Castillo de Javier, 23 de julio de 2026
Gal. 2, 19-20 // Sal. 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11 // Jn. 15, 1-8
Queridos misioneros.
Nos reunimos en un lugar, en Javier, que por sí solo nos habla de misión. Es una escuela de misión, de anuncio del evangelio. Aquí nació san Francisco Javier, pero aquí sigue naciendo, cada año, una renovada llamada a la misión. Aquí Navarra cada año renueva su compromiso con las misiones: bien enviando misioneros, bien recibiendo misioneros, bien creando interrogantes sobre el compromiso y la ayuda a la misión o bien celebrando las Javieradas.
La misión continúa también aquí. Muchos de vosotros, por edad, por enfermedad, por cansancio, os habéis tenido que quedar aquí. El papa Francisco nos hablaba de las periferias existenciales, que ya no son geográficas, y aquí podéis seguir haciendo misión; primero desde vuestra experiencia y testimonio, pero también desde vuestro compromiso. Cada uno en nuestro lugar de residencia, de vida, seguimos siendo misioneros, acogiendo, aceptando, ayudando a personas desorientadas en la vida.
La primera lectura que hemos escuchado parece elegida para esta celebración.
San Pablo nos ha dejado una de las frases más bellas de todo el Nuevo Testamento: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí». El misionero, y vosotros lo sabéis bien, no se anuncia a sí mismo, anuncia a Cristo, quien vive en cada uno de nosotros. Cuando nos anunciamos a nosotros mismos perdemos fuerza y credibilidad. Y el misionero lo hace por amor, como también nos decía la lectura: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. Es lo que hizo san Francisco Javier: a pesar de sus grandes cualidades, lo que realmente fue importante en su misión fue que Cristo ocupó el centro de toda su predicación, de toda su misión.
Ese es el testimonio que encontramos en la vida de muchos de vosotros. Habláis de vuestra misión, de los kilómetros recorridos, las dificultades superadas, los idiomas aprendidos o las obras levantadas. Pero al final todo son medios para estar con la gente: las catequesis, los sacramentos que habéis administrado, porque el centro de todo “es Cristo, quien vive en vosotros”.
Siempre me ha llamado la atención que tenéis otro concepto del tiempo. Muchos no lleváis reloj en la misión y eso contrasta con la realidad que vivimos en nuestra sociedad, sobre todo, en nuestra tierra, en España y en Navarra. Vivimos en una sociedad acelerada, donde fácilmente identificamos la eficacia con el éxito inmediato. También la Iglesia puede caer en esa tentación, pensando que evangelizar consiste principalmente en organizar muchas iniciativas. Pero Jesús nos recuerda que el fruto no nace de nuestro activismo, sino de la savia que recibimos de la vid verdadera. Una diócesis será verdaderamente misionera si antes pone en el centro a la persona, especialmente a los pobres, que por no tener no tienen ni tiempo.
El evangelio que hemos escuchado también ayuda a nuestra reflexión. Jesús dice: «Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos». No dice: «Trabajad mucho». No dice: «Organizaos mejor». No dice siquiera: «Multiplicad las actividades». Dice algo mucho más profundo: «Permaneced en mí».
El misionero suele estar lejos, muchas veces solo, sin comunicación, con el riesgo de ser autosuficiente. Pero no es así, no tendría sentido, no daría fruto si no estuviese unido a la vid, si no estuviese unido a Cristo. En tierra de misión es donde con más claridad se ve esa comunión del sarmiento con la vid, de lo contrario no se podría mantener ese espíritu misionero. La misión, sin estar unida a Cristo, a la vid, no se sostiene, es inaguantable. Y el misionero no tiene sentido que “vaya por libre”. Sin unión con Cristo incluso las obras más admirables terminan agotándose. Esta unión con Cristo, este permaneced unido a la vid, ayuda a superar las dificultades, a vivir la comunión con la Iglesia.
Este permanecer unidos a Cristo ha hecho de vuestra misión un compromiso humano. Por eso habéis comprendido que la misión consiste muchas veces en estar, acompañar, curar heridas, consolar, educar, defender la dignidad humana y sembrar esperanza. Y precisamente por eso vuestra experiencia resulta hoy tan necesaria para nuestra Iglesia navarra. Porque también aquí tenemos territorios de misión. Quizá ya no estén a miles de kilómetros. Están en nuestras familias. En tantos jóvenes que apenas conocen a Jesucristo. En quienes viven solos. En quienes han perdido el sentido de la vida. En quienes se alejaron de la Iglesia. En quienes buscan a Dios sin saber ponerle nombre.
En estos encuentros siempre salen las reflexiones en voz alta: “Somos mayores”, “ya no hay tantos misioneros como antes”. Es verdad, porque las vocaciones misioneras no nacen de campañas publicitarias. Nacen de comunidades que oran. De familias que viven la fe. De sacerdotes felices. De religiosos alegres. De misioneros que contagian entusiasmo. Pero la misión sigue viva. Por eso hoy, delante del castillo donde nació san Francisco Javier, quiero pedir al Señor que nunca perdamos la pasión por anunciar a Cristo, allí donde estemos. Que nunca dejemos de sostener con nuestra oración y nuestra ayuda a quienes entregan su vida en la misión.

