¡¡¡Cristo ha resucitado!!!

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 5 de abril, en la Catedral de Pamplona, con motivo de la celebración del Domingo de Resurrección.


«¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!». Este es el anuncio que hoy llena de luz la Iglesia, que resuena en esta Catedral y que transforma nuestro corazón. Las tradiciones del sepulcro vacío y de las apariciones son las dos formas más antiguas y visibles de expresar la fe en la resurrección. El evangelio que hemos escuchado lo hace a través del sepulcro vacío. Y aunque el sanedrín trató de hacer correr la voz, de que mientras los soldados dormían el cuerpo había sido robado por los discípulos, no cobró fuerza. Pero el escenario del sepulcro vacío y las vendas por el suelo y el sudario recogido, demuestran que no ha habido robo. Pero la confirmación más oficial es cuando Jesús se aparece a las mujeres, como escuchamos anoche en el evangelio.

Cristo ha resucitado verdaderamente. No vuelve a una vida anterior, sino que inaugura una vida nueva, definitiva, gloriosa. Y esto cambia radicalmente nuestra visión de la existencia: la muerte ya no es un final sin sentido, sino una puerta abierta a la vida eterna. El papa Benedicto XVI recordaba: «La Resurrección no es el paso de Jesús a una nueva vida privada, sino el inicio de una nueva dimensión de la vida, en la que también nosotros estamos llamados a entrar» (Homilía, Vigilia Pascual, 2012).

Las lecturas que hemos proclamado nos conducen al núcleo de nuestra fe. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro proclama con valentía: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo… y de que Dios lo resucitó al tercer día”. En el Evangelio de Juan, vemos el sepulcro vacío y algo nuevo comienza. Y san Pablo nos invita a buscar “los bienes de arriba”, porque los de aquí son pasajeros.

Creer en la Resurrección es personal, no todos vemos y reaccionamos igual. María Magdalena y la otra María creyeron cuando vieron a Jesús, su vida se transformó. Posteriormente acudieron al sepulcro Pedro, y el discípulo a quien quería tanto Jesús. El primero de los dos discípulos que entra al sepulcro es Pedro, después lo hace Juan y el evangelio ha dicho “vio y creyó”, en cambio de Pedro no se dice que creyó, lo haría más tarde. Recordemos que un poco antes Pedro había negado a Jesús. Era un hombre que se había apartado de la comunidad, de los apóstoles. Para creer hay que estar en la comunidad, en la Iglesia, es difícil ver y comprender muchas situaciones de la Iglesia si no es desde la fe. Juan que estuvo a los pies de la cruz, vio y creyó, en cambio Pedro que se alejó de Jesús, aun viendo el sepulcro vacío no creyó, o por lo menos el texto no dice que creyó.

La primea lectura de los Hechos es la que marca nuestra experiencia de fe. Y Pedro, una vez ha creído en verdad en la Resurrección, toma la palabra y dice en voz alta “nosotros somos testigos”.  La Resurrección no es solo algo que celebramos, es algo que estamos llamados a testimoniar. Pedro no dice: “hemos oído hablar”, “nos han dicho”, sino “somos testigos”. El cristiano no transmite una teoría, sino una experiencia viva. Ser testigos significa haber encontrado a Cristo vivo. Y ese encuentro transforma. Los discípulos pasaron del miedo a la valentía, del encierro a la misión, de la duda a la fe firme. ¿Qué ocurrió? Se encontraron con el Resucitado.

Este es el compromiso que me pide la Resurrección. Ser testigo de lo que he vivido estos días. El testigo no se guarda lo que ha visto. El mundo necesita hoy testigos de esperanza, testigos de vida, testigos de que el amor es más fuerte que la muerte. En una sociedad herida por la guerra, por el abuso de poder, por la polarización política, por la discriminación, por la injusticia, por otro modelo de sociedad donde se quiere eliminar a Dios, la Resurrección nos trae nueva vida, nos trae la esperanza de que otro mundo es posible. Si anuncio que Jesús vive, también podemos anunciar que viene a traernos un tiempo nuevo.  Preguntémonos con sinceridad: ¿soy testigo o solo espectador? ¿Mi vida habla de la Resurrección o permanece encerrada en la rutina y el miedo?

Ser testigos no significa ser perfectos, sino haber experimentado la misericordia y el amor de Dios. El testigo habla con su vida, con su esperanza, con su manera de amar. El papa Francisco insiste en esta dimensión misionera: «Cada cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús» (Evangelii Gaudium, 120). Y añade: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (EG, 1).

El evangelio de anoche, Vigilia de la Resurrección, y en el evangelio de hoy, las mujeres encabezan el texto y también la iniciativa. Las primeras en llegar al sepulcro son mujeres. María Magdalena ocupa un lugar central. Es ella quien descubre la tumba vacía, quien corre a anunciarlo. En ellas la mujer cobra y demanda mayor protagonismo en la Iglesia, y debemos dárselo. Están llamadas a asumir protagonismo y responsabilidad en la Iglesia. Aunque el testimonio de la mujer no tenía crédito, Dios elige precisamente a ellas como primeras mensajeras de la Resurrección. Es un signo claro del modo de actuar de Dios: Él no sigue nuestros esquemas, Él eleva lo que el mundo desprecia.

La mujer aparece aquí como figura de fidelidad, de amor perseverante, de búsqueda sincera. Mientras muchos discípulos habían huido, ellas permanecen. Mientras otros dudan, ellas buscan. Y por eso son las primeras en recibir la luz, a ellas se les aparece primero Jesús. María Magdalena representa a la Iglesia que busca a su Señor, incluso en medio de la oscuridad. Representa el corazón creyente que no se resigna a la muerte, que sigue amando, que sigue esperando. La Resurrección comienza, podríamos decir, con la mirada y el corazón de una mujer que ama.

Hoy la Iglesia nos anuncia la noticia más grande: Cristo vive. Y con Él, la vida ha vencido a la muerte, y un mundo es justicia, solidaridad e igualdad es posible. Seamos testigos valientes de esta verdad. Aprendamos de las mujeres del Evangelio a buscar con fidelidad y amor. Y dejemos que la Resurrección ilumine nuestra vida y nuestro compromiso, especialmente con los más pobres.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

 

 

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