Siempre me ha gustado la imagen y descripción del Buen Pastor, cuando el salmo 23 dice “en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”. En esa figura veo ternura, compromiso por todo el rebaño. Un pastor que no hace distinciones, y que es capaz de dejar las noventa y nueve, para ir en busca de la perdida. Cuando leo este relato imagino al Buen Pastor llevando a la gente que sufre “a verdes praderas”, “a fuentes tranquilas” “y repara sus fuerzas”. El Buen Pastor no abandona su rebaño, no se desentiende de sus heridas ni de sus cansancios, sino que cuida, protege, acompaña y, sobre todo, ama con un amor que no tiene medida, “un amor extremo”. Esa es mi tranquilidad, el obispo también necesita del Buen Pastor.
En un mundo, de guerra y de muerte, como el que estamos viviendo, necesitamos que Jesús, el Buen Pastor, se haga presente en nuestra vida. El mismo Papa León XIV, como Pastor de nuestra Iglesia, en su viaje por África, está repitiendo y apelando a un mundo de paz. En Camerún, el pasado 17 de abril, con voz firme manifestó: «El mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos y se mantiene en pie gracias a una inmensidad de hermanos y hermanas solidarios». Unas palabras que molestaron a los “señores de la guerra”, donde se sienten fuertes, pero se encuentran débiles en ambientes de paz. No podemos normalizar la guerra, no podemos normalizar la muerte. Necesitamos que el Buen Pastor, embajador de la paz toque nuestros corazones, y siembre semillas de paz.
Estos días ha comenzado el tiempo de la regularización de inmigrantes, una gran cantidad de ellos están cuidando a nuestros mayores, otros están atendiendo colectivos que no tienen mano de obra nacional: en la construcción, en el campo, en la hostelería. Si contemplamos el modo de actuar del Buen Pastor, descubrimos con claridad que no dejaría fuera a nadie. No excluiría al extranjero, ni al inmigrante, ni al que llega buscando una vida digna. Al contrario, lo acogería, lo protegería y le devolvería su dignidad. Nos recordaría que toda persona es valiosa, que nadie es un número ni un problema, sino un hermano o una hermana. Esta mirada nos desafía como sociedad y como Iglesia: ¿Cómo estamos acogiendo nosotros? ¿Qué lugar tienen los más vulnerables en nuestras comunidades? Recordemos lo que nos dijo Jesús, “Fui extranjero y me acogisteis” (Mt. 25, 35). Jesús, en el evangelio, no cuestionó, no dudó, acogió. Entiendo que de una manera organizada, pero acogió.
No quisiera olvidarme tampoco de la dignidad de las mujeres, tantas veces vulnerada o ignorada. El Buen Pastor, que trató con respeto, cercanía y reconocimiento a las mujeres de su tiempo, seguiría hoy trabajando por restaurar esa dignidad allí donde ha sido herida. Nos llamaría a construir relaciones basadas en la igualdad, el respeto y la valoración mutua, rechazando toda forma de violencia o discriminación. Cada vez más, en nuestra diócesis, la mujer navarra está pasando a ser protagonista del devenir de nuestra Iglesia. El Buen Pastor se acercó, restauró y redimió a la mujer.
¡Cuánto me gustaría que el Buen Pastor interviniese en nuestra sociedad navarra! También en nuestra tierra experimentamos tensiones, divisiones y, en ocasiones, crispación. El Buen Pastor quiere cuidar de este pueblo concreto, de nuestras familias, de nuestros pueblos, de nuestra convivencia. Él pondría paz donde hay enfrentamiento, respeto donde hay desprecio, diálogo donde se ha instalado el silencio o la desconfianza. Cómo sueño que el Buen Pastor algún día pudiese entrar en el parlamento navarro, en muchos ayuntamientos de nuestra tierra navarra y poner paz donde hay crispación, diálogo donde hay silencios, puentes de comunicación donde hay muros.
Pero, en ocasiones este Buen Pastor queda lejos, nos cuesta identificarlo, por eso la Iglesia también pide para que el Señor suscite nuevos pastores que sean cercanos al pueblo, que se comprometan por un mundo más justo y solidario. Hacen falta nuevos sacerdotes, que a imitación del Buen Pastor digan SÍ a Dios y entreguen su vida como sacerdotes para el bien del Pueblo de Dios.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

