Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 31 de enero, en la iglesia de los Padres Carmelitas de Pamplona, con motivo de la festividad de Nuestra Señora de Belén, patrona de los arquitectos.
Celebramos hoy a Nuestra Señora de Belén, patrona vuestra, contemplándola en uno de los momentos más silenciosos y, a la vez, más elocuentes del Evangelio: la huida a Egipto. No es una escena grandiosa, no hay multitudes, ni palabras solemnes, no hay gestos heroicos. Seguramente hay miedo, incertidumbre, noche. María, José y el Niño salen de Belén dejando atrás lo poco que tenían, salen corriendo, empujados por la violencia y el miedo. Herodes quiere matar a Jesús, huyen como los desplazados de guerra, como refugiados, diríamos hoy. Todo son pruebas, que si no tenían sitio en la posada, que se encuentran solos en las afueras de Belén, ahora deben de huir, escapar. Aunque María, la Madre, no entiende, confía, camina y protege la vida de Jesús, la vida que se le ha confiado.
La huida a Egipto nos muestra a María como mujer que sabe enfrentar lo provisional. Hay que improvisar y sobre todo confiar, y para nosotros esa confianza descansa en Dios. María no se aferra a Belén, no absolutiza ningún lugar, ninguna forma, ningún proyecto. Lo único que no cambia es la confianza en Dios y la custodia de la vida de su hijo Jesús. María defiende la vida, la lucha y pelea y hace lo imposible, como es salir del país, sin seguridades, sin proyecto, solo confiando en el Señor.
La huida a Egipto de María, José y Jesús nos habla de construir, pero no un edificio, sino construir un proyecto de vida, una familia. La celebración de hoy nos habla de la arquitectura de la vida, de aquello que sostiene realmente una existencia, una ciudad y una sociedad. Vosotros constructores de grandes edificios, desarrolláis grandes proyectos, pero no lo olvidéis, el gran proyecto que vale la pena es la construcción de la propia vida, de la familia, aquello que realmente nos llena y que es un don de Dios. Si el edificio de nuestra vida personal, de nuestra familia, se asienta sobre roca, está firme y seguro, los otros proyectos se consolidan con más facilidad. Ese es el reto, construir la casa de la vida, la casa de los sentimientos, la casa de la familia, la casa que brota del corazón y que se apoya en Dios.
Las lecturas que hemos escuchado nos ayudan a centrar nuestra reflexión. San Pablo nos ha hablado de construir, de cimientos, de edificar con responsabilidad, y el Evangelio nos ha recordado la parábola tan conocida de la casa construida sobre roca o sobre arena. Y todo ello lo celebramos bajo la mirada de Nuestra Señora de Belén, contemplándola no en la quietud del pesebre, sino en camino, en la huida a Egipto.
La Palabra de Dios hoy nos habla de arquitectura, pero no solo de edificios; nos habla de la arquitectura de la vida, de aquello que sostiene realmente una existencia, una ciudad y una sociedad. Hoy os invito queridos arquitectos a que dejéis un poco de lado vuestros trabajos, vuestros edificios, vuestros dibujos y proyectos. Como ya he comentado antes, hoy estáis llamados a otra construcción No sé si habéis construido vuestra vida sobre grandes planos o proyectos, pero el gran plano, el gran arquitecto es Dios, que es capaz de construir una palmera para proteger a la Sagrada Familia en su huida a Egipto. Es capaz de proteger y acompañar en esa escapada desesperada, y salvar al Redentor del mundo.
El evangelio que hemos escuchado nos presenta dos arquitectos, o mejor dicho dos estilos de vida. Lo interesante es que ambos construyen, ambos trabajan, ambos oyen la palabra. La diferencia no está en la actividad, sino en el fundamento. La arena no es mala en sí misma. Es cómoda, rápida, flexible. Pero no resiste cuando llegan la lluvia, el viento y las crecidas. La roca exige más esfuerzo, más tiempo, más profundidad. Pero permanece. Los materiales son buenos los dos, el problema es del arquitecto, el problema es del que toma decisiones, del que elige un camino. Elegir lo fácil no es lo mejor, puede ser lo más rápido, pero falta profundidad, fundamento. Cuántas veces hoy, también en nuestras ciudades y en nuestras vidas, preferimos la rapidez a la solidez, lo inmediato a lo duradero, lo vistoso a lo verdadero. Y luego nos sorprende que todo sea frágil, provisional, inestable.
Nuestra patrona, Nuestra Señora de Belén en su huida a Egipto, debió conocer bien las tormentas, las de agua y las de arena, y en cambio resistió, aguantó y superó las tormentas, y su casa, su familia, se mantuvo en pie, porque el gran arquitecto Dios, era quien sostenía la casa contra vientos y tormentas.
Hoy ponemos vuestro trabajo, vuestros proyectos, vuestros éxitos y también vuestras dificultades bajo la mirada de Nuestra Señora de Belén. Le pedimos que os enseñe a construir sobre cimientos firmes; a no confundir rapidez con solidez; a poner siempre a la persona en el centro; y buscar una belleza que nazca de la verdad
Que ella, que supo proteger la vida en medio de la intemperie, os acompañe para que vuestras obras no sean solo técnicamente correctas, sino humanamente verdaderas y espiritualmente sólidas. Y que, cuando lleguen las lluvias y los vientos, podáis escuchar las palabras de Jesús como promesa: la casa no se hundió, porque estaba edificada sobre roca.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

