Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 26 de abril, en Ujué, con motivo de la peregrinación de Tafalla, Pitillas, Murillo del Fruto, Santacara y Beire.
Llegamos hoy en romería hasta este santuario de Santa María de Ujué, como lo hicieron nuestros antepasados, caminando con fe, con esfuerzo y con esperanza. Hemos llegado a esta iglesia-fortaleza, que se alza firme sobre nuestra tierra navarra. Y aquí, a los pies de la Virgen, presentamos nuestra vida, nuestras preocupaciones y nuestros deseos más profundos. Venimos como hijos de la Virgen, y posiblemente venimos de diferentes sensibilidades, diferentes opciones políticas, inclusive vendremos con dudas de fe, pero con una devoción fuerte a la Virgen. Hoy y siempre, en Ujué todos somos bienvenidos, también los de fuera de Navarra, también los de fuera de España, como bastantes de los que estáis hoy aquí. Ujué es nuestra casa, es casa de todos. Y la Virgen es la Madre de todos, inclusive de los que se acercan con dudas o tal vez ni practican la fe, pero la Virgen también es su Madre.
Este santuario, iglesia-fortaleza, que se ve desde muy lejos es signo de que la fe camina a través de la historia, que ha resistido el paso del tiempo y las dificultades de la historia, que han sido muchas y variadas, y a pesar de todo la fe permanece. Estas piedras han sido testigos de oraciones silenciosas, de lágrimas derramadas, de promesas cumplidas. Aquí, muchos han experimentado la cercanía de Dios a través de la intercesión de la Virgen. En esta Iglesia, ante los pies de la Virgen de Ujué hemos ofrecido a Dios lo mejor que teníamos, y hemos puesto nuestra vida y la vida de nuestras familias en manos de la Virgen. Unos ponen a sus hijos, otros un enfermo de la familia, otros encontrar un trabajo, otros un problema. La Virgen escucha a todos. Ujué es un símbolo de la fe, de confianza y de descanso, no solo físico, después de un largo camino, sino también descanso interior, espiritual. En el silencio de esta Iglesia Jesús nos habla y la Virgen nos mira.
Venir hasta Ujué es hacerse pequeño, porque uno se cansa, necesita descansar, beber agua. Es reconocer que nuestras fuerzas están limitadas. Hacer la romería hasta aquí es ir despojándonos de todo aquello que nos pesa, que nos sobra, que nos cuesta llevar, para dejarnos llenar de Dios. Los romeros renunciamos a nosotros para que Dios entre en nuestra vida, en nuestro corazón. Ponerse en camino a Ujué es reconocer que no estamos instalados definitivamente, que somos buscadores, que necesitamos orientación, que necesitamos luz. Hoy hemos dejado la comodidad y seguridad de nuestras casas, para buscar la casa de la Virgen de Nuestra Madre, y que ella ilumine nuestra vida.
Para caminar a Ujué hay que salir de casa, salir de la Iglesia y ponerse en camino. Es pasearnos por las calles de nuestros pueblos con las túnicas. La gente nos ve, nos escucha cuando vamos rezando o cantando. Hacemos visible nuestra fe y hacemos visible nuestro amor a la Virgen de Ujué. Este día es una manifestación pública de que somos cristianos, que creemos. Esta romería es un ejemplo de testimonio de nuestra fe, de nuestro amor a la Virgen Nuestra Madre, es signo de orgullo de lo que es nuestro, porque a la Virgen la consideramos como de casa, de nuestra familia. Y mi pregunta es ¿por qué no somos tan valientes el resto del año?, porque a los cristianos nos cuesta manifestar nuestra fe en público, nos escondemos. Pidamos a la Virgen de Ujué que nos de la valentía de hoy para decir al mundo que creemos y tenemos fe.
La romería de Ujué es un signo precioso de esa fe vivida en comunidad, en grupo. Nadie peregrina solo. Caminamos juntos, nos apoyamos, nos animamos, nos damos agua, compartimos alimentos, también conversaciones. La romería despierta la solidaridad, ayuda mutua, nos hace pensar en el otro. Pero esta experiencia no puede quedarse aquí. Al terminar la romería, volvemos a nuestras casas, a nuestros pueblos, a nuestros trabajos, a nuestras responsabilidades. Y allí estamos llamados a vivir lo que aquí hemos celebrado. A vivir la solidaridad, la ayuda entre todos, el interesarnos unos por otros. La fe no es solo para los momentos especiales; es para cada día. Si la Virgen es nuestra Madre, eso significa que todos nosotros somos hermanos. Es en el día a día donde se demuestra que la fe es auténtica, no solo para las ocasiones de romería.
En la primera lectura hemos escuchado como Pedro llama a todos a la conversión, al cambio. Nuestra romería es una llamada a la conversión. Muchos habéis caminado hasta aquí no solo con los pies, sino con el deseo —quizá silencioso— de renovar vuestra vida, de rezar y pedir a Dios por intenciones y necesidades concretas. Convertirse es dejar que Dios transforme nuestro corazón, es abrirle espacio en nuestras decisiones, en nuestras relaciones, en nuestro modo de vivir. Es cambiar en algo que hasta ahora no hacíamos o lo hacíamos mal. No podemos regresar a casa como hemos llegado. Ujué nos debe de tocar, nos debe de marcar, y cambiar algo. La Virgen de Ujué no nos deja indiferentes.
En el evangelio Jesús se presenta como el Buen Pastor, el que nos cuida, nos protege, el que nos indica el buen camino. También el Buen Pastor alimenta a su pueblo. Él nos reúne, nos fortalece, nos envía. No nos deja solos. Nos ofrece su gracia para vivir de un modo nuevo. Posiblemente, sin saberlo, Él es el que nos ha traído esta mañana hasta aquí, hasta los pies de la Virgen en Ujué.
Pongamos todo esto en manos de la Virgen. Ella, que es Madre y guía, conoce nuestros caminos. Que nos enseñe a escuchar la voz de su Hijo, a entrar por la puerta que es Cristo, y a seguir sus huellas con fidelidad. Que al regresar a nuestras casas llevemos con nosotros no solo el recuerdo de esta romería, sino un compromiso renovado de vivir el Evangelio en lo concreto de cada día.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

