Entrevista al Cardenal Arzobispo emérito de Santiago de Chile, el navarro Celestino Aós Braco.
¿Cuándo tuvo clara su vocación religiosa?
Más que un momento concreto, diría que la vocación es un proceso que va creciendo y madurando con el tiempo. Es como una planta: se empieza a cuidar desde que nace y, poco a poco, va creciendo.
Hay personas que se sorprenden al saber que alguien puede entrar en el seminario con diez años y preguntan cómo podía tener vocación a esa edad. Pero yo creo que, a los diez años, uno tiene la vocación que puede tener a los diez años. Después llegan los trece, los quince, los dieciocho años, y con ellos aparecen nuevas experiencias, problemas, ilusiones y decisiones.
Algunos de los compañeros que comenzaron conmigo fueron dejando el camino. En cambio, quienes entramos de niños fuimos cuidando esa pequeña “semilla” de vocación, que fue creciendo y madurando con nosotros. En mi caso, esa vocación se fue confirmando a los quince años, después a los dieciocho, cuando tuve que profesar, y finalmente, a los veintidós años, cuando fui ordenado sacerdote.
Y ¿Por qué capuchino?
Porque Dios lo ha querido. En mi pueblo había un capuchino sacerdote que fue quien me llevó al seminario. También había otro que era lego, un hermano de los que se dedicaban al trabajo. Así que, de alguna manera, pude conocer las dos vocaciones.
La verdad es que, al principio, yo no sentía un entusiasmo especial por los capuchinos. Me atraían más otras congregaciones. Pero poco a poco las cosas se fueron dando. Un día fueron a la escuela, preguntaron quién quería ir al seminario, me presenté, hice el examen y me aceptaron.
¿Qué sintió cuando el papa Francisco le creó Cardenal?
Lo primero fue una sorpresa increíble, porque yo no sabía absolutamente nada. La primera noticia me llegó a través de una llamada de teléfono de mi hermana. Coincidió, además, con que en Chile era el día de las elecciones. Fui a votar pronto y estando desayunando recibí una llamada desde España. Era mi hermana: «¿Qué pasa por ahí? ¿No tienes nada que decirme? Siempre nos tenemos que enterar de las cosas por fuera. Me están llamando y me dicen que te han hecho cardenal».
Le contesté que no, que tuviera cuidado porque podía ser una broma ya que a mí nadie me había dicho nada, ni desde Roma, ni desde la Nunciatura, ni desde ningún otro sitio. Pero ella insistía en que la estaban llamando de varios lugares. Entonces llamé a la Nunciatura y allí tampoco sabían nada. Poco después, alguien me mandó un fragmento del vídeo en el que el Papa, desde el balcón, anunciaba los nombres de los nuevos cardenales. Y allí estaba mi nombre. Recuerdo que hasta pensé: «No sé si seré yo…».
Fue una sorpresa enorme, pero también sentí cierto desconcierto. Y, además, en un país pequeño como Chile resultaba especialmente inesperado. Porque en ese momento ya había un cardenal retirado, el cardenal Errázuriz, y estaba también el cardenal Ezzati, que me había precedido en el cargo. Aunque era emérito, seguía siendo elector y, por tanto, tenía que participar en el cónclave. Lo habitual, en esas circunstancias, era que en Chile no se nombrara a otro cardenal elector. Por eso la noticia fue todavía más inesperada.
¿Cuál es la labor de un cardenal?
La función principal es la de ser consejero del Papa, por eso forma parte del clero del Vaticano y cada cardenal tiene asignado uno. El mío en Roma es la iglesia de San Nereo y San Aquileo, dos mártires romanos. Una iglesia pequeña, pero una joya por dentro. Es un título de hace muchos siglos.
La segunda tarea que tenemos es la de elegir al Papa después de su fallecimiento o de renuncia. Los cardenales elegimos al sucesor de Pedro.
Es usted arzobispo emérito de Santiago de Chile ¿Cómo es un día en su vida, ahora?
Yo soy de los que ha cortado de inmediato cuando me han trasladado. Yo paso página, pero si el que viene detrás pide alguna cosa, se le ayuda. Ahora estoy en el convento. Estoy a lo que nos pida el superior, que es el que nos pone las misas. Tenemos una misa en la casa y tres capellanías. Yo celebro la misa que me toca y confiero las confirmaciones que nos manda el obispado.
Usted, por poco, no participó en el último cónclave. ¿Cómo vivió usted el tiempo de Sede Vacante y el Cónclave?
Cuando falleció el Papa Francisco, fui a Roma con Mons. Chomali, que acababa de ser creado cardenal. La Iglesia sigue funcionando durante la Sede Vacante. Los cardenales van llegando y comienzan las Congregaciones Generales, en las que participan tanto los que entrarán en el Cónclave como los que no. En esta ocasión éramos alrededor de 180, mientras que al Cónclave entraron 133.
En esas reuniones se analiza la situación de la Iglesia, sus problemas y los desafíos que tiene por delante. Son días muy intensos: se empieza temprano y las sesiones se prolongan hasta el mediodía. Por la tarde tienen lugar las misas solemnes y otras ceremonias, que pueden durar dos o tres horas.
Yo no vi ese supuesto «lobby» del que se habla, ni que los cardenales estuvieran haciendo campaña unos por otros. Que 133 personas de distintas nacionalidades, procedencias y sensibilidades sean capaces de ponerse de acuerdo, en tan poco tiempo, sobre una persona para ser Papa es algo verdaderamente asombroso. Ninguna organización ni ningún país consigue algo así. A mí me parece que solo es posible por la gracia del Espíritu Santo.
El futuro Papa estaba allí, participando como un cardenal más, y escuchó todo lo que se dijo en las Congregaciones Generales. Lo que allí se planteaba no era decirle a Prevost lo que tenía que hacer, sino reflexionar sobre lo que necesitaba la Iglesia, fuera quien fuera el elegido.
Sí que percibí dos sensibilidades. Unos entendían que había que elegir al sucesor del Papa Francisco, es decir, a alguien que continuara la senda que él había marcado. Otros pensaban que lo que había que hacer era elegir al sucesor de san Pedro, y que quien llegara tendría su propia personalidad, su carácter y su manera de ejercer el ministerio.
En definitiva, había quienes apostaban por dar continuidad al camino iniciado por Francisco y quienes consideraban que había que elegir un Papa y dejar que, desde su propia personalidad y discernimiento, decidiera qué debía hacer la Iglesia.
¿Qué aporta la vida religiosa a la Iglesia?
La vida religiosa forma parte de la Iglesia. Son parte de ella. La vida religiosa es esa entrega de la vida a Dios en obediencia, pobreza y castidad. La obediencia sigue siendo un escándalo en el mundo y lo mismo la castidad. En la vida religiosa voy a ofrecer mi afectividad a Dios, sigo siendo hombre o mujer, pero renuncio a ella por opción. Y lo mismo la pobreza que hoy se confunde un poco. Podemos tener muchos bienes, pero no disponemos de ellos a nuestro antojo, ya que están siempre en función de la evangelización. Esto se hace porque se siente llamado a esa vida que elige libremente. Yo me hago religioso por el seguimiento a Jesucristo. La vida religiosa aporta su propia identidad.
¿Cuáles piensa que son los pilares del papado de León XIV?
Es un hombre sencillo, que escucha, que no es tan efusivo como Francisco. A nivel espiritual es un hombre de profunda oración y cercanía a la Palabra de Dios y al pueblo. Piensa lo que tiene que decir y lo dice como tiene que decirlo. Es claro y profundo. Los discursos de la visita a España así lo atestiguan. Tiene un estilo de menos confrontación que su antecesor.
¿Con qué sueña Celestino?
Sueño con una Iglesia con una profundidad mayor. Por el momento en que vivimos hay una superficialidad muy grande. Se habla de Jesucristo, pero luego hay páginas “malditas” en el Evangelio de las que no se quiere escuchar lo que dicen. Mejor las páginas más suaves. La Iglesia no debe ser una ONG. Deseo una Iglesia más coherente. Vivir con mucha fe. La Iglesia tiene mártires que han dado su vida por predicar el Evangelio de Jesucristo. Hoy hay muchos que suavizan este seguimiento. Don Bosco hizo lo que hizo porque tenía fe en aquellos muchachos necesitados de Turín y a pesar de quienes le ponían trabas siguió adelante por ellos.

