Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona, el 2 de abril, con motivo de la Cena del Señor
En la Última Cena, la segunda lectura nos relata un momento profundamente humano y divino a la vez que me llama la atención y que Jesús comparte con sus discípulos. Sabe que su sufrimiento está cerca, que será traicionado y que su vida está a punto de cambiar radicalmente. En medio de esa situación tan difícil, Jesús hace algo sorprendente: da gracias, “la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió. (1Cor. 11, 24) Uno se pregunta cómo en una situación como esa, todavía tenga valor para dar gracias en vez de pedir auxilio. Este gesto nos enseña que la gratitud no depende de que todo vaya bien. Jesús nos muestra que incluso en los momentos de incertidumbre, dolor o miedo, es posible reconocer la presencia de Dios y agradecer. Dar gracias no significa ignorar el sufrimiento, sino confiar en que hay un propósito mayor, incluso cuando no lo entendemos. La gratitud transforma el corazón, nos hace más humildes y nos acerca a los demás. Dar gracias nos hace generosos, nos hace valorar a los otros y reconocer sus valores.
Después de dar gracias, Jesús va más allá, y hace un gesto sorprendente que ha cautivado en mi sacerdocio. Y es lavar los pies, pero a los pobres. Esta mañana he estado en la cárcel de Pamplona celebrando la eucaristía, la Última Cena, con los presos. Una celebración preparada, pero ¿sabéis qué es lo que más les ha llamado la atención? el lavatorio de los pies. En tiempos de Jesús era el esclavo quien lavaba los pies a los superiores, en cambio cuando ven a Jesús levantarse para lavarles los pies, se sorprenden, incluso Pedro se rebela y se niega a que Jesús se los lave. Como los discípulos en la Última Cena, también esta mañana se han sorprendido los hombres y mujeres presos cuando me han visto coger la toalla, arrodillarme y comenzar a lavarles los pies. Estaban sorprendidos, el Arzobispo lavaba los pies a los presos, ¡eso no se ve todos los días!, decían. Les he dicho que la Iglesia quería ser Buena Noticia para ellos, que la Iglesia contaba con ellos. Este es el servicio que nos trae la eucaristía, arrodillarme no ante los superiores, sino ante los pequeños, los pobres, los presos. Esa es la novedad de la eucaristía, servicio a los pequeños, a los pobres. Sonia, Carlos, Erik, eran algunos de los que les he lavado los pies. De Portugal, Colombia, de Burlada o Villaba, lugares del origen de los discípulos. En mi persona Jesús les ha lavado los pies esta mañana. Como Arzobispo me siento feliz de poder lavar los pies a los presos de la prisión de Pamplona.
El lavatorio de los pies nos muestra que la verdadera gratitud no se queda en lo interior, sino que se manifiesta en acciones humildes y concretas. Jesús enseña que amar significa servir, ponerse en el lugar del otro, atender sus necesidades. Servir es ponerse un escalón por debajo, aunque uno sea superior. Cuando uno sirve la persona que recibe el servicio tiene que verlo, valorarlo. Así como Él parte el pan y lo reparte, también se inclina para lavar los pies. En ambos casos, se entrega completamente.
El lavatorio de los pies nos ayuda a situarnos. A menudo buscamos ser reconocidos, valorados o servidos. Nos cuesta realizar tareas sencillas o humildes, especialmente cuando no recibimos nada a cambio. Nos cuesta ponernos al servicio cuando no recibimos un reconocimiento o un aplauso. Buscamos más el premio que el servicio. Sin embargo, Jesús nos muestra que ahí, en lo pequeño y en lo oculto, se vive el verdadero amor. Dar gracias implica también reconocer la dignidad del otro y tratarlo con respeto y cercanía. Para nosotros, esta enseñanza es muy profunda. Muchas veces entendemos la gratitud como decir “gracias” o como un sentimiento pasajero. Pero Jesús nos invita a ir más allá: a vivir agradecidos de tal manera que nuestra vida se convierta en servicio. Una persona agradecida no se encierra en sí misma, sino que comparte, ayuda y se pone al servicio de los demás.
La Eucaristía, cuya institución recordamos hoy reúne estos dos gestos: dar gracias y el lavatorio de los pies. No se puede separar la fe del compromiso con los demás. Participar en la Eucaristía significa dar gracias a Dios por la vida, por la elección, por el compromiso. Pero este dar gracias, la Eucaristía, me lleva a comprometerme y a vivir como Jesús, partiendo la propia vida y sirviendo con humildad. No hay acción de gracias sin compromiso.
Pero el tercer momento de mi reflexión supone hacer lo mismo, lavar los pies a mis próximos, especialmente a los pobres, cuando nos ha dicho en el evangelio “si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn. 13, 14). No podemos separar la eucaristía del servicio. No podemos acercarnos al altar y desentendernos del hermano. No podemos comulgar el amor de Cristo y vivir en el egoísmo. Hay muchos pies que lavar. Pies de ancianos solos, de enfermos que no reciben visitas; de presos que no ven claro el futuro, de madres que dudan entre dar a luz o abortar, de jóvenes o adultos que no quieren vivir, de inmigrantes en busca de un futuro mejor. Desgraciadamente hay muchos pies que necesitan que se les toque, se les abrace, se les lave y se les bese. En ellos hay necesidad de limpieza, de paz, de futuro, de esperanza.
El lavatorio es un signo que nos compromete. Nos recuerda que la verdadera grandeza está en el servicio, que la autoridad cristiana es entrega, que el amor se demuestra en obras.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

