Cuaresma: Ha llegado la hora

El próximo 18 de febrero celebraremos el Miércoles de Ceniza con el que iniciaremos la Cuaresma. Es un tiempo favorable para la conversión, para volver a Dios, para dejar que él actúe en nuestra vida. Los tiempos litúrgicos tienen un riesgo y es que, como se repiten todos los años, sin querer nos pueden llevar a la rutina, a lo monótono. En cambio, para Dios no es “lo de siempre”; Cuaresma “es la hora”, es un tiempo en el que Dios espera un cambio, una conversión y un compromiso, y esto ya no es rutina ni monotonía, sino compromiso, vida nueva.

Es la hora, nos dice Jesús, es el tiempo, es el momento de la conversión. En varias ocasiones, Jesús manifestó que “no había llegado la hora”: en las bodas de Caná, con la samaritana…, pero en el lavatorio de los pies, en el momento de la entrega, Jesús dijo: “Ha llegado mi hora”. Era el momento de la entrega, del servicio. A todos nos llegará la hora, el gran momento, y hemos de estar preparados. La Cuaresma es la hora del cristiano, donde no puede mirar hacia otro lado, donde vuelve su mirada hacia Dios y se compromete a una nueva vida.

La hora de la Cuaresma nos invita a mirar nuestro interior con verdad, sin miedo, sin excusas, sabiendo que Dios no humilla al pecador, sino que lo levanta. En una sociedad que a menudo huye del silencio y de confrontarse a sí mismo, este tiempo es más necesario que nunca. El papa León XIV nos tranquilizaba cuando nos decía: «No se trata de sentirnos acusados, sino de abrir un espacio de verdad en nuestro corazón; solo allí comienza la salvación» (audiencia general, agosto de 2025). La Cuaresma es un tiempo de serenidad, donde nos encontramos con Dios, nos acoge y nos perdona. Nadie nos acusa y nos dice como a la adúltera: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn. 8, 11). Es disfrutar de la caricia sanadora de Dios.

La hora de la Cuaresma nos lleva a la oración. A la intimidad con Dios. No hay conversión sin oración, no hay escucha de Dios sin oración, no hay reconciliación sin oración. Es un tiempo de mayor relación con Dios. Esta intimidad se logra “en lo secreto, en lo escondido” (cf. Mt. 6, 6), donde realmente encontramos a un Dios padre, cercano y amoroso. Una oración que nos toca el corazón, porque “volver al corazón es el primer paso de toda verdadera conversión” (León XIV. 2 octubre 2025).

La hora de la Cuaresma me lleva al ayuno, al sacrificio personal, a la renuncia. El ayuno nos invita a revisar nuestros estilos de vida: nuestros consumos, nuestras adicciones, nuestros gastos a veces superfluos. Ayunar es revisar nuestra vida, ver de qué tenemos que ayunar, qué tenemos que eliminar de nuestro día a día que nos aparta de Dios. Ayunar es quitarme algo para darlo a los demás, es pensar que el otro puede necesitar algo que yo tengo, no que me sobra. ¿De qué vas a ayunar en esta Cuaresma? ¿A qué vas a renunciar? Ayunar sin ostentación, sin publicidad, “lo que hace tu mano izquierda, que no lo sepa tu derecha” (cf. Mt. 6, 3).

La hora de la Cuaresma me lleva al compromiso social. No podemos separar nuestra relación con Dios de nuestra responsabilidad con los hermanos, especialmente con los más pobres y necesitados. La fe cristiana no es una experiencia mística que se agota en lo privado; es una fuerza que nos impulsa a comprometernos con la construcción de una sociedad más justa, más fraterna y más humana. Con gozo y alegría os comparto que esta dimensión comunitaria con la que nos comprometimos, el centro para víctimas de trata, ya está funcionando. Ya hay gente viviendo en el piso abierto por la diócesis. Nuestra Iglesia de Navarra entendió y asumió este compromiso social como una dimensión más de nuestra conversión en el año del Jubileo de la Esperanza. Os invito a no quedarnos en la satisfacción de la apertura de este piso y a mirar a nuestro alrededor y ver de cerca personas y familias que necesitan de nuestra conversión y nuestro compromiso: personas y familias que sufren la precariedad laboral, ancianos que viven en soledad, personas que viven la exclusión, la falta de horizontes. También migrantes, personas mayores que viven solas, jóvenes desorientados, familias que no llegan a fin de mes, personas sin hogar…, sus rostros nos interpelan y no pueden dejarnos indiferentes. Es la hora del compromiso social, es la hora de la Cuaresma.

Es la hora de la Cuaresma, tu hora. Un tiempo para volver al padre, a encontrarnos con él en la oración, a renunciar, a través del ayuno, a todo lo que me aleja de Dios, y a mirar a los hermanos necesitados a través de mi compromiso social.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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