Del 12 al 14 de junio, la Diócesis de Pamplona y Tudela ha vuelto a vivir una de esas citas que, año tras año, se convierten en una verdadera escuela de Evangelio. La 71ª edición de la Peregrinación Diocesana a Lourdes, organizada por la Hospitalidad Navarra de Nuestra Señora de Lourdes y presidida por nuestro Arzobispo don Florencio Roselló, ha reunido a 250 peregrinos, entre ellos cerca de 90 enfermos y personas con diferentes necesidades de atención, acompañados por voluntarios, familiares y hospitalarios que han hecho posible, una vez más, este encuentro con María.
Más allá de las cifras, Lourdes ha vuelto a ser lo que siempre ha sido para miles de creyentes: un lugar donde el cielo parece tocar la tierra, donde el sufrimiento encuentra consuelo, donde la fragilidad humana deja paso a la fortaleza de la fe y donde el amor entregado gratuitamente se convierte en el verdadero milagro.
La peregrinación comenzó la mañana del jueves 12 de junio. Cinco autobuses partieron desde Pamplona rumbo al santuario mariano francés. El viaje, siempre cargado de ilusión y expectación, reunió a diferentes personas con el deseo de ponerse bajo la mirada maternal de la Virgen de Lourdes.
Entre los peregrinos viajaban los enfermos, auténticos protagonistas de esta peregrinación. Personas que, a pesar de sus limitaciones físicas o de las dificultades que afrontan en su vida diaria, emprendieron el camino con esperanza y confianza. A su lado, decenas de voluntarios, algunos nuevos, otros veteranos, que con alegría hicieron realidad cada desplazamiento, cada comida, cada gesto de cuidado y acompañamiento. También se contó con la presencia del Consiliario Diocesano de la Hospitalidad Diocesana Ntra. Sra. de Lourdes, Diego Jiménez, y de los sacerdotes Santiago Cañardo, Javier Sagasti y Jorge Iriarte.
La llegada a Lourdes tuvo lugar al mediodía. Tras la comida y los primeros momentos de instalación, la peregrinación comenzó oficialmente con la celebración de la Eucaristía en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. Allí, ante la Virgen, la Diócesis puso en sus manos las alegrías, preocupaciones y esperanzas de todos los navarros.
La celebración fue el primer gran momento de encuentro comunitario. En ella se hizo visible una Iglesia que camina unida, donde cada persona tiene un lugar y donde los más vulnerables ocupan siempre el centro. Porque Lourdes enseña, desde el primer instante, una verdad fundamental del Evangelio: que nadie queda al margen cuando se vive desde el amor de Dios.
La jornada concluyó con uno de los actos más emblemáticos del santuario, la procesión de las antorchas. Al caer la noche, miles de fieles, de diferentes rincones del mundo, recorrieron la explanada de Lourdes mientras resonaban las oraciones y los cantos dedicados a María.
La peregrinación navarra participó activamente en este momento tan especial. Presididos por el Arzobispo don Florencio Roselló, numerosos peregrinos portaron la imagen de la Virgen y las velas que la acompañaban.
Quienes han participado alguna vez en esta procesión saben que resulta difícil describir con palabras lo que allí se experimenta. Es un momento de profunda emoción, de silencio interior y de comunión con creyentes llegados de todos los rincones del mundo. Bajo la mirada de María, cada historia personal encuentra acogida y cada oración parece elevarse con una fuerza especial.
El viernes amaneció con uno de los momentos más esperados de toda peregrinación a Lourdes: la celebración de la Santa Misa en la Gruta, el lugar donde la Virgen se apareció a santa Bernardita. La emoción fue palpable desde el comienzo. Celebrar la Eucaristía junto a la roca de las apariciones supone para muchos peregrinos cumplir un deseo largamente esperado. Allí, en un lugar tan sencillo como cargado de significado espiritual, resonaron las palabras del Evangelio y la oración de una comunidad que, más allá de sus diferencias, se sabe unida por la misma fe.
Tras la Eucaristía tuvo lugar el viacrucis de los enfermos. Cada estación fue una invitación a contemplar el sufrimiento de Cristo y a descubrir cómo ese sufrimiento sigue presente hoy en tantas personas que cargan con la cruz de la enfermedad, la soledad o las dificultades de la vida. Sin embargo, Lourdes enseña también que la cruz nunca tiene la última palabra. Cada estación del viacrucis conduce hacia la esperanza de la Resurrección. Por eso, lejos de ser un ejercicio de tristeza, se convierte en una experiencia de confianza y abandono en las manos de Dios.
La tarde estuvo marcada por la tradicional procesión eucarística de los enfermos. Debido a las altas temperaturas, el acto se celebró en el interior de la basílica de San Pío X, un espacio capaz de acoger a miles de peregrinos. Allí, ante el Santísimo Sacramento, enfermos, voluntarios, sacerdotes y peregrinos compartieron un intenso momento de adoración y oración. Lourdes recuerda continuamente que la verdadera grandeza no reside en la fuerza ni en el éxito, sino en la capacidad de amar y dejarse amar. Y pocas imágenes resultan tan elocuentes como la de cientos de personas rezando juntas, conscientes de sus limitaciones, pero también de la infinita misericordia de Dios.
La jornada del día 13 terminó con una actividad muy distinta, pero igualmente significativa: el tradicional bingo. Un momento sencillo, alegre y entrañable que volvió a reunir a enfermos, mayores y voluntarios. Porque Lourdes además de oraciones y celebraciones, es convivencia, amistad y alegría compartida. El Evangelio se hace visible tanto en los grandes momentos de oración como en las risas compartidas alrededor de una mesa o en una actividad que permite sacar una sonrisa a todos los asistentes.
El último día de la peregrinación llegó el momento de la despedida. Como ocurre siempre en Lourdes, el último día estuvo marcado por sentimientos encontrados. Por un lado, la alegría de todo lo vivido; por otro, la nostalgia de tener que regresar a casa.
La celebración central de la jornada fue la Eucaristía en la que los enfermos e impedidos recibieron el sacramento de la Unción de Enfermos. Un momento especialmente intenso y conmovedor para todos los presentes. Durante la homilía, el Arzobispo don Florencio Roselló definió este sacramento con una expresión que quedó grabada en el corazón de muchos peregrinos: “La Unción de los Enfermos es un sacramento de esperanza, vida e ilusión. Es la caricia de Dios para quien la recibe”. Además, afirmó que “Hemos venido a Lourdes a ver a María, y que ella nos ha llevado a Dios”, recordó que “el Señor nos sostiene en nuestra debilidad” y señaló que “nuestra vida sigue siendo preciosa a los ojos de Dios”. Finalmente agradeció el trabajo de la Hospitalidad, que “hace visible el rostro misericordioso de Dios”.
Antes de concluir la celebración, don Florencio presentó a la nueva delegada diocesana de la Pastoral de la Salud, María Sagaseta de Ilúrdoz, quien afirmó que seguirían trabajando por los enfermos, para hacer visible el mensaje de Cristo.
A lo largo de estos tres días, los voluntarios han sido un ejemplo vivo de esa caricia de Dios. Su disponibilidad constante, su alegría serena y su entrega generosa han permitido que los enfermos pudieran vivir plenamente cada acto de la peregrinación.
Sin embargo, quienes realizan este servicio suelen coincidir en una afirmación que vuelve a repetirse año tras año: Son ellos quienes regresan a casa transformados, son ellos quienes descubren que han recibido mucho más de lo que han dado. Con la paciencia de los enfermos, con su capacidad de agradecer, con su fortaleza ante las dificultades y con su confianza en Dios, los voluntarios encuentran una auténtica lección de vida y de fe.
Por eso, al concluir la peregrinación, el sentimiento más repetido entre todos los participantes fue el de agradecimiento. Gratitud hacia la Hospitalidad Navarra de Nuestra Señora de Lourdes por tantos meses de trabajo silencioso. Gratitud hacia los voluntarios por su dedicación incansable. Gratitud hacia los enfermos por el testimonio que ofrecen. Gratitud hacia la Diócesis por mantener viva esta tradición que ya alcanza su 71ª edición. Y, por encima de todo, gratitud hacia la Virgen de Lourdes, que continúa reuniendo a sus hijos en torno a ella para recordarles que la fe se hace verdadera cuando se convierte en servicio. ❏

