Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el 5 de junio, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona, con motivo del funeral de cinco policías forales fallecidos en accidente de tráfico.
Querida familia de Mintxo Sola, Jesús Vidaurreta, Miguel Crespo, Juan Martín Domínguez y Miguel D´Entremont; queridos compañeros de la policía foral; sacerdotes, autoridades políticas y militares, cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, hermanos y hermanas.
Toda Navarra está de luto, se siente golpeada por una tragedia que nos ha roto el corazón y que ha llegado de manera inesperada y trágica. Cinco hermanos nuestros, cinco servidores públicos, cinco policías forales se nos han ido en acto de servicio. Hemos perdido a padres, esposos, parejas, hijos, hermanos, compañeros, amigos, vecinos. Navarra ha quedado un poco huérfana; todavía estupefacta, estamos abriendo los ojos y ver lo sucedido.
Ayer tuve la oportunidad de visitar a las familias en el tanatorio. Compartí con ellas momentos de profundo dolor. Vi lágrimas, escuché silencios, percibí preguntas que brotan espontáneamente cuando una desgracia irrumpe así en la vida: ¿por qué? Algún padre/madre me decía: “¿Por qué ellos y no yo?”, “¿por qué de esta manera?”, “¿por qué ahora?”. Son preguntas humanas. Son preguntas legítimas. Son preguntas que atraviesan el corazón cuando el sufrimiento parece superar nuestras fuerzas. Y debo decir con sinceridad que no pude responder a estas preguntas. Ofrecía mi compañía, mi presencia y mi oración, como la de toda la Iglesia de Navarra. Porque ni yo ni nadie tenemos una respuesta capaz de borrar ese dolor ni de responder ante estos interrogantes. Aunque no tuve respuestas para muchas preguntas, sí encontré mucho amor, y donde hay amor Dios sigue estando presente, Dios sigue sembrando esperanza, aunque ahora nos cueste distinguirla.
El mismo Jesús en la cruz también tuvo momento de debilidad, de preguntas sin respuesta, cuando le dijo al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 46). Jesús en la cruz sintió soledad, dolor, abandono, y tampoco recibió respuestas. Estas preguntas son humanas, también legítimas, que brotan no de la razón, sino del corazón. Brotan del amor que sentimos por nuestros seres queridos por los que nos cambiaríamos la vida, la nuestra por la de ellos.
Pero, a pesar de todo, Dios no es indiferente al sufrimiento humano. La Iglesia no contempla de lejos el sufrimiento de las familias. Hoy nos hemos reunido en esta Catedral de Pamplona, que es la casa de Dios abierta al pueblo. La Iglesia, antes que hablar, quiere llorar con los que lloran. Nos hemos reunido con el corazón roto, para estar con las familias y compañeros de Mintxo Sola, Jesús Vidaurreta, Miguel Crespo, Juan Martín Domínguez y Miguel D´Entremont. Queremos abrazaros, queremos que Dios, en esta catedral, os abrace y hoy más que nunca esté a vuestro lado. Hoy Dios llora con vosotros y toda la sociedad e Iglesia de Navarra os abraza. Esa es nuestra ofrenda como Iglesia: acompañar vuestro dolor, pero también ofrecer nuestra oración por el alma de vuestros hijos, vuestros padres, vuestros esposos, vuestros hermanos, vuestros compañeros. Sobre todo, hoy queremos pedir a Dios fortaleza para estos momentos de profunda desolación.
El evangelio nos ha dicho: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn. 12, 24). Jesús está hablando de su propia vida. De una vida entregada. De una existencia gastada por los demás. De un amor que no se reserva nada para sí. Y precisamente por eso esas palabras iluminan de algún modo la vida de los cinco policías forales que hoy despedimos. Han fallecido en acto de servicio. Son palabras que nos hablan de entrega, de generosidad, de servicio, de ayuda; son palabras que recogen la vida de estos cinco hermanos que han fallecido. Palabras que he escuchado de familiares, de amigos, de compañeros, en el tanatorio y por otros mensajes en estos dos días donde destacabais que su vida era una entrega por el cuerpo de la Policía Foral y por el servicio a la sociedad. Y sirviendo a nuestra comunidad han fallecido.
Han entregado su vida cuando se dirigían a una actividad de formación profesional. Iban a prepararse mejor. Iban a seguir aprendiendo. Iban a adquirir nuevos conocimientos y nuevas capacidades para desempeñar mejor su misión. No viajaban buscando un beneficio personal. No viajaban pensando únicamente en sí mismos. Lo hacían porque habían asumido una responsabilidad de servicio hacia los demás. Lo hacían para proteger mejor a la sociedad navarra. Lo hacían para cuidar mejor de los ciudadanos. Lo hacían porque entendían que servir exige preparación, esfuerzo y entrega. Y esto dice mucho de quiénes eran. Cada uno de ellos son el grano de trigo que se ha entregado por esta sociedad navarra. Pero estoy convencido de que estas vidas han caído en tierra buena y dará sus frutos. Inclusive tenían compromisos solidarios fuera del trabajo con la sociedad navarra. Grandes servidores, grandes entregados por Navarra.
Termino como he empezado: abrazando a las familias de Mintxo Sola, Jesús Vidaurreta, Miguel Crespo, Juan Martín Domínguez y Miguel D´Entremont, ofreciendo mi oración y súplica por ellos y pidiendo a Santa María la Real, que preside esta catedral, que los cubra con su manto y acoja a sus familias
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

