Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 15 de septiembre, en la iglesia de San Lorenzo de Pamplona, con motivo de la clausura de la novena a la Virgen Dolorosa.
Los pecadores, los desamparados, los pobres y los marginados experimentan con frecuencia soledad. Esta es una característica especial de la pobreza: la soledad, vivir solo, aislado. En muchas de las peticiones que habitualmente hacemos en nuestras celebraciones pedimos con frecuencia, como algo negativo, “por las personas solas”. Por eso, nuestra Madre de la Soledad es quien mejor comprende a los pecadores, a los pobres y a los desamparados, porque ella misma vivió esa soledad, sobre todo al pie de la cruz.
Esta tarde nos reunimos ante la imagen de la Virgen de los Dolores para contemplar que esa soledad se puede superar, se puede combatir, con la ayuda de Dios. Os invito a mirar y contemplar la imagen de Nuestra Señora de la Soledad como refugio de pecadores y auxiliadora de desamparados. Es acercarse al misterio de una Madre que permanece en pie cuando todo parece perdido, cuando todos han caído. Mirando la imagen vemos que su rostro, sus ojos y sus manos hablan de una fe que no huye ante el dolor, sino que permanece, suplica y acompaña. María aparece revestida de solemnidad, pero lo que verdaderamente atrae nuestra mirada es su rostro: una imagen que permanece en pie, porque como Madre no puede fallar ni flaquear. Unos ojos abiertos que parecen buscar a Dios y unas manos entrelazadas que expresan fuerza, seguridad y confianza. Hoy me gustaría fijarme en tres actitudes de María que nos regala esta imagen.
La primera es que María permanece en pie. El evangelio que hemos escuchado nos dice: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…» (Jn 19, 25). María está de pie, en silencio, inconmovible. Su hijo va a morir en la cruz, pero ella está en pie, fiel. Con cara de dolor, de impotencia, como cualquier madre. Es también una actitud ante la vida donde demuestra entereza, dignidad y fortaleza. María permanece en pie ante el desgarro de ver morir al inocente; en medio del desprecio, las burlas y el abismo del sufrimiento, la Virgen no flaquea, no cae derrotada ni desfallece en la desesperanza.
Para el pecador, el desamparado, esta firmeza de María es una garantía de seguridad y de cercanía maternal. La postura erguida de María en la cruz es un testimonio de fe madura y firme, capaz de soportar la prueba más amarga. Esta experiencia la he vivido bastantes veces en la cárcel. El preso sabe que la Virgen de la Merced, su Madre, le sostiene Y se le ve mirarla, acariciarla, le habla a la Virgen, a la que ve como su madre que tiene lejos. En la cárcel ella es la esperanza de muchos pobres y desamparados.
La segunda actitud de María es tener la mirada fija en el cielo, fija la mirada en Dios. El rostro de María conmueve, tiene los ojos todo lo abiertos que puede. No es una mirada ausente ni resignada, es una mirada que busca a Dios. Y en esa mirada traslada muchas miradas: la mirada del pobre, del pecador, del que ha caído, de los desamparados. La mirada de María es limpia; la de los pobres es una mirada temerosa, casi vergonzosa. Es una mirada profunda, penetrante, como la de Jesús a su Madre en la cruz, una mirada con mensaje: “Jesús, al ver a su Madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn. 19, 26). Son miradas fijas, que transmiten vida.
María, al mirar al cielo, nos enseña a elevar la vista en los momentos de desolación. Cuando las tinieblas del pecado o del abandono nos cercan, la postura de la Virgen nos invita a no mirar nuestras propias heridas, sino a dirigir el corazón al Padre, de quien viene toda gracia, consuelo y redención. Mirar al cielo es tener la certeza de poner nuestra confianza y nuestra esperanza en Dios, en el que sabemos que nunca falla.
La tercera actitud de María es fijarnos en sus manos. Son lo que más sobresalen del cuerpo. Es lo primero que se ve: las manos de María. No son unas manos relajadas. Hay tensión en ellas, parecen agarrarse una con la otra. Sus manos aparecen juntas, parece que rezan, que elevan una oración al Padre. Son manos de confianza en Dios. ¡Cuántas veces hemos entrelazado nuestras manos al ir a rezar! ¡Cuántas veces hemos juntado las manos para pedir a Dios! Son manos que rezan, que oran. Se percibe en ellas el dibujo marcado de las venas, testimonio físico del esfuerzo y la tensión. Son manos que sufren, pero que al apretarse demuestran un agarre inquebrantable a la voluntad divina.
Son manos tensas, que han vivido situaciones extremas. Ver morir a su hijo no es fácil para una madre. Ver el dolor de la gente a la que quiere no es sencillo. Son manos llenas de fuerza y preparadas para sostener. En el momento de la cruz, cuando Jesús dice al discípulo amado: «Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 27), nos entrega a María como madre y defensora. Esas manos apretadas son las manos de la Madre que no nos suelta, que abraza nuestra miseria y aprieta con firmeza nuestras flaquezas para presentarlas al Señor.
Volvamos nuevamente a esta imagen, miremos el rostro de María. Sus ojos están abiertos, miran hacia Dios. Sus manos entrelazadas rezan, piden. En esta escena María permanece en pie, la Madre no puede fallar; siempre la Madre en pie, por su Hijo, por todos nosotros.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

