Homilía pronunciada el pasado 25 de diciembre, en la Catedral de Pamplona, por el Arzobispo don Florencio Roselló, con motivo de la Misa de Navidad.
San Francisco de Asís les dijo a sus frailes: “Vayan y prediquen, y si es necesario utilicen la palabra”. El juego sutil de estas palabras esconde un gran reto para todo creyente: que nuestra vida, nuestras obras, hablen por sí solas del evangelio, que sepan a evangelio. Y, si fuera preciso decía San Francisco, usar las palabras para dar razón de nuestra fe y de las maravillas que Dios hizo y hace en nosotros. Hoy Jesús nos ha mostrado lo mismo: que utilizó la vida, que su palabra se hizo carne. Convirtió la palabra en vida. Lo que evangelizó de Jesús primero fue la vida y luego la palabra. De hecho, Jesús primero nace, se encarna, se hace uno de nosotros; y luego aparece la palabra. Pero primero fue la vida. Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii Nuntianti reafirmó las palabras de san Francisco de Asís y decía: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos” (41).
Esta palabra, el Verbo, no permaneció lejano, no fue espectador, sino que se implicó, se comprometió: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Esta es la gran novedad de Dios, del cristianismo, pues entra en nuestra historia, asume nuestra fragilidad, nuestra carne, nuestras lágrimas y esperanzas. No viene como un rey poderoso según los criterios del mundo, sino como un niño pobre, envuelto en pañales, acostado en un pesebre. En Belén, Dios nos revela que su poder es amor humilde.
Navidad es la fiesta de la carne, del Dios cercano, del Dios que quiere compartir nuestra debilidad humana menos en lo referente al pecado. Si Dios se ha hecho uno de nosotros, entonces la vida humana tiene un valor inmenso, porque en ella encontramos al mismo Dios que se ha hecho vida en nosotros, especialmente en los pobres. , pero no con la palabra sino con la vida, la encarnación, la muerte y resurrección. Y ese lenguaje, esos gestos, los entiende todo el mundo. Ahora ese lenguaje de las obras y los gestos ya no es a través de los profetas, ahora nos habla a través de su hijo: “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas; ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el hijo” (Heb 1,1-2). Dios ya no envía mensajeros, envía a su hijo, se envía a sí mismo.
La encarnación, el hecho de que la palabra se hizo carne, que Dios se hizo hombre, no fue fácil. Porque, como nos dice el texto: “Vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11). Hay mucha gente que rechaza este mensaje, que no cree que Dios sea capaz de hacerse pequeño, de hacerse como un niño. Y eso dificulta la fe y dificulta creer en él. El rechazo no viene de desconocidos, sino de quienes más deberían haberlo reconocido. Esto no se limita a un momento histórico; es una realidad que se repite. Muchas veces Dios se hace presente en lo cotidiano, en lo sencillo y aun así no lo acogemos porque no coincide con nuestras expectativas, porque incomoda o porque exige conversión. Decía Benedicto XVI que queremos construir una sociedad al margen de Dios porque queremos ser libres y mucha gente entiende que Dios, con sus normas, les coarta la libertad. Y eso provoca el rechazo de la Navidad, el rechazo de la encarnación de Dios hecho niño. Por eso lo rechazamos, lo rehuimos.
Los que creemos en la encarnación, en la Navidad, estamos llamados a dar testimonio de este gesto de amor. Memoria que nos lleva a reconocer cómo alguien grande, importante y poderoso, como es Dios, se hace pequeño, humilde y el servidor de todo. Navidad, nos lleva a valorar lo que no se ve, lo que se hace en silencio, el servicio y la entrega en favor de los demás. La Navidad, el hecho de que Dios se hace niño, interpela y cuestiona nuestra vida cotidiana. Muchas veces queremos “ir delante”, ser reconocidos, afirmarnos por encima de los demás. Juan nos enseña que el camino del discípulo es el del descentramiento, el de aceptar que otro ocupe el centro. Cuando Cristo se pone delante, nuestra vida se enriquece.
Este testimonio nos lleva a salir fuera, a ir a nuestros lugares habituales de convivencia: familia, trabajo, amigos… y proclamar que Jesús ha nacido por todos nosotros: por ti, por mí. Especialmente para los que no encuentran sitio en la posada, para los que están en la intemperie, para los que nadie quiere y todos rechazan. Mientras quede una persona sin posada, no habrá Navidad completa.
Igual que valoramos que la “palabra se hizo carne”, se hizo vida, también nosotros estamos llamados a hacernos vida, a manifestar que nuestro testimonio es consecuencia de que antes hubo una Palabra, en nuestra vida. Que nuestras acciones, nuestra vida, sean consecuencia de lo que creemos, sean vida de lo que profesamos; en definitiva, sean evangelio vivido en nuestra vida de cada día.
La Navidad nos muestra la cercanía de Dios. Se muestra un Dios cercano y esto nos lleva a que la Navidad también se traduzca en nuestra vida en cercanía, compromiso y solidaridad con nuestros seres más próximos, especialmente con los más pobres y necesitados de los ambientes que vivimos día a día.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

