Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el 29 de mayo, en la capilla de la Clínica Padre Menni, con motivo de la inauguración de las obras de P. Menni de las Hermanas Hospitalarias en Pamplona.
Nos reunimos en esta celebración para poner en el centro a la persona, al enfermo. Alguno pensará: “Pero si lo que hacemos es inaugurar unas obras”. Sí, pero son para una mejor atención a los enfermos. Que nunca perdamos la referencia de que, en el centro de este edificio, de esta reforma, está la persona, el enfermo y su mejor atención. Hoy celebramos algo más importante que unas paredes renovadas, unos espacios más modernos o una tecnología más avanzada. Celebramos una manera de entender el cuidado y la atención a las personas. Celebramos que, en este lugar, la persona sigue estando en el centro.
Estas nuevas instalaciones representan mucho más que una inversión en infraestructuras. Representan una inversión en humanidad. Son una expresión concreta de lo que creemos y es que toda persona merece ser atendida con dignidad, independientemente de su situación, edad o condición. Hoy, al inaugurar esta nueva clínica, resulta especialmente oportuno recordar la figura del padre Benito Menni, fundador de las Hermanas Hospitalarias. El papa san Juan Pablo II, en la ceremonia de canonización del padre Benito Menni, destacó su humanidad y cercanía: “Su servicio a la orden y a la sociedad lo realizó con humildad desde la hospitalidad, con una integridad intachable, que lo convierte en modelo para muchos” (21 noviembre 1999. Canonización).
En una época en la que muchos enfermos mentales eran olvidados o tratados sin dignidad, el padre Menni supo descubrir en ellos el rostro sufriente de Cristo. Como nos ha dicho León XIV en la Exhortación Apostólica Dilexi Te: “En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo” (9). Comprendió que la atención sanitaria no podía reducirse únicamente a la curación física, debía abarcar toda la persona: su dignidad, su mundo interior, sus heridas y su necesidad de afecto y acompañamiento. Por eso, impulsó una obra basada en la hospitalidad, en el respeto profundo a cada ser humano y en la convicción de que toda persona merece ser cuidada con amor.
En el evangelio leemos con frecuencia que Jesús se acercaba con ternura a la gente que sufría, especialmente a los enfermos que acudían a que les curase. Jesús no miraba primero la enfermedad ni la limitación ni el problema. Miraba a la persona. Escuchaba su nombre, conocía su historia, tocaba sus heridas y devolvía dignidad y esperanza. Esa es también la misión que inspira a las Hermanas Hospitalarias desde sus orígenes: cuidar con humanidad, acompañar con ternura y reconocer en cada paciente un rostro único y valioso.
Las lecturas de hoy nos hablan de consuelo, de cuidado y de dignidad. Nos recuerdan que Dios nunca abandona a la persona que sufre y que la Iglesia está llamada a ser signo concreto de esa cercanía. El profeta Isaías nos ha regalado una imagen llena de ternura: “Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66, 13). Es una de las expresiones más bellas para hablar del amor. Dios cuida, acompaña, sostiene y consuela como una madre. Y ya sabemos cómo cuida una madre: con ternura y amor. Cuando esta lectura nos habla de “llevarán en brazos a sus criaturas”, destaca los cuidados y la ternura para con los enfermos. No habla de tratamientos, no habla de remedios, no habla de nuevas técnicas, habla de cuidados con ternura y amor. Habla de cuidar personas concretas, con una historia, con heridas visibles e invisibles, con miedos, esperanzas y necesidades profundas. En una sociedad donde tantas veces existe el riesgo de convertir a las personas en números, expedientes o diagnósticos, este centro quiere seguir proclamando algo esencial: cada vida tiene un valor infinito.
En el evangelio que hemos escuchado nos encontramos a María al pie de la cruz, junto a su hijo Jesús. Es la forma de María de acompañar, de estar. No podía hacer mucho por su hijo Jesús, pero aun así le logra arrancar las palabras más bonitas que podemos esperar. Nos regala a su Madre. La presencia de María a los pies de la cruz es un estilo de acompañamiento, de cercanía y humanidad. Muchas veces nuestra mejor medicina, nuestro mejor tratamiento, será la medicina humana del amor, la medicina humana del estar, la medicina humana de no abandonar. Cada paciente debe experimentar una presencia como la de María al pie de la cruz, una presencia que no falla ni abandona. Y ese estilo de medicina, de acompañamiento, es una tranquilidad para el enfermo y para su familia.
Hoy quiero poner en valor y dar las gracias a todos los que han hecho posible esta nueva clínica: a las Hermanas Hospitalarias -a quienes os quiero agradecer vuestra presencia en la diócesis- y a los equipos directivos, profesionales sanitarios, sociales y administrativos, a quienes han trabajado en las obras, a las instituciones colaboradoras y a tantas personas que sostienen día a día esta misión. Todos vosotros sois parte de esta gran obra de hospitalidad.
Pidamos a María, Madre de la Hospitalidad, que acompañe esta nueva etapa. Que ella, que permaneció fiel al pie de la cruz, enseñe también a esta comunidad hospitalaria a permanecer siempre cerca de quienes más sufren. Y que san Benito Menni siga inspirando esta misión de cuidar poniendo siempre en el centro a la persona.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

