Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 18 de enero, en la capilla de San Fermín de Pamplona, con motivo de la celebración de la fiesta de las reliquias de san Fermín.
Queridos sacerdotes, Corte de San Fermín, hermanos y hermanas.
Celebramos el traslado de las reliquias de san Fermín, de Amiens a Pamplona. Es un día de fiesta, es traer a casa a nuestro santo, a nuestro patrono. Pero no quiero que esta fiesta ponga el acento en un recuerdo del pasado, en un sentimiento de nostalgia hacia san Fermín, sino que quiero y entiendo que es una memoria viva. Lo que conmemoramos es que esas reliquias nos actualizan la vida y obra de san Fermín. Lo hacen cercano, vivo, familiar. Pero, sobre todo, estas reliquias nos llevan a Dios.
Hace tiempo leí una fábula, una historia muy gráfica. Había un anciano que quería indicar a su nieto dónde estaba la Luna. Con el dedo índice le señalaba la Luna en el cielo, pero el niño no la veía, porque se quedaba mirando el dedo y no lo que el dedo indicaba. Así nos puede pasar hoy también a nosotros: que nos quedemos mirando a la reliquia de san Fermín sin descubrir lo que ella nos indica o a dónde nos lleva, que es a Dios. Sobran dedos y falta profundidad de lo que esos dedos indican.
Las reliquias que se trasladaron, allá por el siglo XII, y que hoy celebramos con tono de fiesta, nos hablan de santidad. Detrás de la reliquia hay toda una vida de entrega, de testimonio y de evangelización de san Fermín. No veneramos unos huesos, veneramos una vida derramada por Cristo y por el evangelio. Ver estas reliquias, venerar estas reliquias, es ver en ellas a san Fermín. Estas reliquias nos hablan de recuerdo agradecido, a san Fermín, por su vida, por su conversión, por su bautismo. Hablar de san Fermín en Pamplona y en Navarra es agradecer todo lo que el santo ha hecho por nosotros.
Las reliquias de san Fermín nos hablan de esperanza, de oración, de escucha. Venir a esta capilla cualquier día del año es ver a mucha gente, es verdad que unos vienen como curiosos, como turistas, pero también muchos otros, de forma anónima, viene a rezar, a pedir y agradecer. San Fermín es esperanza para mucha gente de Pamplona, en él ponen su necesidad, su petición, su esperanza. Y a ello ayudan las reliquias, porque estas nos llevan al santo y este nos lleva a Dios.
Las reliquias nos hablan también de fidelidad. Fue obispo joven, misionero valiente y, finalmente, mártir; es decir, testigo hasta derramar su sangre. No buscó el martirio, pero no renegó de Cristo cuando llegó la persecución. Él es la expresión suprema del amor fiel. San Fermín prefirió perder la vida antes que perder a Cristo. Le ofrecieron bienes materiales que mucha gente hubiese deseado, en cambio él no sucumbió a la tentación y los rechazó. En un tiempo en que la fe era peligrosa, él se mantuvo fiel, una fidelidad que pagó con su vida.
Las reliquias de san Fermín nos hablan de conversión. Esta celebración no puede quedarse en emoción ni en orgullo local. San Fermín no quiere solo ser honrado ni admirado, quiere ser imitado. Su presencia espiritual en Pamplona es una llamada a la conversión personal y comunitaria. De san Fermín debemos imitar aquello que nos acerca más a Dios y a los hermanos. Nos invita a unir fe y vida, devoción y compromiso, celebración y coherencia. Nos recuerda que una ciudad cristiana no se define solo por sus fiestas, sino por la justicia, la solidaridad, el respeto a la dignidad humana y la apertura a Dios.
La lectura del profeta Isaías que hemos leído es la escucha que Dios le dice: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6). Estas palabras se cumplen en san Fermín, pues Dios le ha hecho luz de las tierras de la Galia, de Pamplona y de Navarra. San Fermín fue gran evangelizador y fortaleza para los que le veneramos. De san Fermín recibimos la palabra de Dios, pero también la luz y fortaleza para encarar las diferentes situaciones que la vida nos presenta, algunas no sencillas.
En el evangelio de Juan hemos escuchado cómo el Bautista señala a Jesús y proclama: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1, 29). Es lo mismo que hizo san Fermín en su evangelización: anunciar a Cristo resucitado. Porque el santo no se anuncia a sí mismo, sino que anuncia a Cristo. San Fermín, por muy importante que sea para nosotros, nos lleva a Jesús. San Fermín, cuando predicó en las tierras de la Galia, decía lo mismo que san Juan: “Este es el cordero de Dios”. Y por este anuncio, por este cordero de Dios, san Fermín dio su vida.
El evangelio termina con unas palabras muy significativas de Juan el Bautista «Yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios» (Jn 1,34). Es lo que dijo también san Fermín: dar testimonio, inclusive con su vida. Por eso las reliquias nos hablan de nuestro compromiso de ser testigos, de ser anunciadores de Jesús. Las reliquias nos llevan a salir de este templo para ser testigos de nuestra fe como lo fue san Fermín. No hay fe sin testimonio y no hay testimonio sin fe.
Me gustaría tener una palabra para las personas que van a formar parte de la Corte de San Fermín, que van a recibir su medalla. Hoy no estamos realizando un acto protocolario ni un acto burocrático, estamos realizando un acto de fe. Ustedes entran a formar parte de la Corte de San Fermín porque se identifican con su vida y sus obras. Pero, sobre todo, entiendo que ingresan en esta Corte porque quieren imitar a san Fermín. Quieren ser evangelizadores y testimoniar su fe como lo hizo san Fermín: en la calle, en el trabajo, en la familia. San Fermín no evangelizó en su ambiente natural, Pamplona, sino en la Galia, en Amiens, lugar pagano y, por lo tanto, no fácil de evangelizar. Esto le llevó a dar testimonio con su propia vida. Ustedes son el rostro, la palabra y la conciencia de san Fermín en Pamplona, ¡gran responsabilidad! Que, como él, sepamos decir con nuestra vida: “Yo lo he visto y doy testimonio”.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

