Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 12 de marzo, en el auditorio Juan de Jasso de Javier, con motivo de la Javierada sacerdotal.
Queridos hermanos sacerdotes y diáconos.
Hoy os digo como Jesús a sus discípulos: “Venid (conmigo) vosotros a solas a un lugar tranquilo a descansar un poco” (Mc, 6, 31). Estos días estamos viniendo a Javier acompañando a laicos de nuestras parroquias, de nuestros movimientos. Caminamos con ellos, los animamos, los motivamos. Lo hacemos en las dos Javieradas o en las que hacemos por arciprestazgos o vicarías durante la Novena de la Gracia, pero hoy lo hacemos con nuestros hermanos sacerdotes. Hoy es nuestro día, para dedicarnos a nosotros, para celebrar entre nosotros, para renovar nuestra vocación, nuestra fraternidad sacerdotal y nuestra misión. Sí, disfrutemos de este día y disfrutemos de los hermanos sacerdotes.
Hoy somos nosotros, los sacerdotes, quienes nos sentimos también peregrinos de esta Iglesia de Navarra. Peregrinos del evangelio. Peregrinos de la esperanza. Peregrinos de una misión que no nace de nuestras fuerzas, sino de la llamada del Señor. Acudimos a Javier “invitados a la fe”, como reza el lema de este año. Somos invitados a Javier a renovar nuestra consagración, nuestro ministerio sacerdotal, movidos por la fe. Invitados a renovar nuestra llamada, a volver al primer amor, a redescubrir que nuestro amor primero fue Jesús, que nos cautivó y que nos llamó a estar con él, y eso solo se entiende desde la fe. Venimos a Javier a recordar y renovar aquel momento en el que sentimos por primera vez que Él nos decía: “Sígueme”. Recordar las ilusiones de los primeros años, el deseo de entregar la vida por el evangelio.
Como vengo recordando en el retiro de cuaresma a los sacerdotes, en una sociedad secularizada y alejada de Dios se hace necesario renovar nuestra vocación, alimentarla del amor de Dios, que sostiene nuestra entrega y nuestra misión. Es necesario tener momentos tranquilos, descansar un poco, como decía al principio, y alimentarnos de aquel que nos sostiene. Por nosotros mismos sería imposible aguantar. Nuestra fortaleza es el Padre, y nuestro modelo, Cristo.
En una sociedad como la nuestra, la voz de Dios ha desaparecido, no se escucha. El hecho religioso no está en el espacio público. Por eso es importante que estemos atentos a lo que nos dice la primera lectura de Jeremías, que nos hace una llamada a la escucha. Esta mañana no hay mucha gente, no hay tanto bullicio como en las dos Javieradas multitudinarias, esta celebración es más íntima y es posible oír la Palabra de Dios. Necesitamos escuchar su Palabra porque si no, corremos el riesgo de considerarnos dueños de la Palabra de Dios y hacer de nuestra vida un proyecto personal al margen de Dios. Eso es lo que denuncia Jeremías en la primera lectura: que el pueblo de Dios había dejado de escuchar la Palabra de Dios y se había apartado de Él: “Caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara” (Jr. 7, 24).
También nosotros, como sacerdotes, corremos ese riesgo de centrarnos en nuestros propios proyectos y no escuchar al Señor. El ministerio puede llenarse de actividades, reuniones, gestiones, preocupaciones pastorales… y, sin darnos cuenta, podemos perder el espacio interior donde Dios nos habla. Podemos convertirnos en gestores de eventos que hablen de Dios, pero sin Dios. Organizadores de actividades pastorales, pero sin la presencia de Dios.
La misión nace siempre de la escucha. Antes de ser predicadores somos discípulos. Antes de anunciar la Palabra necesitamos dejarnos alcanzar por ella. Aquí, en este lugar donde nació san Francisco Javier, recordamos que la fuerza misionera no nace de la estrategia ni de la organización, sino de una experiencia profunda de Dios. Solo quien ha escuchado al Señor puede anunciarlo con verdad. Y esta escucha viene a través de la oración, de la eucaristía, de dedicarle tiempo al Señor.
Esta Javierada sacerdotal es una oportunidad privilegiada para revisar también nuestra fraternidad sacerdotal. Los protagonistas hoy somos nosotros, los sacerdotes, diáconos y seminaristas. Todos los que hemos venido a Javier manifestamos que no estamos solos. El Señor nos ha llamado a un presbiterio, a una fraternidad sacerdotal en torno al obispo.
Hoy más que nunca es necesario reforzar esta fraternidad sacerdotal, por dos razones: una, en razón del ministerio; y otra, muy importante, por la amenaza de la soledad. En un tiempo en el que muchos sacerdotes vivís en parroquias dispersas, con múltiples responsabilidades y a veces con cierta soledad pastoral, encuentros como este tienen un valor enorme. Nos recuerdan que somos hermanos, que compartimos una misma vocación, una misma misión y un mismo Señor. Encuentros como la Javierada sacerdotal humanizan nuestro ministerio, porque sí, somos consagrados, pero antes somos humanos, y nos afectan las situaciones, como a todos. Por eso entiendo que es importante poner corazón en la fraternidad. Cuidarnos, querernos, preguntar unos por otros y rezar unos por otros.
A veces confundimos la fraternidad sacerdotal con amistad. Y no es lo mismo, aunque en muchos casos coincidan las dos situaciones: la amistad con la vivencia de la fraternidad sacerdotal. La fraternidad sacerdotal no es simplemente una cuestión de simpatía o de afinidad personal. Tiene un fundamento más profundo: nace del mismo sacramento del Orden. Somos hermanos porque hemos sido llamados por el mismo Cristo y enviados a servir al mismo pueblo de Dios. No somos hermanos porque seamos amigos o porque nos llevemos bien. La mayoría de nuestras amistades han surgido desde nuestro ministerio sacerdotal.
Que, desde este Castillo de Javier, donde comenzó la vida de uno de los grandes misioneros de la Iglesia, salgamos también nosotros con el corazón renovado. Que san Francisco Javier interceda por nosotros y nos enseñe a vivir nuestro sacerdocio con pasión por Cristo, con amor por la Iglesia y con un ardiente deseo de anunciar el evangelio.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

