Homilía del Arzobispo don Florencio Roselló, pronunciada el 24 de diciembre, en la Cárcel de Pamplona, con motivo de la Misa de Navidad.
Me gustaría que hoy todos contemplásemos al Niño en la cuna. Como cualquier niño, es vulnerable y está indefenso y necesitado de ayuda. Pero Dios ha querido fijarse en él, en su pequeñez, en esa pobreza del pesebre, en esa dependencia de niño. El evangelio que acabamos de escuchar nos habla de un Dios que, para nacer, no elige los palacios ni los lugares de prestigio ni las seguridades humanas. Jesús nace en la pobreza, en un establo, lejos de su casa, en una situación de precariedad. Nace en los márgenes. Y por eso hoy, en esta casa, el pesebre no nos resulta ajeno. Aquí, donde tantas veces se experimenta el límite, la fragilidad, la soledad o la culpa, resuena con una fuerza especial el anuncio del ángel: “No tengáis miedo. Hoy ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 10-11).
Sí, queridos hermanos y hermanas, hoy el ángel también viene y nos anuncia una gran alegría: que Jesús también nace para nosotros. Que seguramente esta casa, la cárcel, es uno de los lugares elegidos por Dios para hacerse hombre; pequeño, humilde, pero de corazón grande. Un corazón que en fechas como estas se pone más blando, más nostálgico, lleno de recuerdos. Muchos de vosotros, todos, vivimos estos días con sentimientos encontrados: añoranza de la familia, dolor por errores pasados, incertidumbre ante el futuro, heridas que no se cierran fácilmente. Dios no ignora nada de esto, precisamente por eso ha querido hacerse niño.
La Iglesia siempre quiere ser acogedora con los hermanos y hermanas que están en la cárcel, pero en estos días de manera especial. Dios viene, también a la cárcel, no de visita, sino para quedarse. Por eso Dios no se queda lejos, no mira desde arriba. Se acerca. Se hace presente en estas paredes. Se deja encontrar en lo pequeño. Y eso significa que ninguna situación humana está definitivamente cerrada, ninguna historia está perdida para siempre. Significa que todos importamos para Dios, sea cual sea la situación y sea cual sea nuestro pasado. El papa Francisco nos recuerda que «Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón» (Evangelii Gaudium, 3). Hoy, en Navidad, Dios no viene a señalar con el dedo, sino a abrir caminos nuevos. No viene a condenar, sino a salvar. Nos mira a los ojos, nos sonríe, nos abraza y nos dice: “Ven conmigo”.
Este año hemos celebrado el Jubileo de la Esperanza. Aquí tuvimos una celebración especial, donde recordamos que la esperanza es lo último que se pierde. Así nos lo dijo San Pablo en aquella ocasión: “La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rom 5,5). Este día proclamamos que el futuro no está cerrado, porque Dios ha entrado en la historia. El Niño que nace en Belén crece, entrega su vida, muere en la cruz y resucita. Y su resurrección nos dice que el mal no tiene la última palabra, que el pecado no es más fuerte que la misericordia, que la muerte no vence a la vida. Que de la cárcel se sale, que uno puede volver a empezar y que vale la pena luchar. Esa es la auténtica Navidad, mirar al Niño y decir: “Vale la pena”.
El mismo papa León XIV, en la misa del Jubileo de los Presos celebrada en Roma el pasado 14 de diciembre, y en la que pude concelebrar, deseó “que el Jubileo se convierta en una oportunidad para el perdón y la reinserción social”. Proclamó con fuerza un mensaje de esperanza: “¡Que nadie se pierda! ¡Que todos se salven!”. Para la Iglesia, para el papa, todos somos importantes. Pidió a la sociedad “que acompañe procesos de conversión y reintegración de quienes buscan rehacer su vida después de cumplir la condena”. Inclusive se atrevió a recordar que ya el papa Francisco en la apertura del Jubileo había solicitado indultos y reducción de penas en este Año Jubilar. No me consta que se hayan concedido, pero la valentía de los papas está en decirlo, en pedirlo.
El evangelio de hoy nos muestra que los primeros en recibir el anuncio de la Navidad no fueron los poderosos, sino los pastores, la gente sencilla, muchas veces despreciada. Dios siempre comienza por aquellos a los que la sociedad ve con otros ojos, ojos de culpa, ojos de condena, ojos de marginación, y en cambio el Niño que nace hoy los ve con ojos de ternura, ojos de amor. Hoy mi primer anuncio de la Navidad es en la cárcel de Pamplona, esta noche lo haré en la catedral, pero quiero que seáis vosotros los primeros que recibáis el anuncio, como lo recibieron los pastores.
Me gustaría, queridos hermanos, que la Navidad nos ayudase a ver el futuro con esperanza, con la ilusión de un niño que comienza una nueva vida. Eso quiere ser la Navidad: comenzar de nuevo, levantarse de nuevo, luchar de nuevo. Me gustaría que estos días fuesen el comienzo de una nueva vida, aquí dentro primero, luchando y trabajando para ir progresando poco a poco. Luchando para estar más cerca de mi familia, hacer planes de futuro, aunque estén lejos, pero tener horizontes en la vida. Porque Dios no nace para los perfectos, sino para los que necesitan levantarse, los que necesitan cambiar.
Este día de Navidad es en el que Dios nos dice: “No tengas miedo, te conozco, te amo, te comprendo, entiendo tus caídas…, pero no olvides que hoy he nacido por ti y para ti. No temas, estoy contigo”. Hermanos y hermanas, FELIZ NAVIDAD.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

