Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio el pasado 13 de septiembre, en la parroquia de Gorraiz, con motivo de sus fiestas
Querido párroco, sacerdotes, alcaldesa, corporación municipal, hermanos y hermanas:
Navarra es tierra de vírgenes, de grandes devociones a María, nuestra Madre. Siempre que visito iglesias, parroquias y ermitas con una advocación mariana me gusta fijarme en la imagen de la Virgen. Siempre tiene algo que le hace diferente al resto, la hace especial, y para su gente más todavía. Y esta imagen, la Virgen de Gorraiz, tiene varios detalles que me llaman la atención y que, a la vez, son una gran catequesis para nuestra vida que refuerzan nuestra fe. Me gustaría poner cuatro miradas en la Virgen que me han llamado la atención y que quiero compartir con todos vosotros:
La primera mirada quiero que la pongamos en el Niño Jesús, que está colocado en el centro de la imagen. No está a un lado de María. No está apoyado en uno de sus brazos, como sucede en tantas imágenes que representan a María con su Hijo. Está sentado en el medio, sobre las piernas de María. Tan centrado está que si el niño fuese un adulto taparía a María. La Virgen nos muestra que el centro, el importante, para ella y para nosotros, es Jesús.
María nos está diciendo: el centro no soy yo, es Jesús. Como siempre, María se muestra en un segundo y discreto lugar; la humilde, la pequeña, “he aquí la esclava del Señor” (Lc. 1,38) que dijo ella en la Anunciación. Esto no significa que María desaparezca o que deje de tener importancia. Al contrario, precisamente porque María no se pone en el centro adquiere toda su grandeza. Su grandeza está en conducirnos hacia Cristo. María es grande porque sabe señalar al Grande, porque nos lleva al Hijo. Es grande porque tiene claro quién es el importante, es grande porque nos está indicando dónde está el centro de nuestra fe.
Esta imagen y actitud de María choca con las pretensiones y luchas que se producen en nuestra sociedad, donde buscamos ser el centro, buscamos ser importantes, buscamos ser noticia. Y María nos dice: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2, 5), porque el centro es Jesús. Y nosotros, como María, estamos llamados a ocupar un segundo plano, por mucho que nos guste presumir o aparentar. ¡Cuánto cuesta en nuestros días la humildad, la sencillez, los segundos planos!
La segunda mirada me gustaría que la pusiésemos en las manos de María: están libres, no sujetan a nadie. Por la posición parece que nos está entregando a su Hijo. Ni lo sujeta ni lo sostiene con sus manos, abiertas como quien ha soltado algo. No parece estar sujetando al Niño con sus brazos. El Niño está sobre sus piernas, pero ella mantiene las manos abiertas, libres. Y esto puede contemplarse como un gesto profundamente simbólico. Es como si María dijera: «Aquí lo tenéis. Os lo entrego». Como si después de haber recibido a Jesús, después de haberlo llevado en su seno, después de haberlo cuidado y protegido, ahora quisiera ponerlo delante de nosotros.
María no muestra una actitud posesiva. No aprieta a Jesús contra sí misma. Lo ofrece. Con dolor, sin entender mucho, María nos entrega a su Hijo para la salvación del mundo. En Navidad, María recibe a Jesús y lo da al mundo. En Belén, María no se queda al Salvador. En Gorraiz, la Virgen también nos regala a su Hijo. Las manos abiertas de María nos hablan de generosidad, de entrega, de compartir, de regalar, de servir. Porque las manos cerradas agarran, las manos abiertas entregan; las manos cerradas cierran, las manos abiertas liberan.
La tercera mirada os invito a ponerla en las manos de Jesús: en una lleva el mundo y con la otra lo bendice. Es una imagen muy expresiva y simbólica de cómo cumplir la voluntad de su Padre. Cuando Jesús se presenta teniendo el mundo en una mano nos viene a decir que este mundo le importa, lo quiere y lo ama. Este gesto nos presenta a un Dios cercano y comprometido con este mundo. No es un Dios lejano, indiferente y despreocupado de lo que sucede en la tierra. Jesús, con el mundo en su mano, nos está diciendo que ha sido enviado a él y que va a entregar su vida por la salvación del mundo.
Y con la otra mano lo bendice y, contrariamente a lo que muchos creen, este mundo es bueno, es creado por Dios, pero los hombres lo hemos hecho malo, hemos traído el pecado. Por eso lo bendice, porque ve las bondades que Dios ha hecho en este mundo. Lo bendice porque a pesar del mal, del pecado, quiere convertirlo en espacio de paz, de amor, de libertad, de humanidad.
La cuarta mirada quiero ponerla en María. La actitud de María en un regalo incalculable por su valor espiritual y maternal. María tiene una actitud muy particular: no ocupa el centro, no retiene al Niño, no lo esconde, no lo sustituye; todo lo contrario, nos lo muestra y regala. Pero María está, no se ha ido, no ha abandonado. Está en un segundo plano, como está también en la cruz. María no desaparece, pero adopta la actitud de toda madre que se hace pequeña para que hijo crezca: “Ha mirado la humildad de su esclava” (Lc. 1, 48). Hoy la Virgen de Gorraiz se ha hecho pequeña para que veamos la grandeza de su Hijo y se ha entregado por ese mundo que lleva en sus manos.
Hoy la Virgen de Gorraiz nos enseña a poner a Jesús en el centro de nuestra vida, de nuestra fe. A abrir nuestras manos y ser generosos con los que nos rodean y a comprometernos por ese mundo que el Niño Jesús lleva en su mano con su Madre, la Virgen de Gorraiz.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

