La Cruz, camino del amor

La Semana Santa que comenzaremos este Domingo de Ramos nos sitúa ante la cruz, que tantas veces el mundo rechaza e intenta evitar, en busca de comodidad y de seguridad, desterrando todo sacrificio y compromiso. Decía Benedicto XVI “¡Cuántas veces los hombres han intentado construir el mundo solos, sin Dios o contra Dios!” (Homilía. Roma 15-12-11) Este pensamiento es consecuencia de que el hombre quiere eliminar el sacrificio, la entrega, la fidelidad, y ser libre, sin ataduras. La cruz le repele, la cruz, dice, le quita libertad. En cambio, para los cristianos la cruz se nos revela como el verdadero camino de la salvación. En ella descubrimos un amor que no se impone, sino que se entrega; un amor que no busca privilegios, sino que se abaja para servir, un amor que no se compra, sino que se regala. La cruz es para los cristianos el mayor signo de libertad, porque la abrazamos libremente, porque nos libera de toda atadura, porque purifica nuestras opciones.
Jesús no rehuyó el sufrimiento, ni lo buscó por sí mismo, sino que lo asumió cuando llegó el momento, como consecuencia de su fidelidad al Padre y de su amor a todos nosotros. En la cruz vemos a un Dios que se solidariza con el dolor humano, que entra en nuestras heridas, que no permanece indiferente ante el sufrimiento. En la cruz Jesús experimenta al dolor humano, la impotencia e incomprensión, pero lo hace para llevarnos a la nueva vida.
Contemplar la cruz no es un ejercicio de tristeza, sino de esperanza. Allí donde parece triunfar el fracaso, Dios abre un camino nuevo. Allí donde el mundo ve derrota, Dios siembra vida. Allí donde unos no ven futuro, donde solo ven muerte, donde solo perciben pasado, los que tenemos fe vemos vida, y vida nueva y renovada. La cruz nos enseña que el amor verdadero implica entrega, sacrificio y fidelidad. Nos recuerda que no hay resurrección sin pasión, ni vida plena sin donación sincera de uno mismo. Jesús no ama de palabra. Ama con obras. Ama hasta el extremo, que es un amor sin límites. Su vida entera es un camino de amor, pero es en la cruz donde ese amor alcanza su expresión más radical.
Hay algo que no podemos olvidar: la cruz de Cristo no es solo un hecho del pasado. Hoy la cruz sigue viva en tantas personas que sufren, que lo pasan mal, que no puedo mantenerme indiferente. Si queremos comprender hasta dónde llega el amor de Cristo, hemos de mirar también a quienes más sufren. En los pobres, en los que viven en la precariedad, en los que se sienten solos o descartados, en los que son rechazados y bajo sospecha por ser diferentes, en ellos Cristo experimenta la cruz. La Semana Santa me debe de ayudar a descubrir las cruces de mis hermanos pobres, en ellos encontramos un reflejo vivo de Cristo crucificado “En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo. Al mismo tiempo, deberíamos hablar quizás más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza” (DT, 9). Debo preguntarme qué personas hay cerca de mí para ayudarles a llevar su cruz, para ayudarles a que le den un sentido a ese sufrimiento que se hace cada día más pesado, y no se hundan en una cruz sin sentido.
La Semana Santa tiene un riesgo, y es que lo convirtamos en un espectáculo. Si la Semana Santa no cambia algo en nosotros, sino remueve mi conciencia, habrá pasado de largo en mi vida. Si nos dedicamos solo a ver, a observar y contemplar, pero no cambia algo en mi vida, no tiene sentido. Tal vez este año el Señor nos pide algo concreto: perdonar a alguien, reconciliarnos, comprometernos más con quienes lo necesitan, acercarme a quien otros rechazan, conceder nuevas oportunidades a los que han caído o a las que se les cierran todas las puertas. San Juan nos recuerda «No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,18). La cruz nos enseña precisamente eso: que el amor verdadero se demuestra en lo concreto. En la cruz no vemos solo sufrimiento, sino amor entregado. Jesús no responde al odio con odio, ni a la violencia con violencia. Permanece fiel. Perdona. Se entrega completamente. Ahí está la clave: el amor no desaparece ante el mal, sino que lo atraviesa y lo transforma.
Y no olvidemos el final: la cruz no es la última palabra. La última palabra es la vida. La cruz no es un fracaso, la cruz no es una decepción. La cruz es el camino del amor. Si la cruz nos muestra hasta dónde llega el amor, la resurrección nos revela su victoria definitiva. En la noche de Pascua escucharemos: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24,5). Esa es nuestra esperanza. Como dice el papa Francisco: «Cristo ha resucitado, y con Él renace nuestra esperanza» (cf. Christus Vivit, 1). En medio de tantas preocupaciones, dificultades y heridas, necesitamos redescubrir esta certeza: Dios no abandona. El amor vence, Dios vence la cruz, vence el pecado y vence la muerte, y lo hace por ti, por mí, por todos, para darnos vida. ❏

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