Con profunda alegría me dirijo a la Iglesia de Navarra, en este comienzo de curso, para anunciar que el papa León XIV reconoció el pasado 22 de mayo el martirio de ochenta mártires de la Diócesis de Santander, entre los cuales hay dos futuros beatos navarros: D. Manuel Arizcun Moreno, laico y el Hno. Ruperto de la Cruz, carmelita descalzo. Martirizados por odio a la fe en el territorio de la Diócesis de Santander, son dos hijos de Navarra y dos testigos de Cristo que entregaron su vida por defender la fe.
Manuel Arizcun nació en Madrid el 22 de abril de 1892, aunque su familia desciende del valle de Baztán. Se casó en Errazu con Pilar Zozaya, con la que tuvo nueve hijos, y se establecieron en Pamplona en 1928. Desde el primer momento se mostró y comprometió como laico en la parroquia de San Agustín En nuestra tierra navarra vivió su vida cristiana y apostólica, que le llevó al compromiso con nuestra iglesia diocesana, por la que, en mayo de 1934, D. Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, le nombró presidente diocesano de Acción Católica Navarra.
La figura de D. Manuel Arizcun queda muy definida por el prelado D. Marcelino Olaechea cuando decía del mártir: “Era valiente, nada le arredraba, con prudencia y energía hizo frente a las dificultades con que tuvo que luchar durante su apostolado. Decías las cosas con mucho ingenio y con la franqueza de quien tiene bien perfiladas las ideas”.
Al estallar la guerra, D. Manuel Arizcun se encontraba en Santander, de vacaciones con toda su familia en la casa que tenía su madre en Suances. Su militancia comprometida en Acción Católica era bien conocida también en Santander, por lo que fue vigilado estrechamente. En la madrugada del 2 de agosto de 1936 fue detenido y sometido a un largo interrogatorio, en el que él puso por delante su compromiso y su condición de católico. Pero esto no fue suficiente y el 10 de noviembre de 1936 nuevamente confesó su militancia católica y su compromiso con la Acción Católica, por lo que fue detenido nuevamente, rechazando que este compromiso fuera político, defendiendo su compromiso católico.
Fue encarcelado en la calle del Sol de Santander y animó a los que estaban presos con él. Parece que la fecha del martirio fue el 13 de noviembre de 1936. Fue sacado del cautiverio a las dos y media de la madrugada, maniatado y arrojado vivo a la Bahía de Santander. Su cadáver apareció posteriormente el 1 de diciembre de ese año 1936 en la playa de Arenillas del pueblo de Galizano (Ayuntamiento de Ribamontán al Mar), en la provincia de Santander. Terminada la guerra, el 13 de septiembre de 1939 su cadáver se trasladó a Pamplona y su obispo D. Marcelino Olaechea, dispuso, por especial privilegio, que fuera sepultado en la nave central de la parroquia San Agustín, hecho que ocurrió el 12 de noviembre de 1939. Y allí continúa.
El Hno. Ruperto de la Cruz, antes de ser fraile se llamaba Ruperto Andueza Larraya, nació en Garrués (Navarra) el 27 de mayo de 1897. Ingresó en los Carmelitas Descalzos y tomó el hábito en Marquina (Vizcaya) el 11 de septiembre de 1925. Emitió la profesión temporal en Larrea (Amorebieta) el 18 de octubre de 1927. La profesión perpetua la realizó en Pamplona el 16 de noviembre de 1930.
Después de la profesión perpetua fue trasladado a Santander de conventual, donde ejerció los oficios silenciosos y abnegados de portero y sacristán. En el Boletín Oficial de los Carmelitas Descalzos, en el año 1938, se decía: “Por su discreción y talento natural, por su porte religioso y afable, por la diligencia y esmero con que atendía al cumplimiento de su obligación, se había granjeado el aprecio y cariño de todos. Era un hermano modelo”.
Sonaban ya aires de guerra y violencia, ¡había que prepararse para todo! Preguntó al P. Atanasio, que luego sería compañero de martirio, qué debía hacer en caso de ser detenido, a lo que este le contestó: “No niegues lo que eres”, refiriéndose a su condición de religioso. Abandonó el convento el 17 de noviembre de 1936 y se refugió en casa de unas buenas almas que le acogieron. Cuando llegaron en busca de religiosos y sacerdotes, D. Enrique, dueño de la casa, lo presentó como un amigo de la familia, no como religioso, a lo que el Hno. Ruperto le rectificó y dijo: “Soy un religioso carmelita”. Fue llevado a la cárcel y el 18 de noviembre se confesó con el P. Augusto de la Cruz, también carmelita. Poco después fue sacado de la prisión y nunca más volvió a ser visto. Se cree que fue conducido a Cabo Mayor, donde fue fusilado y arrojado al mar.
El testimonio de estos dos hermanos navarros, martirizados por ser coherentes y dar testimonio de su fe, nos emplaza a acompañar esa proclamación de beatos y mártires el próximo 7 de noviembre, en la ceremonia que tendrá lugar en la catedral de Santander a las 11:00 horas. Que la Iglesia de Navarra acompañe a estos dos hermanos nuestros y a sus familias en esta ceremonia. Que Santander pueda acoger una significativa representación de nuestra Iglesia. Que D. Manuel Arizcun y el Hno. Ruperto de la Cruz sean modelos de testimonio de nuestra fe.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

