Despedida de las Benedictinas de Alzuza

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 24 de noviembre, en la capilla del Monasterio de Alzuza, con motivo de la despedida de las Benedictinas


Celebramos esta eucaristía con un sentimiento encontrado. En este momento nuestro interior está lleno de gratitud, pero por otro lado hay una mezcla de emoción y tristeza. No es sencillo decir adiós a quienes, durante siglos, se encuentra una nota donde se dice que comienzan en Navarra en el siglo X.  En el siglo XII se habla del florecimiento del monasterio de San Cristóbal. Posteriormente en el 1450 las monjas benedictinas de San Cristóbal abandonan el cenobio de Leyre y se instalan en Lisabe, cerca de Lumbier. Al nuevo Monasterio se le da la advocación de Santa Mª Magdalena. Posteriormente pasarán a Lumbier, y ya en el año 1991 se trasladan al actual monasterio de Alzuza, del que partirán, en breve, hacia Santiago. Las Hermanas Benedictinas han formado parte del latido espiritual de Pamplona y Tudela; su vida, escondida a los ojos del mundo, ha sido un verdadero faro de luz para nuestra Iglesia local.

Entiendo que vuestra decisión no ha sido fácil, que habrá habido dudas, pero os recuerdo la Regla de San Benito que profesáis “no anteponer nada al amor de Cristo”. Si todo es por ser fieles a vuestra vocación, a vuestra consagración, en definitiva, a Cristo, como dice vuestra Regla os comprendo, es buena decisión si Cristo está con vosotras. Y no quiero que os vayáis sin que os diga que vuestra presencia en esta diócesis ha sido como un soplo espiritual, un lugar donde tantos fieles han encontrado paz, silencio, orientación, consuelo y luz. Imagino que vocaciones, decisiones importantes y conversiones silenciosas han florecido en este monasterio, gracias a vuestra fidelidad diaria a la liturgia, a la acogida, al trabajo sencillo, a la oración intercesora. Retiros, convivencias, los candidatos al diaconado permanente de la diócesis aquí tenían su casa, su refugio, aquí se preparaban para servir, para entregarse por el evangelio.

La decisión de trasladaros no es solo un acto administrativo; es un acto de fe, es obediencia evangélica. En el libro del Génesis, Dios le dice a Abraham: “Sal de tu tierra a la tierra que yo te mostraré” (Gn. 12, 1). Abraham no sabía a dónde iba, pero confiaba, se fiaba de Dios. También vosotras camináis así: dejando lo conocido, lo que forma parte de vuestra historia y afecto, para seguir la senda que el Señor os marca en la Iglesia. Vais a Santiago de Compostela, lejos de aquí, pero como Abraham os fiais de Dios, y lo hacéis porque sabéis que nunca falla.

No quería deciros lo que os voy a comentar, porque me duele vuestra partida. Vuestra marcha no es un fracaso, sino un signo de esperanza. Fracaso sería sino hicieseis nada, si os resignaseis a morir, si os quedaseis sin plantearos el futuro, pero no, habéis buscado, preguntado, consultado y todo puesto en oración. Cuando una comunidad monástica se deja conducir, demuestra que Cristo sigue siendo el centro. Y nos recordáis a todos que la fidelidad no consiste en permanecer en un lugar, sino en vivir disponibles para la voluntad de Dios. En tiempos en que tantos buscan asegurar su futuro, resistirse a cualquier cambio, vosotras nos recordáis que la verdadera seguridad está en la obediencia confiada. La Regla señala: “El camino de la salvación se abre a quienes escuchan la voz del Señor” (cf. RB Pról. 14). Vosotras escucháis, discernís y partís. Esa docilidad no es debilidad, es una manifestación de fortaleza espiritual. Humanamente sentimos tristeza; es normal. Pero espiritualmente contemplamos en vuestra marcha un acto de fe y una llamada al abandono en Dios. Y esta enseñanza quedará entre nosotros como una de las más hermosas herencias que nos dejáis. Vuestra decisión nos edifica, nos anima y fortalece, pues si vosotras habéis dado este paso de dejarlo todo, nosotros tenemos que estar dispuestos a renuncias que no nos acerquen a Cristo.

La primera lectura hemos escuchado, cómo San Pablo, desde la cárcel, es decir, en una situación difícil da gracias a Dios cuando dice “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres” (Filp. 4, 4). En esta despedida de nuestra diócesis de Pamplona y Tudela, que humanamente siente tristeza, la Palabra nos invita a elevar la mirada y a descubrir la alegría que nace de confiar en el Señor, incluso cuando los caminos se transforman y se abren horizontes desconocidos e inciertos. Es una alegría que procede de la confianza en Dios, que brota “de la esperanza que no defrauda” (Rm. 5, 5), quien confía en el Señor no queda nunca defraudado.

Queridas hermanas benedictinas, gracias por haber vivido las bienaventuranzas entre nosotros, como nos ha dicho el evangelio. Gracias por haber sido testigos de vuestra consagración con mansedumbre, con paz. Por habernos enseñado a vivir la pobreza con alegría en un mundo donde buscamos tener. Gracias por vuestro corazón y vuestra mirada limpia siempre que nos acercábamos a este monasterio. Por ser paz en un mundo convulso y enfrentado

Esta tarde nuestro adiós tiene hoy la forma de envío. Os enviamos a Santiago desde esta diócesis de la que habéis sido parte tantos siglos. Os damos las gracias por todo el bien que nos habéis hecho. Pedimos al Señor que os abra puertas, que os renueve en la misión monástica, que os regale vocaciones nuevas y que os conceda siempre la alegría de servirle con todo el corazón como lo habéis hecho aquí durante tanto tiempo..

A todos los que estamos aquí reunidos, os invito también a no dejar caer el legado recibido. Que la ausencia física de las benedictinas de Alzuza sea para nosotros una llamada a cuidar el silencio, a redescubrir la oración, a cultivar la vida interior, a sostener más decididamente a las comunidades contemplativas que aún están entre nosotros.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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