“A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mc. 14, 7)

Con estas palabras Jesús nos recuerda que los pobres viven cerca de nosotros, que no podemos mirar hacia otro lado. Inclusive el día del Corpus Christi nos empuja a salir a la calle. A salir con Él, con Cristo eucaristía, porque los pobres no entran en nuestros templos y necesitamos salir para verlos, para descubrirlos, para comprometernos con ellos, y ver al mismo Cristo pobre y vulnerable entre ellos. Como nos ha dicho León XIV: “En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo” (Dilexi Te. 9). Salimos a la calle para que los pobres reciban también la bendición, la protección del mismo Cristo que se hace pobre con los pobres y pequeño con los pequeños. La adoración eucarística y la caridad no son dos caminos paralelos, sino dos expresiones inseparables de la misma fe. No podemos reconocer a Cristo en la Hostia consagrada y permanecer ciegos ante Cristo presente en los pobres. No hay eucaristía que no me lleve a la misión, especialmente con los pobres. Pero tampoco hay compromiso cristiano que no proceda de la eucaristía. Por eso, este día del Corpus la Iglesia celebra el Día de la Caridad, porque eucaristía y caridad son inseparables. Una eucaristía sin compromiso caritativo es estéril y un compromiso caritativo sin eucaristía se reduce a una ONG sin evangelio.

Las palabras que encabezan esta carta son una llamada permanente a mantener abiertos los ojos. Nos recuerdan que siempre tendremos la oportunidad de encontrar a los pobres y ayudarlos. Los pobres son un sacramento vivo de la presencia de Cristo en medio del mundo. Ignorarlos sería cerrar los ojos a una de las formas en que Dios nos visita cada día. Los pobres no son un problema que resolver desde la distancia, sino hermanos en los que Cristo sale a nuestro encuentro cada día. Mientras haya alguien que sufra, la misión de la Iglesia seguirá siendo anunciar el evangelio con palabras y con obras. Mientras haya un pobre a nuestro lado, Cristo Eucaristía nos seguirá interpelando.

Un compromiso que parte de la eucaristía, pero que no se queda en ella. Como nos decía Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas est: “Una eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” (n. 14). La autenticidad de nuestra fe se mide también por nuestra capacidad de amar. La procesión del Corpus recorrerá nuestras calles de Navarra, pero Cristo quiere recorrer también nuestros corazones. La eucaristía no es un refugio que nos aparta del mundo, nos introduce en el corazón mismo de la vida humana. La eucaristía nos empuja a salir, a mirar a nuestro alrededor, en las calles, en las esquinas y cruces de camino. Quien recibe el cuerpo de Cristo en la eucaristía está llamado a reconocer ese mismo cuerpo sufriente en los pobres, en los descartados, en quienes viven en los márgenes de nuestra sociedad. Como decía san Juan Crisóstomo: “Si no reconoces a Jesús en el pobre que está en la puerta de la Iglesia, difícilmente lo reconocerás en la Hostia consagrada. El papa Francisco completaba esta idea profundizando en la unidad entre adoración eucarística y el servicio a los pobres.

El día del Corpus es una llamada de atención a no olvidarnos de los pobres. Hay datos que nos interpelan. Según el último informe Foessa sobre Navarra, presentado en diciembre de 2025, en nuestra comunidad foral en 2024 había 95.575 personas (14,2%) en riesgo de pobreza y 53.173 (7,9%) en pobreza severa. Hay una fragilidad económica tal que el 26% de la población navarra no puede afrontar gastos imprevistos. Podría seguir con datos, ¡no quiero abrumarte!, pero no estamos bien. Algunas de estas personas posiblemente sean vecinos tuyos, quizás familiares. Son datos que nos llaman a la reflexión, unos datos a los que nos podemos acostumbrar y nos pueden dejar insensibles. El papa Francisco nos avisaba en la Bula del Jubileo de la Esperanza de 2025: “Frente a la sucesión de oleadas de pobreza siempre nuevas, existe el riesgo de acostumbrase y resignarse” (15). Este es el riesgo: anestesiarnos y acostumbrarnos a la pobreza sin ningún tipo de remordimiento ni cuestionamiento de conciencia, y eso sí que sería un verdadero drama. Como creyentes sería dar la espalda a la eucaristía, pues, como hemos dicho, no hay eucaristía sin compromiso social.

Me alegra que el papa León XIV, en su viaje a España, viva en primera persona esta doble dimensión: celebrará la eucaristía, pero luego visitará los lugares de llaga humana, de dolor social, como ya apunté en la carta de la semana pasada: visitando personas sin hogar, a hombres y mujeres en prisión y a los migrantes que han llegado a nuestras costas, a la vez que rezar por los que han perecido en el mar. El papa León nos muestra el camino: celebración y compromiso. Y lo hace en nuestra casa. Estos gestos del papa nos trasmiten un profundo sentido evangélico, expresan la convicción de que nadie debe sentirse olvidado por Dios ni por la Iglesia. Cuando el papa León XIV se acerca a quienes viven en los márgenes, nos recuerda que el Corpus nos empuja a estar allí donde la dignidad humana se encuentra amenazada o herida, porque por mucho que nos empeñemos, “a los pobres siempre los tendremos con nosotros”.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

 

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