Imagen de Manuel Castells cecida por la UN

Apertura de curso de la Universidad de Navarra

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 11 de septiembre, en la Universidad de Navarra, con motivo de la apertura del curso académico.


“Es necesario un cambio de mentalidad que pueda incidir en la transformación cultural: (para algunos) la felicidad se basa en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa… en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos injustos, que favorecen a los más fuertes” (León XIV. DT. 11).

Este es el reto que asume la universidad cada año al comenzar el curso: (1) cambiar la mentalidad de los estudiantes que entienden que la felicidad consiste en acumular, en tener, en el prestigio social, en el poder, tal y como denuncia León XIV en Dilexi Te. Además, un prestigio que se consigue a costa de los demás, apoyándose en ideales y sistemas políticos falsos, con engaños. Muchos estudiantes llegan a vuestras aulas con estos pensamientos, algunos convertidos en sueños: una carrera, dinero, poder y prestigio social, lo que así llegan piensan en ellos no en los demás.

San Pablo, en la primera lectura, ayuda a este cambio de mentalidad: los dones, cualidades que Dios nos ha concedido deben estar (2) orientados “al bien común”. En un mundo individualista que nos lleva a la insolidaridad, escuchar esta lectura nos debe motivar al cambio de mentalidad que nos decía el papa León XIV. La universidad debe tener una misión mucho más ambiciosa que la transmisión de contenidos, debería orientar esa formación al bien de la sociedad, al bien común. Y formar al bien común es formar para servir. Hace mucho tiempo leí un libro, escrito por un obispo francés, que llevaba por título “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Y, permitiéndome una licencia, me atrevería a decir que una universidad que no forma para servir, no sirve para nada. Una universidad que no forma pensando en los demás, no sirve para nada.

Formar para el “bien común” es cuidar a las personas, respetarlas. Es pensar en las personas menos favorecidas de la sociedad, los pobres, los excluidos. Una sociedad con desigualdades, con desequilibrios sociales, es una sociedad injusta. Una sociedad no solo se mide por los avances y el progreso social, tecnológico y cultural, se mide también por la sensibilidad que manifestamos ante los pobres. No se trata de renunciar a la excelencia en nuestros estudios y formación, sino de comprender que la excelencia se alcanza cuando se pone al servicio de los demás. La rectora de esta universidad, doña María Iraburu, lo dijo claramente en la acogida de los nuevos alumnos para este curso 2026-2027: “No olvidéis la meta, el para qué estáis aquí. Planteaos vuestra vida universitaria como una manera de hacer el mundo un poco mejor”. No dijo que están aquí para sacar un título ni para tener prestigio ni para ganar más dinero, sino para “hacer el mundo un poco mejor”. Y eso se logra, como nos ha dicho san Pablo en la primera lectura, poniendo todos nuestros dones para el bien común.

Aprovecho para agradecer a la universidad su colaboración, ya que durante este año ha colaborado con el proyecto para víctimas de trata que tiene la diócesis. En varias campañas que han realizado han destinado los beneficios al piso de trata de personas, donde en este momento tenemos a dos mujeres traficadas, abusadas y maltratadas. Eso es contribuir “a hacer el mundo un poco mejor”. Como nos decía san Josemaría Escrivá: “Parafraseando un conocido texto del apóstol san Juan (cfr. 1Jn. 4, 20), se puede decir que quien afirma que es justo con Dios pero no es justo con los demás hombres, miente: y la verdad no habita en él” (n.52. “Es Cristo que pasa”).

(3) La universidad constituye una pequeña sociedad donde estamos llamados a relacionarnos, a valorarnos y respetarnos. En esta universidad hay alumnos y profesores de muchos países: este año inician el curso 2.579 estudiantes: 906 internacionales, procedentes de 66 países, y 1.673 nacionales, de ellos 717 navarros. Se mezclan culturas y sensibilidades diferentes, a veces contrapuestas, pero es una oportunidad para la convivencia, para el diálogo, el debate y, sobre todo, el respeto. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad polarizada, tanto en el mundo, como en España y en Navarra. Nuestro vehículo de comunicación es el lenguaje, pero si nos asomamos ahí fuera, a la sociedad, escuchamos lenguajes agresivos, casi bélicos, que chocan con el lenguaje evangélico de “amaos unos a otros como yo os he amado”. La discrepancia eleva los decibelios, el lenguaje raya el insulto. León XIV, en el mensaje de la Cuaresma de este año 2026 nos dijo: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias”. Cuidemos el lenguaje en nuestra universidad. Cultivemos el respeto, que la discrepancia sea enriquecimiento. Como dijo León XIV a los diputados en el Congreso: “La firmeza no exige desprecio, la discrepancia no lleva a la humillación”. Ayudemos a los alumnos a ensayar nuestras relaciones en este pequeño universo que es la universidad. Tal y como sean nuestras relaciones en la universidad será nuestra vida en la sociedad.

La universidad también tiene otro objetivo: ayudar a (4) construir una casa sobre roca, la casa personal, la casa del futuro, la casa de nuestra vida. El estudiante comienza a poner las bases de su casa en esta universidad. Los profesores sois los maestros de obra, porque una casa no se sostiene por la belleza de su fachada, sino por la profundidad de sus cimientos. Y una persona tampoco se sostiene solamente por su inteligencia, sus títulos, sus capacidades o sus éxitos. Se sostiene por sus valores, muchos de ellos adquiridos en esta universidad. Ayudemos a los estudiantes a construir su casa sobre cimientos sólidos como son la justicia, la solidaridad, el servicio, el amor a los pobres, la acogida al extranjero, el respeto y la tolerancia. No he dicho sobre el mejor expediente académico, sino sobre fundamentos sólidos que partirán de la gran roca que es Cristo.

Ojalá al final del curso podamos decir que nuestros alumnos no solamente saben más, sino que son mejores personas; no solamente han aprendido más, sino que han aprendido a servir más; no solamente han construido más, sino que su casa se ha asentado firme, sobre la roca de Cristo.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

 

 

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