Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 28 de enero, en la capilla del Seminario de Pamplona, con motivo de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudios teológicos.
Querido vicario general, señor director del Centro de Estudios Teológicos San Miguel Arcángel, formadores, profesores, sacerdotes concelebrantes, trabajadores, alumnos del CESET, hermanos todos.
Esta mañana, santo Tomás de Aquino nos ha convocado en este Centro Superior de Estudios Teológicos, pero no en las aulas, sino en torno a la mesa del altar, para celebrar lo que la sabiduría divina nos recuerda cada día: que Cristo ha muerto y resucitado por todos nosotros. Sin esta verdad suprema, todo lo que recibimos en las aulas no tiene sentido. La eucaristía nos lleva a las aulas a profundizar en el misterio y las aulas nos empujan a la celebración. Lo que nos trae santo Tomás es ese equilibrio y armonía entre fe y razón. Ni las confunde ni las separa, las distingue para unirlas. Sabe que la fe tiene luz propia, que nos llega a través de la revelación, y que la razón, que brota de las aulas, tiene su dignidad que nace de la creación. Las dos proceden de Dios.
Estoy convencido de que santo Tomás vivió en primera persona la experiencia de la primera lectura. Antes de ser doctor de la Iglesia fue un hombre que pidió sabiduría. Antes de escribir rezó ante el Padre. Antes de enseñar dedicó tiempo a escuchar. Su amor a la sabiduría es consecuencia de esa preferencia a cetros y tronos, a riquezas o piedras preciosas. De esa oración Dios le concedió la prudencia, le regaló el espíritu de la sabiduría.
Para los estudiantes del CESET, santo Tomás, además de modelo de sabiduría es también un hombre de oración, personificado en la lectura primera que hemos leído: “Invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría” (Sb. 7, 7). Aquí se nos propone un criterio decisivo: la sabiduría vale más que el poder, más que el prestigio, más que cualquier reconocimiento. En el ámbito académico, donde no faltan las tentaciones del brillo personal, de la rivalidad o del afán de reconocimiento, esta palabra es particularmente exigente. Santo Tomás nos recuerda que el saber, cuando no está ordenado por el amor a la verdad y al bien, pierde su alma.
Este es el tercer año que celebro la fiesta de Santo Tomás en el CESET, y siempre que estoy preparando estas palabras me llama la atención el evangelio elegido, que entiendo que no es casual, que tiene su sentido. Y no es un texto que promueva el estudio, la investigación o la sabiduría, sino a la humildad y al servicio. Cuando Jesús dice: «Vosotros no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos» (Mt. 23, 8). Jesús no desprecia la función de enseñar; lo que denuncia es la tentación de apropiarse de una autoridad que solo pertenece a Dios. Este pasaje resuena con fuerza en un contexto académico y formativo como el que estamos nosotros. Enseñar en la Iglesia no es dominar, sino servir; no es colocarse por encima, sino ayudar a crecer. Santo Tomás fue llamado “doctor”, pero vivió como discípulo. Su autoridad nace de su humildad, no desde la superioridad.
Y continúa con la reflexión cuando nos recuerda: «El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» (Mt. 23, 12). Esta es la lógica del reino, tan distinta de la lógica del mundo. En el camino del estudio y de la docencia cristiana, la humildad no es un adorno moral, sino una condición de fecundidad. Solo quien reconoce que no es la fuente de la verdad puede convertirse en su servidor, porque la fuente de la verdad es Dios. Entiendo que esta reflexión va dirigida a los que se creen superiores por el saber y a los que se creen por encima de los demás y con derecho a ser servidos.
Queridos estudiantes, vuestra responsabilidad en este centro es clara: formaros para evangelizar mejor. Formaros para transmitir con claridad el mensaje de Jesús. Mucha gente os escuchará con el corazón abierto, inclusive poniendo su conciencia en vuestras palabras, su vida en vuestras reflexiones. Sed responsables, sed coherentes. Formaros para evangelizar, para anunciar a Jesucristo, pero también para ayudar a las personas a ser libres. No seáis azotes de conciencia. “Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud” (Gal. 5, 1). Que vuestra palabra libere, que vuestra palabra consuele, ilumine y fortalezca. Nunca vuestra palabra juzgue y condene. Y que vuestra palabra vaya acompañada de vuestra vida. Vuestra sabiduría ayude a moldear vuestra vida, no solo la de los demás; los primeros transformados por la palabra, por la sabiduría, sois vosotros. Vuestra vida también evangeliza y más que vuestra palabra. Recordad lo que dijo san Francisco de Asís a sus frailes: “Vayan y evangelicen y, si es necesario, utilicen la palabra”.
Vuestra formación como pastores no sería completa sin la dimensión espiritual; es más, no hay formación sin interiorización, sin contemplación, sin meditación. Cuidad vuestra vida espiritual. De qué os sirve saber mucha teología sin intimidad con Dios. No separéis nunca el estudio de la oración. No hay verdadera fecundidad pastoral sin intimidad con el Señor. La teología auténtica conduce a la adoración.
Queridos profesores, ya os voy conociendo a todos y mi primera palabra quiere ser GRACIAS con mayúsculas. Por vuestro servicio y entrega. Porque sé que muchos de vosotros debéis compatibilizar la docencia con tareas pastorales y lo conseguís, con mucho esfuerzo, pero lo lográis. Preparar las clases en el CESET, a la vez que la pastoral en la parroquia, supone tiempo que regaláis con esfuerzo. Pero también os invito a ser conscientes de que tenéis lo mejor de nuestras diócesis -Bilbao, Pamplona, el Redemptoris- en vuestra enseñanza. El futuro de las iglesias locales está en vuestros programas formativos. Que viváis lo que enseñáis, transmitáis lo que sentís y que vuestra vida sea reflejo de lo que creéis.
Queridos seminaristas, profesores, personal laboral, que la intercesión de santo Tomás de Aquino os ayude a pedir, como él, el don de la sabiduría; a buscarla con perseverancia; a preferirla a cualquier otra ambición y a ponerla siempre al servicio de la Iglesia y del mundo.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

