Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 2 de abril, en la Cárcel de Pamplona, con motivo de Misa de la Cena del Señor
Esta fecha del Jueves Santo la tengo grabada en mi corazón, y es una cita obligada en mi servicio como arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela. Este día me recuerda a un tiempo en el que mi vocación de sacerdote se alimentaba celebrando la Semana Santa y la Pascua con los internos e internas de varias prisiones. Aquí he descubierto el verdadero sentido del servicio, del servicio gratuito, generoso y comprometido. He descubierto la solidaridad entre los pobres.
Aquí recuerdo que Jesús también vivió la experiencia del encierro, del juicio, del rechazo, de la incomprensión. Jesús sabe lo que es sentirse señalado, juzgado, abandonado. Vivió un juicio falso y una condena injusta. Por eso, este día, Él está aquí de una manera muy especial. No viene a juzgar, sino a amar. No viene a señalar errores, sino a levantar corazones. No viene a cerrar puertas sino abrir horizontes.
En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús hace algo desconcertante: se levanta de la mesa, se quita el manto, se ciñe la toalla… y comienza a lavar los pies de sus discípulos. En tiempos de Jesús este gesto descolocó a los discípulos, pero en la actualidad sigue descolocando, sorprende que alguien lave los pies a otros. Inclusive cuando la gente sabe o ve en los medios de comunicación que el arzobispo ha lavado los pies en la cárcel de Pamplona les sigue sorprendiendo.
La gente no entiende que el arzobispo lave los pies a los presos, que se agache ante ellos. Nuestra sociedad sigue siendo dura, y no comprende que yo me incline ante vosotros, os lave los pies, os los bese y os diga, te perdono. Vivimos en un mundo cargado de orgullo y carente de sencillez; en una sociedad llena de soberbia y necesitada de humildad. Vivimos tiempos de ajustar cuentas sin espacio al perdón. Hoy os traigo la sencillez, la humildad y el perdón que Jesús llevó a sus discípulos en el lavatorio de los pies.
En mi persona Jesús se arrodilla ante vosotros, y os digo que no le importa vuestro pasado, porque ya lo estáis pagando. No le asustan las caídas, porque sabe que os podéis levantar. Ve más allá: ve vuestra dignidad, ve vuestra capacidad de amar, ve el bien que todavía podéis hacer. Hoy de manera especial quiero transmitiros que la Iglesia quiere estar cerca de vosotros a través de mi persona. Os dice que la Iglesia también es vuestra casa, que sus puertas están abiertas para vosotros. Quiero transmitiros que la Iglesia cree en vuestro futuro. Os anima a que ese futuro sea constructor de paz, de respeto. Hoy la Iglesia os dice que queremos serviros a través de los capellanes y voluntarios de la Pastoral Penitenciaria que comparten su tiempo y su vida con vosotros.
Quiero miraros a los ojos y deciros que vuestra vida tiene valor. Que hay un futuro para vosotros fuera. Luchad por él, trabajad por conseguirlo. Vuestra historia no debe de terminar entre estas paredes. Dios os creo libres y debéis luchar por vuestra libertad, por caminos distintos de los que os han traído aquí. Si queréis, siempre hay posibilidad de comenzar de nuevo. El futuro es vuestro y la Iglesia queremos ayudaros a conseguirlo.
Os pido que os acerquéis a Jesús, él da sentido a nuestras vidas. Muchas veces con vuestra entrada en la cárcel os dais cuenta que os ha fallado todo, y sólo nos queda Dios, él nunca falla. Él ha venido a servirnos por amor, y una forma fue el lavatorio de los pies, y la más imagen grande de este amor fue su muerte en cruz. Él ha dado su vida por todos nosotros, independientemente que estemos en prisión o en libertad, Jesús nos quiere a todos. Os pido que recéis en vuestra celda, que habléis con él. Rezad por vuestras familias, ellas sufren en silencio vuestra estancia en prisión. Os pido que recéis también por las personas a las que vuestros actos han causado un daño, por las víctimas. Ellas también merecen nuestro recuerdo y oración.
Al final del evangelio Jesús nos dice «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”. (Jn. 13, 12.14) Eso nos toca a nosotros, “lavar los pies entre nosotros”. Y ¿qué es lavar los pies aquí dentro?, el lavatorio se traduce en gestos, en detalles entre nosotros, que es mucho más que lavar físicamente los pies a un compañero: es acoger al que entra nuevo para ayudarle a superar el choque que recibe en la entrada; es ayudarle cuando se encuentra perdido; es invitarle a un café y animarle cuando está hundido; es orientarle en las muchas gestiones y pequeños detalles de la vida de cada día en prisión.
Hermanos y hermanas, hoy vengo en nombre del Señor a serviros, a lavaros los pies, a deciros que Dios os quiere y quiere que salgáis pronto de aquí. A deciros que hay gente que os quiere, que os espera. A deciros que hay una vida por delante también pensada para vosotros, pero que tenéis que luchar por ella. Este día es para plantearse la vida y también servir a los compañeros, estar cerca de los que más lo necesitan y hacer realidad lo que nos ha dicho Jesús “también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

