanza no es vivir sin problemas. En el evangelio hemos escuchado cómo José huye con María y Jesús a Egipto para protegerlo de Herodes. Y la familia de Nazaret sigue confiando y teniendo esperanza en Dios.
Invito a toda la diócesis a seguir cultivando la esperanza en nuestra vida espiritual y en nuestra vida social. Hay demasiado ruido en nuestra sociedad: enfrentamiento político, guerras, pobreza, migraciones, víctimas de trata, hambre, enfermedad. Si a todos estos hermanos nuestros que sufren les quitamos la esperanza, aunque sea un pequeño rayo, ¿Qué les queda?: la muerte social y la muerte física. Que nuestras comunidades sean espacios donde se pueda respirar confianza, acogida y futuro. El papa Francisco nos recuerda que «la esperanza es un don, pero también una responsabilidad» (Fratelli Tutti, 55).
Feliz esperanza, feliz compromiso jubilar.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

