Primera Javierada 2026

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el domingo 8 de marzo, en la explanada del Castillo de Javier, con motivo de la celebración de la primera Javierada 2026


¡Estamos en Javier! Hemos desafiado lluvia, viento y frío para llegar hasta aquí. Cada año os admiro más; admiro vuestra fuerza, vuestra seguridad y vuestro convencimiento de querer llegar a Javier. Nada ni nadie os detiene. Venís caminando desde muchos lugares de Navarra, algunos desde lugares lejanos de nuestra comunidad foral, otros desde pueblos cercanos y también de fuera de Navarra. Porque Javier acoge a todos, en Javier todos tenemos un sitio. Hemos recorrido kilómetros, hemos compartido silencio, conversación, esfuerzo y oración. Hemos sentido cansancio, quizás hemos superado ampollas, rozaduras, ¡pero hemos llegado! La cara de felicidad lo refleja.

La mayoría llegamos aquí como peregrinos, otros quizá por tradición o porque venían vuestros amigos o vuestra familia. Algunos quizá porque necesitabais pensar, respirar, tomar distancia de la vida de cada día, otros en busca de respuestas. Otros quizá por amor a la naturaleza. Para todos Javier abre sus puertas y nuestro santo nos acoge abriendo sus brazos. En Javier se demuestra que la Iglesia no es sectaria, que no hace distinción. Aquí todo el mundo es bien recibido, inclusive los que nos critican, los que cuestionan nuestra elección por Jesús. Como decía el papa Francisco sobre la Iglesia, Javier “no es una aduana”, a nadie se le pide carné de cristiano, no hay controles que pasar.

El lema que ilumina este año las Javieradas es sencillo y profundo: “Invitados a la fe”. No dice obligados ni presionados ni amenazados. Dice invitados. Porque la fe comienza siempre así, como una invitación. Nadie viene a Javier obligado, como tampoco a nadie se le obliga a creer. Siempre he valorado que nuestras decisiones sean libres, sin coacción ni obligación. Dios no se impone. Dios se ofrece, se nos acerca, y cada uno es libre de responder. Por eso me parece una falta de respeto que se critique a los cristianos por creer, que se critique que Dios sea importante en nuestra vida. Los jóvenes creen desde la libertad porque Dios llena su vida, y no damos pena por creer, quizá envidia por tener claras nuestras ideas, opciones y nuestras decisiones. Me da pena quien critica sin conocer, porque quien nos critica se manifiesta como una persona frustrada, vacía, que no está satisfecha consigo misma. Por eso busca juzgar y criticar nuestra fe. La persona feliz y plena nunca critica, nunca juzga. La crítica es signo de inmadurez, signo de insatisfacción.

El modelo de responder con libertad a la invitación de creer fue san Francisco Javier, que nació precisamente en este castillo que tenemos aquí delante. Estudió en París, tenía todas las posibilidades para triunfar en la vida, ser famoso, tener un nombre, pero se encontró con otro gran hombre, san Ignacio de Loyola, que le repetía una frase que marcó su vida y la de mucha gente que se toma la vida en serio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Aquella pregunta fue una invitación, no una orden. Aceptó la invitación de Dios y su vida se convirtió en una aventura extraordinaria de fe.  Todo empezó con una invitación.

Esta invitación de Dios a san Francisco Javier no solo fue a seguirle, sino a ir más allá, a encontrar a Jesús en los pobres en las tierras de la India y de Japón. Nuestro misionero universal fue a lugares donde las personas igual necesitaban oír hablar de Dios que ser liberadas de la pobreza, de la enfermedad, del hambre y de la muerte. Personas que necesitaban recuperar su dignidad humana. Personas olvidadas y ninguneadas por sus opresores.

El evangelio comienza con una escena muy sencilla: Jesús llega a un pueblo de Samaría y, cansado del camino, se sienta junto a un pozo. Es mediodía, hace calor. Entonces llega una mujer samaritana a sacar agua. Comienza un diálogo que cambiará la vida de esa mujer, que además es extranjera. Jesús no hace distinciones, habla y se ofrece a todos los que buscan un pozo que dé sentido a su vida. Para nosotros el pozo que calma la sed es Javier. Hemos venido hasta aquí buscando ese pozo especial, porque todos tenemos sed. Sed de sentido en nuestra vida, sed de esperanza, sed de justicia, sed de solidaridad, sed de algo que llene de verdad nuestra vida. Ese algo es el evangelio de Jesús.

Con rostro amable y atractivo nos ofrecen pozos del éxito y reconocimiento; pozos del placer o consumo; pozos del dinero y la riqueza, pozos del racismo y la separación, pozos de la guerra y ambición, pozos del aborto y negación de la vida. Son pozos que prometen mucho, que parecen atractivos, que nos ofrecen soluciones mágicas, que incluso parecen darnos agua durante un tiempo… En estos pozos bebe mucha gente, en ocasiones perdida y desorientada, que nunca logran calmar su sed, porque el agua de esos pozos está corrompida, está putrefacta. Buscamos la felicidad en pozos en los que no está. Son pozos cuya agua nunca llena nuestro corazón. Son pozos engañosos. Son, en palabras del profeta Jeremías, “pozos agrietados que no retienen el agua” (Jr. 2, 13).

Queridos jóvenes, queridos hermanos, ¡que no os engañen!, ¡que no os confundan! Os ofrecerán muchos pozos para calmar vuestra sed, pero son pozos engañosos, son pozos falsos. Solo hay uno del cual merece la pena beber: del pozo de la vida, del pozo que nos ofrece Jesús. Y hoy ese pozo lo encontramos en Javier.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

 

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