Homilía prinunciada por el Arzobispo don florencio Roselló, el pasado 8 de septiembre, en la Colegiata de Roncesvalles, con motivo de la fiesta de la Natividad de la virgen María.
La Virgen de Orreaga nos ha traído hasta aquí para celebrar su nacimiento. Y lo hace en esta Colegiata de Roncesvalles, en este lugar presidido por la Virgen y que tantas veces nos acoge bajo su manto, que tantas veces ha enjugado nuestras lágrimas. La Natividad de María es una fiesta de esperanza. Con ella comienza todo. Dios prepara silenciosamente a aquella que habrá de recibir su Palabra. Antes de que Jesús se haga carne, aparece María que, por acoger la voluntad de Dios, aceptó ser la Madre del Salvador.
María representa lo sencillo, lo pequeño, lo humilde. Así lo dice la primera lectura: “De ti, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, saldrá el que ha de ser jefe de Israel”. Dios se fija en lo humilde, comienza su obra desde lo pequeño, desde lo que a los ojos de los hombres no tiene valor, no cuenta. Y por eso se fija en María. Ella nace en la humildad, en el silencio, en “guardar todas las cosas en su corazón”, que nadie sabe. Pero ella guarda su cuerpo como la gran morada para el nacimiento de Jesús.
El evangelio que hemos escuchado parece que se ha escrito en Roncesvalles, pues nos habla de camino, de salir de nosotros mismos para encontrarnos con los otros. María se pone en camino, sale con poco equipaje, como el peregrino, que lleva lo imprescindible. María va aprisa a la montaña para encontrarse con Isabel. María es mujer de camino, mujer de encuentro, mujer de servicio. Y cuando llega a casa de Zacarías, su presencia provoca alegría: el niño salta de gozo en el seno de Isabel y ella proclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!».
También hoy nosotros nos hemos puesto en camino, ligeros de equipaje, para encontrarnos con la Madre. María también sale al encuentro. Lleva consigo a Cristo. Allí donde llega María, llega también la alegría del evangelio. Esta actitud de María es también una llamada para cada uno de nosotros. Una Iglesia que celebra a la Virgen está llamada a ser una Iglesia en camino, una Iglesia que sale al encuentro de las personas, que acompaña sus búsquedas, sus sufrimientos y sus esperanzas. Es una Iglesia que, como María, sabe llevar a Cristo allí donde la vida acontece.
Igual que el peregrino tiene una motivación para hacer el camino, también María tenía una razón para salir de su casa, embarazada como estaba, e ir a visitar a su prima Isabel. María podría haberse quedado encerrada en la contemplación de este misterio. Sin embargo, hace otra cosa: se pone en camino. «María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña» (Lc. 1, 39). ¿Por qué? Porque sabe que Isabel necesita ayuda. María sabe mirar más allá de sí misma. Cuando hay una razón para salir, para ponerse en camino, no hay obstáculo ni distancia que nos impida acercarnos a nuestro prójimo. Al contrario: nos hace más sensibles, más atentos, más disponibles. María lleva a Jesús en su seno y, precisamente por eso, sale al encuentro de Isabel. Qué hermoso sería que también nosotros aprendiéramos esta lección: que seamos capaces de ver y salir hacia quien me necesita, como María hizo con Isabel.
En alguna ocasión, romeros y peregrinos me han comentado que la Virgen de Roncesvalles es nuestro paño de lágrimas. A veces venimos con nuestros problemas, preocupaciones y peticiones. Ponemos nuestra historia a sus pies. Pero también hoy María nos habla de agradecer, de dar gracias a Dios por las cosas buenas que hace en nuestra vida. Y nos lo expresa en el cántico del Magníficat. María no se atribuye ningún mérito. No dice: «Mirad todo lo que he conseguido». Dice: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí». Esta capacidad de agradecer a Dios es una de las grandes virtudes de María. La Virgen se reconoce pequeña, “ha mirado la humillación de su esclava”, y a su vez reconoce “la grandeza del Señor”. En un mundo en el que nos creemos el centro, donde el orgullo nos lleva a situarnos por encima de todos, la actitud de María es ejemplar. El evangelio de hoy nos invita a descubrir el bien que Dios ha realizado en nosotros. Hay una pregunta importante: ¿sabemos nosotros reconocer las obras buenas que Dios ha hecho en nuestra vida?
Quiero hacer una mención especial a la bendición del retablo-relicario de santos y mártires que murieron por Cristo. No es un recuerdo, las reliquias nos recuerdan una forma de vivir la fe. Es un estilo de entrega, de llegar hasta el final, dispuestos a dar la propia vida. Ante propuestas contrarias a la fe o alternativas distintas al evangelio, estos santos y mártires demostraron que otra vida es posible, una vida cerca de Dios y de la Virgen. El riesgo de las reliquias es que nos quedemos en la admiración. Que nos sorprendamos con su vida. Las reliquias nos hablan de entrega y compromiso. Son más de imitación que de contemplación. Si estas reliquias no nos empujan a imitarlos, nuestra contemplación es vacía. Decía León XIV en su visita a España que si la contemplación no lleva a la misión, es una contemplación vacía.
Importante recordar que el año que viene vamos a celebrar nueve siglos desde la fundación de esta colegiata. Nueve siglos de peregrinación, de oración, de hospitalidad, de acogida. Es un tiempo que nos habla de fidelidad, de promesas cumplidas. Nuestra Virgen no falla, siempre nos espera, siempre nos escucha, siempre nos abraza.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

