“¿Por qué ellos y no yo?”. Esta frase la repetía el papa Francisco cada vez que visitaba una prisión. Y esta pregunta me la sigo haciendo cada vez que entro en una cárcel. Y acertemos a superar los paternalismos, no digo que quien está en la cárcel es inocente, tampoco apelo al victimismo de “pobrecitos”, no. Porque en la mayoría de los casos, quien está en la cárcel ha hecho algo, ha cometido un delito. Mi pregunta y la del papa Francisco va más allá, es preguntarse por qué están ellos, los presos, y no yo. No quiero caer en falsos moralismos de pensar que soy mejor que los que están en la cárcel, porque no me considero mejor que nadie. Quizás he tenido más oportunidades que muchos de ellos, quizás he sido mejor cuidado de niño que muchos de ellos, quizás he nacido en un ambiente mucho más favorable que el de ellos. Muchos, tal vez demasiados “quizás”, para que deje de pensar en mí mismo y piense en los demás, de manera especial, como mercedario, en los que están en la cárcel. Y pase de verlos como delincuentes a verlos como hermanos; deje de verlos como un peligro social, y a distinguirlos como personas con futuro.
Me remueve la conciencia la Virgen de la Merced. Cada 24 de septiembre recuerdo que, al igual que el Señor le dijo a Moisés “he visto la opresión de mi pueblo en Egipto” (Ex. 3, 7), recuerdo cómo María de la Merced se lo dijo a San Pedro Nolasco, fundador de la Orden de la Merced, “he visto a mis hijos cautivos”. La Virgen de la Merced remueve conciencias porque nos habla de acoger y no de separar, nos habla de aceptar y no rechazar, nos habla de oportunidades más que de condenas. La Virgen de la Merced nos dice que la misericordia y la caridad no consiste en justificar el mal, sino en creer que la persona puede levantarse, en comenzar de nuevo y recuperar el camino. La mirada de María no se queda en el error, el delito cometido, sino que mira a la persona y reconoce en ella a un hijo de Dios. Como nos dijo el Papa León XIV en su visita a la prisión de Brians I, en Barcelona “No existe, pues, ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada”. Dios tampoco la aparta de los presos.
La Iglesia no quiere olvidar a nuestros hermanos que están en prisión. La Virgen de la Merced, como Madre y Patrona de los presos, es la portadora de ese recuerdo, por eso se hace cercana como Madre en el interior de las prisiones. He sido testigo de cómo los presos: hombres y mujeres, confían de manera especial en la Madre, se acercan a tocar su imagen, acariciar a la Virgen de la Merced, que preside las capillas de muchas prisiones. En algunos casos le dejan una nota, a sus pies, con una súplica, le pasan una instancia a través de la cual han pedido un permiso de salida, le rezan una oración, le piden una intercesión, y al final se le escapa una lágrima. La presencia de la Virgen de la Merced en las cárceles nos recuerda que nadie queda fuera del amor de Dios, y ninguna persona puede ser reducida para siempre a su delito, a su pasado o a sus errores. En la misma línea, León XIV tuvo palabras de esperanza para los presos en su visita a la prisión de Brians I cuando nos dijo “los errores de la vida no determinan la identidad de una persona”. He conocido gente en prisión que, al salir y cambiar su vida, los delitos quedaron atrás, y la nueva vida hizo olvidar su pasado penitenciario o “taleguero”, que dirían los presos. Sí, es posible comenzar de nuevo, pero muchos no pueden hacerlo solos.
Una sociedad verdaderamente humana y una Iglesia misericordiosa se reconocen por la manera en que tratan a quienes han caído, a quienes se han hundido en el fango de sus propios errores y han acabado en prisión. Como Iglesia estamos llamados a ser comunidad que acompaña, acoge y ofrece caminos de esperanza a través de oportunidades para “nacer de nuevo”. La misericordia que ofrece la Iglesia no significa ignorar el daño causado ni olvidar a las víctimas, muchas de ellas con un dolor profundo. La Iglesia, a través de la Pastoral Penitenciaria, ofrece al preso una triple oportunidad rehabilitadora: reconciliación con Dios, reconciliación consigo mismo y reconciliación con las víctimas por el daño causado.
La Pastoral Penitenciaria, de nuestra diócesis de Pamplona y Tudela, es el rostro de la Iglesia en la prisión de Pamplona. Para muchos presos será el único contacto que tendrán con la Iglesia, serán el único evangelio que escucharán y las únicas palabras de amor de Jesucristo que oirán. Cada semana, la Pastoral Penitenciaria de la Iglesia de Navarra, hace presente el amor de Dios a través de catequesis, de talleres, de oraciones, de cantos, de teatro, de celebración de la eucaristía. Son nuestros samaritanos que hacen un alto en el camino para atender al caído en prisión. Son los nuevos cirineos que ayudan a llevar la cruz de la cárcel, la cruz de la lejanía de la familia, la cruz de un futuro incierto. Desde estas páginas quiero agradecer la entrega y compromiso, que, desde el silencio, pero con gran fidelidad, abrazan al Cristo pobre y preso. El próximo 24 de septiembre compartiré en la prisión de Pamplona la fiesta de la Virgen de la Merced, su patrona. Y les diré que la Iglesia de Navarra es su casa y su familia, porque “estuve en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt. 25, 31).
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

