Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 28 de mayo, en la parroquia de Padre Nuestro de Mendillorri, con motivo del 150 aniversario de la muerte de la fundadora de las Hermanas de la Consolación, María Rosa Molas.
Queridos sacerdotes, hermanas de la Consolación, hermanos y hermanas todas:
Las Hermanas de la Consolación están celebrando un “Año Carismático” en el cumplimiento de los 150 años, de la muerte de Rosa María Molas, su fundadora. Agradezco que me hayan invitado a este momento. La congregación de la Consolación quiere que sea un año especial y en la carta que ha dirigido la Madre General a todas las religiosas les ha dicho: “Nos regalamos un año para volver a lo esencial, a esa herencia que nos dejó María Rosa Molas, a los pilares que nos constituyen como Familia Consolación” (Roma. 11-12-25). Este regalo es también en un tiempo exigente, no es un tiempo de recreación, sino de compromiso, de volver a las raíces, a las fuentes, a actualizar el carisma de la Consolación.
Este Año Carismático cuestiona nuestras comunidades y nuestras obras y nos lleva a volver a las fuentes. Esto supone volver al Evangelio con sencillez y autenticidad. Significa preguntarnos si nuestra manera de vivir transmite realmente consolación. Significa discernir si seguimos poniendo en el centro a las personas más vulnerables, como hizo María Rosa Molas. Este año es una oportunidad para revitalizar nuestro carisma, de recuperar lo auténtico, de hacerlo extensible a toda la familia de la Consolación.
Volver a las fuentes significa regresar a la vida de María Rosa Molas. En ella descubrimos a una mujer profundamente evangélica. Una mujer comprometida que entendió que en su vida tenía que amar extraordinariamente, como Jesús en la Última Cena: “Los amó hasta el extremo” (Cf. 13, 1). Supo ver a Cristo en el enfermo, en el pobre, en el niño abandonado, en el preso, en quien sufría soledad. Como nos ha dicho León XIV en la Exhortación Apostólica Dilexi Te: “En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo” (9). En las dos veces que estuve en Castellón, conocí y trabajé con las hermanas de la Consolación, participaban en la pastoral de la cárcel. Su vida era y es consolar desde el amor de Dios a los hombres y mujeres en prisión.
Hermanas de la Consolación, vuestro carisma nunca pasa de moda. Hay mucha gente por consolar. El papa Pablo VI, en la beatificación de Rosa María Molas, la definió como “maestra de humanidad”. El mundo necesita humanidad, cercanía, consuelo. Vivimos en un mundo de contrastes, gente que tiene de todo y gente que no tiene de nada. Gente que es autosuficiente y gente cargada de necesidades. Este contraste acentúa más la pobreza y, por lo tanto, hace más necesaria vuestra consolación. Hay cansancio, incertidumbre, soledad, miedo al futuro. Muchas personas viven aparentemente rodeadas de cosas, pero vacías de esperanza. Y precisamente ahí el carisma de la Consolación quiere ser presencia que acompaña, que escucha, que cura, que sostiene, que recuerda a cada persona que Dios no abandona.
En la primera lectura de Isaías encontramos el mandato del Señor a las religiosas de la Consolación: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor” (Is. 40, 1). Consolar no es simplemente aliviar un dolor momentáneo. Consolar es hacer sentir a alguien que no está solo, que su vida importa, que Dios sigue caminando con él. El papa León XIV, en el Jubileo de la Consolación, dijo: “Consolación significa nunca solos” (15 sept. 2025). María Rosa Molas fue una mujer que supo escuchar el clamor de los pobres, de los enfermos, de los niños abandonados, de quienes sufrían en cuerpo y alma. Comprendió que el evangelio se hace creíble cuando toca las heridas humanas con misericordia concreta. Consolar es humanizar. Las hermanas de la Consolación se hacen compañeras de camino de los pobres, de los vulnerables.
La segunda lectura es un retrato espiritual de la Madre Molas: “Revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, dulzura, paciencia” (Col. 3, 12). ¡Qué actuales son estas palabras! Porque el carisma de la Consolación no se sostiene solo en obras; se sostiene, ante todo, en una manera de ser y de relacionarse. En una actitud ante la pobreza y la necesidad, aunque no haga nada. Es la que se acerca al pobre a consolar con sencillez, con compasión, con humildad y dulzura. El pobre necesita primero humanidad y luego las obras. Pero no hay redención, no hay reinserción si antes no va precedida de una actitud de humanidad, como nos recordaba Benedicto XVI.
El evangelio nos regala el pasaje de las bienaventuranzas. Un estilo singular de vivir el evangelio. Las religiosas de la Consolación seréis consolación para el mundo si os hacéis pobres, humildes, luchadoras por la paz, misericordiosas. El mundo de hoy necesita urgentemente testigos de las bienaventuranzas. Personas capaces de vivir con humanidad en medio de tanta dureza. Personas capaces de escuchar en una sociedad que grita. Personas capaces de cuidar en una cultura de la indiferencia.
Me siento cercano a las religiosas de la Consolación. Me he entendido siempre muy bien con ellas, quizás porque nuestros carismas están muy próximos y cercanos: liberar y consolar. Ambos carismas se encuentran profundamente unidos porque la verdadera liberación necesita de la consolación y la auténtica consolación conduce necesariamente a la libertad. Una persona oprimida no solo necesita romper las cadenas externas que limitan su vida; también necesita sanar las heridas interiores que deja el sufrimiento. Del mismo modo, una persona consolada encuentra fuerzas para recuperar su dignidad y caminar hacia una vida más libre y plena. Consolar y liberar caminan de la mano.
Que este Año Carismático nos ayude a despojarnos de lo accesorio para volver a lo fundamental: Jesucristo y el evangelio de la consolación. Y que, como María Rosa Molas, podamos gastar nuestra vida haciendo visible la ternura de Dios.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

