El pasado fin de semana, los días 2 y 3 de octubre, estuve en Santiago de Compostela como obispo encargado de la Pastoral Penitenciaria en la Conferencia Episcopal Española. Veintitrés prisiones españolas habían comenzado el Camino de Santiago a principios de semana. Era la quinta edición en la que salen presos (hombres y mujeres) de la cárcel y realizan el Camino. Este año participaron cerca de 200 presos, 83 capellanes y voluntarios de la Pastoral Penitenciaria y 73 funcionarios que quisieron acompañarlos, no para vigilarles, sino para vivir la experiencia con ellos, formaban la gran marcha de la libertad. Además de autoridades, nacionales y autonómicas, 3 obispos y medios de comunicación, hasta un total de 365 personas. Era la fiesta de la libertad.
Cada prisión llevaba su propia ruta: unos, el camino francés; otros, el portugués; el inglés… teniendo como objetivo llegar el sábado 3 de octubre hasta el auditorio del Monte do Gozo para reunirse con todas las prisiones participantes. Reunir 200 presos juntos, que es el número de un módulo grande de cualquiera de nuestras prisiones de España, es todo un reto. Nadie vigilaba a nadie, el Monte do Gozo regalaba libertad bajo un sol que abrazaba y daba la bienvenida a todos los peregrinos. Nadie distinguía quién era preso, voluntario o funcionario. Los “atuendos” eran los mismos, el cansancio similar y la ilusión de la llegada lo curaba todo. Las distinciones, las diferencias, están en nuestra mente. ¡Todos éramos iguales! Desde Monte do Gozo, los 365 peregrinos mezclados partieron juntos caminando hacia la catedral, formando una gran caravana multicolor. Por unas horas, Santiago estuvo “tomada” por 200 presos. Ningún incidente, ningún problema. Repito: los miedos están en nuestra mente.
Más allá de los números están las vivencias. En los testimonios expresados por los presos, el más común ha sido que han experimentado la libertad. La mayoría han salido de la celda de la prisión para subir la furgoneta e ir al punto de partida del Camino. Muchos presos/as han confesado, con emoción contenida, que en las largas jornadas de caminata olvidaron por completo que estaban presos. No pensaban en la condena que les quedaba, disfrutaban que acababan de salir de la cárcel. Han experimentado la liberación que trasciende los muros de hormigón de la cárcel. Por unos días no han oído el ruido seco y frío del cierre de las puertas metálicas, han oído la brisa del campo y cantar de los pájaros, han recibido tanto la lluvia como el sol como una bendición, ¡qué diferencia! Se ha puesto en valor el sacrificio compartido. En el Camino no hay privilegios ni estatus. Todos andan el mismo sendero, comen lo mismo y las ampollas son las mismas. El sacrificio del esfuerzo diario ha sido la clave que ha cimentado una fraternidad sincera y desinteresada.
La dignidad de los presos, tantas veces cuestionada, se ha visto restaurada, valorada y humanizada en el Camino. Porque el Camino los ha hecho uno más. Sencillamente eran unos “peregrinos más que hacían el Camino”. Como les dije en la homilía el pasado sábado 3 de octubre: “Nadie os ha señalado con el dedo, nadie ha desconfiado de vosotros. Habéis sido libres entre mucha gente con la que os habéis cruzado. Nadie necesitaba saber vuestra historia para compartir con vosotros una conversación. Nadie tenía que preguntaros primero qué habíais hecho, para después decidir si podía caminar a vuestro lado. Nadie os miraba desconfiado. Nadie os separaba”. Esta sensación de sentirse uno más libera. El Camino de Santiago humaniza, iguala y dignifica. Experimentar ser tratado como uno más, sin recordarle su pasado, sin saber sus caídas y sin recordarle que viene de la cárcel, esa sensación se llama… LIBERTAD. En los albergues, en los pueblos que salpicaban la ruta, en los saludos espontáneos de otros peregrinos con el tradicional: «¡Buen Camino!», nadie preguntó por sus antecedentes penales. Nadie les señaló con el dedo acusador. No hubo etiquetas ni prejuicios. Seguían experimentando LIBERTAD.
También había un grupo de doce personas llegadas de la prisión de Pamplona. Lo formaban seis presos (cinco hombres y una mujer), además de cinco voluntarios y una responsable de la prisión. El sábado en la tarde pude compartir con ellos sus experiencias, sus sensaciones. La mayoría de ellos era la primera vez que había estado en Santiago. Algunos tampoco conocían “eso del Camino de Santiago”. Hablaron todos: internos, voluntarios y funcionaria. Los internos, emocionados; algunos no encontraban palabras, otro se emocionaba cada vez que daba el testimonio un compañero. Pero el denominador común fue libertad. Se había sentido libres por unos días. El estigma de la prisión se había quedado en Pamplona. El Camino lo hacían con ese sentimiento de que el “mundo es de ellos”, que nadie les vigila, que nadie los mira, que todos son iguales. Se habían dado cuenta de que el camino de su vida es como el Camino de Santiago, en el que hay que superar las dificultades como lo han hecho en el Camino. Levantarse cuando se ha caído y mirar al frente con esperanza. Los presos tuvieron un agradecimiento especial para la Iglesia de Navarra, a través de la Pastoral Penitenciaria, que ha hecho posible este Camino.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

