Domingo de Ramos

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 29 de marzo, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona, con motivo de la celebración del Domingo de Ramos


Hemos comenzado esta celebración de un modo especial: saliendo a la calle, caminando, levantando nuestros ramos y proclamando con alegría: “¡Hosanna al Hijo de David!”, reconociendo a Jesús como el centro de nuestra vida, como el Hijo de Dios. No ha sido solo una tradición bonita, y menos en los tiempos en que vivimos. Ha sido una verdadera manifestación pública de nuestra fe. Hemos dicho al mundo, a Pamplona y a Navarra que somos creyentes. La gente nos ha visto caminar, levantar nuestros ramos y palmas y proclamar a Jesús como rey. Ha entrado en Jerusalén, sabía que allí sería juzgado, entregado y crucificado. No rehúye su compromiso, lo acepta y lo abraza.

Hemos salido a la calle sin miedo, sin complejos. Algunos se paraban e imagino que otros se harían preguntas o no entenderían. Hemos mostrado quiénes somos. Hemos dicho, con sencillez pero con claridad, que creemos en Jesucristo. Y eso, hoy más que nunca, tiene un valor profundo. Porque vivimos en un mundo donde muchas veces la fe se quiere relegar al ámbito privado, donde parece que creer es algo que debe vivirse en silencio, casi escondido. Nosotros hoy hemos hecho justo lo contrario: hemos proclamado con alegría que nuestra fe merece ser compartida, celebrada y anunciada. Si Jesús no se esconde, ¿por qué tenemos que hacerlo nosotros?

Y lo hemos hecho con alegría, caminando con la cabeza alta, cantando. No con tristeza, no con vergüenza, no con duda. Porque lo que llevamos entre manos, lo que llevamos en el corazón, es una buena noticia. Hoy hemos anunciado algo grande, la mejor noticia que ha recibido la humanidad. El mensaje del amor. Tanto que se habla hoy de amor, Cristo muere por amor. Hoy, Domingo de Ramos, Jesús inicia el camino del amor, porque por amor muere por nosotros. Un amor generoso, un amor solidario, un amor gratuito. Y esto a los cristianos nos llena de alegría. Hemos acompañado a Jesús en esa manifestación donde nos dice que nos ama y que muere por nosotros.

Pero la liturgia de hoy tiene un contraste muy fuerte. Hemos comenzado con los cantos de alegría, con los ramos, con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén… y, sin embargo, acabamos de escuchar la Pasión. De la aclamación pasamos al rechazo. Del aplauso a la crítica. Del “¡Hosanna!” al “¡Crucifícalo!”. De la fiesta a la cruz. De la fidelidad al abandono en el Viernes Santo. A los cristianos nos falta coherencia. Cuando nuestra vida se tambalea, dudamos y abandonamos como los discípulos en la cruz. Y este contraste no es casual. Es profundamente real. Es la verdad de nuestra vida y del corazón humano. Porque también nosotros, si somos sinceros, nos vemos reflejados en esa multitud que un día aclama y otro día abandona. El Domingo de Ramos es un espejo en el que mirarnos y preguntarnos por nuestra coherencia.

Las tres lecturas que hemos escuchado nos presentan a Jesús sufriendo, entregándose, muriendo por nosotros, pero todo por amor. Han pasado de los cánticos de alabanza a los de condena, los ramos de victoria han desaparecido. El profeta Isaías nos ha presentado la figura del siervo del Señor sufriente: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba” (Is. 50, 6). Es un retrato impresionante, muy realista, de alguien que sufre, pero no se rebela, no huye, no responde con violencia. Su respuesta será la cruz, que es el signo del amor, de la no violencia. Permanece firme, porque confía en Dios. Es la entrega de alguien que da sentido a su dolor, a su sufrimiento. Una pasión que llega al corazón y que se llama amor.

San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos ha mostrado el camino de Cristo: “Se despojó de sí mismo… se humilló… obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz” (Filp. 2, 8). Es el camino de la humildad, del descendimiento, del amor que se entrega sin reservas. Es la humildad del asno que utiliza para entrar en Jerusalén, lejos de caballos elegantes. Es la actitud de aquel que se despoja de todo, que siendo el más grande se hace el más pequeño. Es aquel que obedece, que acepta la voluntad de Dios, aunque no siempre la entiende.

El evangelio nos invita a contemplar con realismo y crudeza la Pasión del Señor. Todo es burla, ironía, vergüenza pública. El juicio ante Pilato, las burlas, los golpes, la crucifixión… La muerte es un camino necesario para la vida. Un camino que se llama amor y que se convierte en nueva vida con la Pascua. Cristo no es víctima de un destino injusto. Cristo se entrega libremente, como dice el profeta, no se resiste. San Pablo, nos recuerda que desciende. Como refleja el evangelio, un amor hasta el extremo.

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. En estos días se nos invita a hacer un camino doble. Por un lado, un camino exterior, de testimonio público, de manifestación en la sociedad, como lo hemos hecho hoy. Por otro, un camino interior, de purificación, de revisar nuestra vida y de coger nuestra cruz, de llevarla con valentía. Una cruz que para muchos es violencia y para Jesús es la respuesta de paz, en un mundo marcado por tantas guerras. Quiero terminar con las palabras del papa León XIV ayer, en su visita a Mónaco: «¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra! La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir». Hoy Jesús, montado en un asno y abrazando la cruz, nos habla de paz, de fraternidad y solidaridad, nos habla de entrega por los hermanos.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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