Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 3 de abril, en la Catedral de Pamplona, con motivo de la celebración de Viernes Santo
Hoy, Viernes Santo, el centro es la cruz. Toda gira en torno a ella. Nuestra mirada está centrada en la cruz. Pero cuando pasa de ser un elemento procesional, decorativo, que incluso embellece nuestro escenario, nuestras iglesias y procesiones, la rechazamos, la relegamos. La cruz que hoy veneramos, cuando se convierte en vida, es profundamente incómoda para nuestro mundo. Se nos educa para evitar el dolor a toda costa, para buscar siempre lo fácil, lo inmediato, lo placentero. La cruz no tiene lugar en ese proyecto de vida que se basa en el éxito, comodidad y poder. La cruz molesta, no es que pese mucho, es incómoda, hasta visualmente. No nos gusta la cruz cuando nos exige, no queremos pesos que nos amarguen la vida. Cuando se convierte en vida parece que nos amarga. Benedicto XVI, analizando nuestra sociedad, manifestaba que mucha gente, para defender su libertad, su autonomía humana, necesita prescindir de la cruz, actuando “como si Dios no existiera”. Admitir la existencia de Dios conlleva aceptar la cruz, y esta en muchas ocasiones genera sacrificio, esfuerzo, fidelidad, entrega, y hoy en día se quiere una vida fácil, cómoda, una vida que falsamente llamamos libertad.
Esta visión de la cruz es consecuencia de nuestro alejamiento de Dios. Mucha gente ve la pasión de Jesús como una humillación, como una derrota, un fracaso, en cambio, para el cristiano, es todo lo contrario, es una glorificación: la cruz no es un instrumento de suplicio, sino el trono en el que se manifiesta la Gloria de Jesús. Un trono es el lugar para reinar. Pero Cristo no reina desde el poder, ni desde la fuerza, ni desde la imposición, no reina según criterios humanos. Cristo reina desde el amor llevado hasta el extremo. Su trono no está adornado con oro ni rodeado de honores humanos; está elevado en el Gólgota, rodeado de burlas, de abandono y de sufrimiento. Y, sin embargo, es precisamente allí donde se revela su verdadera gloria.
La Gloria de Dios no consiste en deslumbrar, sino en amar. No consiste en dominar, sino en entregarse. En la cruz, Jesús no pierde su dignidad; al contrario, la manifiesta plenamente. Como nos recuerda el Evangelio de san Juan: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Esa elevación no es solo física, sino espiritual: es la exaltación del amor que no se guarda nada, que se dona completamente. Y ese amor tiene su trono en la cruz.
A pesar de todos los signos de dolor, y aparente fracaso que provoca la cruz, Jesús no la busca, no busca la pasión y muerte, pero tampoco la rehúye, cuando los judíos van en busca de Jesús Nazareno, no se esconde, «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno». Les dijo Jesús: «Yo soy» (Jn. 18, 5). La Pasión es un camino asumido libremente. Jesús no pierde el control de su vida, la ofrece, la entrega. Esto desconcierta profundamente la lógica del mundo. Porque nuestro mundo sigue pensando que la verdadera vida consiste en evitar el sufrimiento, en protegerse, en imponerse, en sobrevivir a cualquier precio. La cruz, en esta lógica, es fracaso, es debilidad. Es algo que hay que evitar a toda costa. Pero Jesús no actúa así. Acepta la voluntad del Padre en su vida para que el mundo se salve, y acepta reinar en la cruz. Inclusive con ironía le colocan el letrero “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Jn. 19, 19). Lo que parece una burla se convierte en una proclamación de verdad. Su trono es la cruz. Su corona, es de espinas. Su poder, el amor llevado hasta el extremo. Ahí está el centro de nuestra fe.
Hemos de ser conscientes que Jesús no busca la cruz, ni la rehúye, tampoco se defiende, porque no busca salvarse, todo el proceso de la Pasión desconcierta, confunde. Ante Pilatos declara «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn. 18, 36). Y con ello nos está diciendo que hay otra manera de entender la vida, otra forma de ejercer el poder, otra lógica distinta a la que domina nuestra sociedad. Es la lógica del amor. Un amor que no se impone, que no se protege, que no huye. Es un amor que se entrega, incluso cuando eso conduce a la cruz. Un amor que está ausente en tantas guerras en la actualidad que provocan muerte y destrucción.
Un amor que en la cruz se hace extremo, como decíamos en la Última Cena “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1). En la cruz, el amor se convierte en una realidad concreta, visible, encarnada en un gesto total de entrega. “hasta el extremo”— no solo indica intensidad, sino plenitud. Jesús ama hasta el final, hasta el límite de lo humanamente imaginable, sin reservarse nada. La cruz es, por tanto, la culminación de una vida entera entregada, de una vida comprometida como consecuencia de un amor que no conoce medida. El amor extremo de Cristo no termina en la muerte, sino que se abre a la vida nueva de la resurrección. No hay cruz sin Resurrección, ni Resurrección sin cruz. El amor que se entrega hasta el extremo es también el amor que vence a la muerte. Por eso, la cruz no es solo signo de dolor, sino también de esperanza.
Y ahora nos toca a nosotros, Jesús nos habla esta tarde desde la cruz, “El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23). Como Jesús no buscamos ni provocamos nuestras cruces, pero como él estamos llamados a asumirlas, a cargarlas y llenarlas de sentido y esperanza. Pero también en nuestro mundo cercano, próximo, hay otras cruces que son pesadas, y que deben de ser cargadas por gente débil, pobre, y que esas cruces les aplastan. Jesús nos llama a convertirnos en Cirineos, a no mirar hacia otro lado, como acostumbra hacer mucha gente. Son cruces pesadas, sucias y malolientes. Hacer nuestras las cruces de los demás no significa resolver todos los problemas, que superan nuestras posibilidades, sino implicarnos, no permanecer indiferentes. Significa acercarse, escuchar, acompañar. Es solidarizarse con causas justas abandonadas por todos. Como nos dijo Benedicto XVI, “Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren… es una sociedad cruel e inhumana” (Spe Salvi, 38). Rechazar la cruz no elimina el dolor; solo lo vuelve más absurdo. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos volver a Cristo crucificado que nos ha amado hasta el extremo
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

