Funeral de don Ángel Echeverría

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 7 de agosto, en la parroquia de San Miguel de Pamplona, durante el funeral por el eterno descanso de don Ángel Echeverría.


Queridos hermanos sacerdotes, querida familia de nuestro hermano Ángel, hermanos y hermanas.

Estamos saliendo todavía de la sorpresa, tenemos el corazón encogido. Nuestro hermano Ángel el miércoles se sintió mal por la mañana, fue llevado al hospital y en la madrugada falleció. Nadie esperábamos que se fuese sin avisar, a pesar de los años que tenía. Esto genera corazones encontrados: por un lado, despedimos a un sacerdote que muchos queríamos y hemos admirado; pero también celebramos con gozo una vida entregada al Señor y a su Iglesia. Algo de lo que hoy se han hecho eco los dos periódicos de Navarra.

Ayer y hoy, desde la noticia de su muerte, quienes han conocido a Ángel Echeverría siempre me repetían la frase que hemos escuchado en la primera lectura: ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? Su vida fue una entrega de fidelidad movido por el amor de Cristo. Cuando el Señor lo llamó a la misión en Ruanda, respondió con generosidad. Allí anunció el Evangelio, pero también colaboró en la construcción de un hospital en Nemba, que se abrió en el año 1974. Algo que ha dejado huella hasta hoy, hemos recibido una carta de allí. Es una imagen preciosa de lo que significa la misión: anunciar a Jesucristo y, al mismo tiempo, cuidar de la vida de las personas. Evangelizar es llevar esperanza al alma y también aliviar el sufrimiento del cuerpo. A pesar del paso del tiempo, aquel hospital nos habla de un sacerdote que entendió que el evangelio es servicio. Entregó sus años jóvenes, los mejores, a Ruanda, a la misión. En 2024, en la celebración de sus 50 años de sacerdote, dijo: «Lo mejor que he hecho en la vida ha sido haber colaborado en la idea y construcción de ese hospital». Y eso que hizo muchas cosas.

En las conversaciones que tuve con él, siempre percibí un gran amor a nuestra iglesia diocesana, a la Iglesia de Navarra. Me contaba experiencias, anécdotas, pero todas acababan bien y siempre dejaba en buen lugar a nuestra Iglesia. Quienes le han conocido mejor que yo, siempre han destacado un rasgo por encima de todos los demás: su alegría. Transmitía paz. Llegaba a una conversación con una sonrisa, escuchaba con atención y, ante las dificultades, encontraba siempre un motivo para la esperanza. Otros me han contado: “Nunca hablaba mal de las personas”. Esto es un valor, porque Ángel veía las bondades de la gente de su alrededor.

Un sacerdote que supo ser fiel a las responsabilidades que la Iglesia, nuestra Iglesia de Navarra, le pedía. Y así don José María Cirarda le pidió que le acompañase en el gobierno de la diócesis como vicario general. Me contó muchas anécdotas y situaciones. No fueron tiempos fáciles. Violencia y política se mezclaban con la religión y él supo poner cada cosa en su sitio, sin despreciar ninguna. No es fácil la responsabilidad de gobierno. Hay decisiones delicadas, problemas, tensiones, preocupaciones… que no siempre se entienden. Pero quienes trabajaron con él suelen recordar algo que dice mucho de una persona: era difícil verle perder la serenidad. Escuchaba mucho. Procuraba comprender antes de juzgar. Y, cuando parecía que todo era complicado, encontraba un camino para seguir adelante, sin dramatizar. Nunca buscó ser importante, le bastaba con ser útil.

La obediencia le llevó a dejar la vicaría general, a pasar de gobernar a obedecer, a servir. Ese paso nunca es fácil ni sencillo, no todo el mundo lo lleva bien. Las parroquias de San Miguel, de San Juan de Burlada, fueron testigos de ese servicio. Allí estaba en su ambiente. Le gustaba conversar sin prisas después de misa. Sabía los nombres de las personas. Preguntaba por la familia. Tenía esa cercanía tan propia de los buenos pastores, que hacen sentir a cada persona que es importante. Una de mis primeras visitas cuando llegué a Navarra fue a la parroquia de San Juan de Burlada. Realmente estaba en su ambiente. El tiempo no contaba, cantaba todo, moniciones largas, pero con cariño. La gente lo quería.

Ángel era muy de su familia. Todo pasaba por sus hermanos y sobrinos. Una vez le propuse un viaje, en buena compañía, a un lugar que me lo pedía hace mucho tiempo. Cuando se lo comenté me dijo: “Lo hablaré con mis hermanos y sobrinos”. Hicimos ese viaje en octubre pasado y a la vuelta decía: “Ya me puedo morir en paz”. Agradecido, familiar y buen sacerdote.

Preocupado por las vocaciones sacerdotales, ha querido ser semilla vocacional. El miércoles, ya en el lecho de dolor en el hospital, cuando don Miguel Larrambebere le dio la unción, le pidió que transmitiera un deseo. Le dijo: “Diles a los seminaristas que he sido muy feliz como sacerdote”. ¿Hay testimonio más bonito antes de presentarse ante el Padre? Esta confesión final vale también para todos los que estamos aquí y para todos los que se plantean la vocación sacerdotal o religiosa: entregándose a Dios, uno es feliz. Él fue muy feliz.

El evangelio que hemos leído me ha traído a la memoria a Ángel. Él merece escuchar estas palabras, «Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor». Ángel fue fiel, servidor allí donde la obediencia le envió, y hoy se presenta ante el Padre con aquellas palabras que dijo Pere Casaldáliga, obispo en Brasil: «Al final de la vida me preguntarán: ¿has amado? Y yo no diré nada. Mostraré las manos vacías y el corazón lleno de nombres». Hoy nuestro hermano Ángel, después de toda una vida de entrega y compromiso se presentará ante el Padre con muchos nombres a los que ha amado, ¿serán nombres de los que estamos aquí?

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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