Misa Crismal

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 31 de marzo, en la Catedral de Tudela, y el pasado 1 de abril, en la Catedral de Pamplona, con motivo de la celebración de la Misa Crismal.


Queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, Vida Consagrada, laicos y laicas

Nos hemos reunido en esta Misa Crismal toda la Iglesia que peregrina en Navarra. Todos somos la Iglesia, es posiblemente la celebración más expresiva de la comunión diocesana. En medio de este pueblo, el Señor ha suscitado el ministerio ordenado, signo real de la presencia y acción salvadora de Dios.

El ministerio ordenado surge de la respuesta a una llamada, “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos” (Mt. 22, 14). La llamada no es suficiente, hace falta responder afirmativamente, para luego ser ungidos por Dios, tal y como nos ha relatado la primera lectura y el evangelio “porque el Señor me ha ungido” (Is. 61, 1; Lc. 4, 18). Nuestro ministerio sacerdotal adquiere fuerza y sentido con la unción. Jesús hace suyas las palabras de Isaías en la sinagoga de Nazaret. No es un recuerdo del pasado, sino una realidad que se cumple también en nosotros los sacerdotes. Cristo es el Ungido, el Enviado, y su unción se prolonga en su Iglesia, y de modo particular en nosotros, en los sacerdotes. Nosotros hemos sido ungidos como Jesús.

No somos sacerdotes por nuestras cualidades y nuestras preferencias, sino porque hemos sido llamados, hemos dicho “SÍ” y después hemos sido ungidos, consagrados y enviados. La fortaleza de nuestro ministerio es la unción como sacerdotes, a imagen y semejanza del mismo Jesús. La unción sacerdotal nos lanza al mundo y nos compromete con él.

Somos ungidos para la misión, como nos recuerdan las lecturas de hoy,  “Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres…” (Is.61, 1;  Lc. 4, 18b). La unción que recibimos en nuestra ordenación sacerdotal no es para nosotros, sino para la misión. Jesús es presentado anunciando la Buena Noticia a los pobres, liberando a los oprimidos, consolando a los afligidos. Esa es también nuestra misión. Estamos llamados a ser instrumentos de esa unción que sana, que libera, que devuelve la esperanza. El sacerdote vive en medio del pueblo donde ejerce su ministerio, no como alguien separado del pueblo, sino comprometido con él, como sanador y comprometido con la comunidad. El sacerdote no existe sin el pueblo, ni el pueblo sin el ministerio del sacerdote que lo edifica. No somos dueños de nuestro ministerio, sino servidores de un misterio que nos supera. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda: “El sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los fieles” (n. 1547). Esta afirmación ilumina profundamente nuestra identidad: existimos para servir, para edificar, para santificar al pueblo de Dios. Como nos dijo Benedicto XVI, “El sacerdote no se pertenece a sí mismo; pertenece a Cristo y, en Él, a los hombres” (Homilía en la Misa Crismal, 2006). También el Papa Francisco, en una homilía de la Misa Crismal, nos decía: “El sacerdote está ungido para ungir. No para perfumarse a sí mismo, sino para llevar el perfume de Cristo al pueblo fiel” (Homilía, 2013). Esta expresión nos recuerda que la unción que recibimos es para los demás.

En el centro de nuestra celebración tiene lugar la bendición de los óleos y la consagración del santo crisma. Son medios que nos hablan de la cercanía de Dios. Para nosotros los sacerdotes, estos óleos están íntimamente unidos a nuestro ministerio. Con ellos bautizamos, confirmamos, ordenamos y ungimos a los enfermos. En ellos se hace visible que no actuamos en nombre propio, sino en nombre de Cristo y de la Iglesia. Cada vez que usamos estos óleos, Dios pone en nuestras manos la gracia que quiere derramar en todo el que recibe la unción de los óleos. Cada sacramento que administramos con estos óleos es el amor derramado de Dios para quien lo recibe, y somos nosotros quienes los administramos. ¡Cuidado, esto es serio! Administramos la gracia y el amor de Dios en el pueblo que recibe un sacramento. No es algo rutinario, es excepcional, y nosotros somos su mediación. Por eso, estamos llamados a vivirlo con fe profunda, evitando toda rutina, redescubriendo su belleza y su fuerza transformadora. Cada vez que administramos un sacramento, es Cristo quien actúa. Nosotros somos instrumentos, mediadores. ¡Qué misterio tan grande! ¡Qué responsabilidad tan hermosa!

Administrar los sacramentos nos ayuda a reafirmar nuestra identidad sacerdotal. Por eso en esta celebración renovamos las promesas sacerdotales que hicimos en nuestra ordenación sacerdotal. Vivimos momentos exigentes en nuestro ministerio. En el retiro de cuaresma os hablaba de la falta de vocaciones, de nuestra edad, de la soledad, de la carga pastoral, de la exigencia de nuestro ministerio. De tener que evangelizar y vivir nuestro sacerdocio en una sociedad secularizada, distante de la fe, por eso el momento de la renovación de las promesas sacerdotales es especial. Hoy es un día para mirar nuestra consagración y ministerio con esperanza y alegría. Os recuerdo lo que nos decía el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, “No os dejéis robar la alegría de evangelizar” (83). Queremos decir ante Dios, ante nuestros hermanos sacerdotes y ante toda la comunidad diocesana que merece la pena ser sacerdote, que a pesar de todo soy feliz, que me siento confortado y animado a ser testigo de Jesús en el mundo, especialmente en Navarra.

Renovar las promesas sacerdotales es volver al primer amor. Somos humanos y en algún momento hemos podido flaquear, dudar y hemos podido escuchar “Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero”. (Ap. 2, 4). Hoy es el día de poner en valor nuestro ministerio, de centrarme en el amor primero, que está por encima de todas ofertas que el mundo me ofrece. Volver al amor primero es volver a las primeras certezas, a volver a escuchar esa voz que me trajo al seminario y al ministerio. Hoy es tu día, nuestro día.

Quisiera tener también unas palabras para la vida consagrada. Sois parte de la Iglesia diocesana, sois presencia vida y comprometida en clave sinodal y de comunión. En Navarra vuestra presencia es rica, hasta numerosa, estáis en todas las realidades de la diócesis: parroquias, movimientos, educación, compromiso social. Como decía en la carta que escribí para el día de la vida consagrada, el 2 de febrero pasado, La vida de los religiosos y religiosas, a veces en el silencio y la invisibilidad, es un evangelio que sigue haciendo viva la presencia de Dios en este mundo (Carta vida consagrada 2-2-26)”. La vida consagrada sois esa muchedumbre inmensa, que nadie puede contar (cf. Ap. 7, 9) que camina en nuestra diócesis, y que suma a la tarea de la evangelización.

A vosotros laicos presentes en esta celebración, os pido que no os sintáis espectadores, sino también protagonistas. Vosotros participáis, por el bautismo, en la misión de Cristo. Estáis llamados a ser testigos del Evangelio en medio del mundo, en la vida cotidiana, en los ambientes donde el sacerdote no llega. Vuestra presencia en el mundo es insustituible. Estáis llamados a transformar la realidad desde dentro, llevando el Evangelio a los ámbitos donde se construye la sociedad

Queridos sacerdotes la Misa Crismal es la misa del ungido, cada uno de vosotros habéis sido ungidos por Dios para el servicio del pueblo. Vuestra consagración es entrega generosa. Queridos laicos, cuidad a los sacerdotes, rezad por ellos, estad cerca de aquellos que veáis más solos, más necesitados. Ellos son un regalo de Dios para nosotros, cuidemos este regalo, es especial

Me gustaría terminar esta reflexión con unas palabras de un sacerdote mayor, que ojalá las hiciésemos nuestras todos los sacerdotes de la diócesis, “Me siento feliz, porque en el atardecer de mi vida, me siento sacerdote como el primer día”. ¿Hay mejor manera de presentarse ante el Padre?

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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