Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el 7 de julio, en la capilla de San Fermín, de la parroquia de San Lorenzo de Pamplona, con motivo de la fiesta de San Fermín.
Querido cabildo, Vicario General, párroco de San Lorenzo, sacerdotes, miembros de la corporación municipal, autoridades, miembros y fuerzas de la seguridad del estado, hermanos y hermanas.
Seníde maitéok, gáur Irúñarentzat eta gu guztíontzat egún haundía dúgu.
Desde mi llegada a Pamplona, la procesión de san Fermín ha calado en mi corazón. Me impresionan las muestras de cariño, devoción y emoción de la gente que sale a la calle para acompañar a nuestro santo. Acompañar a san Fermín por las calles de Pamplona, sacarlo de esta capilla y compartirlo con todo el pueblo de Pamplona, es proclamar que el santo forma parte de la identidad más profunda de esta tierra. San Fermín ha salido al encuentro de todos, sin distinción. De quienes participan con una fe viva y comprometida, de quienes conservan el recuerdo de una tradición familiar, de quienes observan con curiosidad y también de quienes hace tiempo que se alejaron de la Iglesia. La procesión recuerda que Dios nunca deja de salir al encuentro del ser humano. Allí donde vive, trabaja, sufre, celebra y espera. Allí donde se cree o no se cree. Allí donde se practica la fe y allí donde se ha abandonado. Bajo el capotico de san Fermín cabemos todos.
La imagen de san Fermín recorriendo las calles refleja la imagen de esa Iglesia en salida de la que nos ha hablado el papa Francisco: una Iglesia cercana, acogedora, misionera y capaz de dialogar con el mundo sin perder la alegría de su fe. Una Iglesia que, como he repetido muchas veces, ha perdido la calle. Y la procesión de san Fermín nos ayuda a recuperarla. El papa León XIV nos animó a sacar lo sagrado a la calle, dijo en la eucaristía del Corpus en Madrid: “Jesús no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro”. Lo mismo le ocurre a san Fermín: camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana (cf. Eucaristía Corpus. León XIV). Igual que el Señor en el Corpus, san Fermín camina con su pueblo y quiere ser consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre (cf. Eucaristía Corpus. León XIV). ¡Qué hermoso resulta comprobar que, en medio de una sociedad tantas veces dividida o indiferente, un santo sigue siendo capaz de reunir a tantas personas y de suscitar un sentimiento compartido de pertenencia! Esán dezákegu San Fermín guréa dugúla éta gu harénak garéla San Fermín pertenece a Pamplona y Pamplona pertenece a san Fermín. Nuestra ciudad no se entiende sin el santo ni san Fermín sin Pamplona.
Pero quiero advertir que hoy no celebramos únicamente un recuerdo histórico. El papa León XIV dijo que las fiestas populares no son un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber hoy (cf. Celebración Corpus. Madrid). No recordamos algo pasado, celebramos un estilo de vida, el de san Fermín, que vivió su fe con radicalidad y coherencia. La carta de Santiago que hemos escuchado nos dice: “Dichoso el hombre que soporta la prueba” (St. 1, 12). Nuestra sociedad huye de las pruebas, de los sacrificios. La renuncia y la entrega no forman parte de nuestras aspiraciones. Tendemos a buscar lo cómodo, lo fácil. En cambio, san Fermín conoció dificultades. Seguramente experimentó incomprensiones, rechazos y cansancio. San Fermín hizo suyas las palabras de Jesús: «Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt. 16, 25). Cuando llegó el momento de la prueba, pudo haber buscado un camino más cómodo. Bastaba renunciar a su fe, guardar silencio o aceptar una mentira para conservar la vida. San Fermín nos enseña que existen bienes que valen más que la propia vida. La misión nunca ha sido fácil. Sanférmiñek erákusten digú badírela bizítza béra báño géiago balío dutén ondásunak. Ser cristiano no es cómodo. Evangelizar exige paciencia, fortaleza y, finalmente, disponibilidad para entregar la propia vida. La verdad no puede venderse y la fidelidad es el testimonio de entrega.
En el evangelio que hemos escuchado contemplamos a Jesús que “recorría todas las ciudades y aldeas” (Mt. 9, 35) enseñando, anunciando el Reino y curando toda enfermedad. Jesús salió al encuentro de la gente. No marchó buscando una vida más cómoda. Marchó porque el evangelio le impulsaba. También san Fermín abandonó su tierra, atravesó caminos inciertos y llegó a otra nación, a otra cultura, a otro pueblo, anunciando el evangelio. Al hacerlo vivió una experiencia que hoy adquiere una enorme actualidad: la experiencia de ser extranjero, de ser inmigrante. Él mismo conoció qué significa abandonar la propia tierra. Conoció la incertidumbre y la dificultad de comenzar de nuevo. Conoció la necesidad de ser acogido por personas que hablaban otra lengua, que tenían otras costumbres, otra cultura e incluso otra religión.
San Fermín vivió la inmigración, el papa León XIV también la experimentó como misionero en Perú. Este tema fue una constante en la visita a España del Santo Padre, un viaje en el que pude acompañarle en persona. Todo su viaje puso en valor su prioridad, que es la dignidad de la persona y, en concreto, la dignidad de las personas inmigrantes, al decir: “La dignidad humana no tiene pasaporte, no conoce fronteras”. Y se reafirma cuando reclama que “ninguna persona pierde su valor por ser migrante o refugiada”. Estas afirmaciones ya habían sido precedidas por las que manifestó en el Congreso de los Diputados: “La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo”. No buscan el delito, no buscan hacer daño, dejan todo “para buscar paz, seguridad y futuro”, nos ha dicho el papa León XIV.
San Fermín nos invita a “Convertir la mirada”, como también nos ha recordado León XIV en su reciente viaje a España. Sanférmiñek “begírada aldátzera” gonbídatzen gaitú. “Convertir la mirada” para vernos los unos a los otros como personas, no como rivales. “Convertir la mirada” para vernos como hermanos no como enemigos. “Convertir la mirada” para respetar la dignidad de la persona sea de donde sea, venga de donde venga, tenga el color de piel que tenga. También el Ayuntamiento de Pamplona nos ha invitado a “Convertir la mirada” en estas fiestas, en una nota pública, apoyada por todos los grupos, deseando unas fiestas “donde impere la convivencia, el disfrute en libertad y el respeto mutuo”. Y en términos parecidos lo hacía el Gobierno Foral. Pero quizás también deberíamos “Convertir la mirada” aquellos que tenemos responsabilidades en la vida pública o social y hacer referencia a las palabras de León XIV, que percibió la dificultad de entendimiento en las relaciones de nuestros legisladores y llamó a discrepar con respeto, a “desarmar el lenguaje” que muchas veces utilizamos entre nosotros. La firmeza no exige desprecio, la discrepancia no conlleva humillación. Los responsables somos los primeros en dar testimonio e imagen de convivencia, de respeto y tolerancia, tal y como pidió León XIV en el Congreso de los Diputados.
Gúre zaindáriak bedéinka gaitzála eta górde dezála béti Irúña. Que nuestro santo patrono san Fermín siga caminando en Pamplona, en Navarra. Y que nosotros sepamos caminar con él, siguiendo siempre las huellas de Cristo, haciendo la vida más agradable y amable de todos los que nos rodean.
+ Florencio Roselló Avellanas, O. de M.
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

