Entrevista a Gabriel Garralda Arizcun
Gabriel Garralda ha escrito el libro “Beato Manuel Arizcun Moreno (1892-1936), Padre de familia-Mártir de Cristo”, una obra sobre la figura de su abuelo Manuel Arizcun, uno de los dos navarros que serán elevados a los altares el próximo 7 de noviembre en Santander. El libro permite acercarse a la trayectoria personal y familiar de Manuel, al ambiente religioso y social en el que vivió y a las circunstancias que rodearon su muerte durante la persecución religiosa que tuvo lugar, entre 1936 y 1937, en la diócesis de Santander. La próxima beatificación convierte esta publicación en una referencia para conocer la personalidad y las circunstancias de quien será el primer padre de familia de origen navarro que sube a los altares.
¿Qué le llevó a escribir este libro sobre su abuelo y en qué momento sintió la necesidad de recuperar y dar a conocer su historia?
En mi familia siempre hemos conocido algunos aspectos de la vida de mi abuelo, Manuel Arizcun, pero nuestros padres nos transmitieron su historia con mucha discreción. Sabíamos que había sido presidente diocesano de Acción Católica de Navarra, que lo habían arrojado vivo al mar y que sus restos descansaban en la parroquia de San Agustín. También sabíamos que sus hijos guardaban un recuerdo extraordinariamente bueno de él.
Algo que siempre me ha llamado la atención es la actitud de mi abuela, Pilar Zozaya, y de sus hijos. Habían perdonado de verdad y nunca transmitieron odio ni deseos de venganza hacia quienes lo mataron. Preferían no recordar aquellos hechos tan dolorosos y mirar hacia delante, algo bastante característico de aquella generación.
Mi investigación comenzó a raíz de la causa de canonización de mi abuelo, que impulsó en 2007 el arzobispo de Pamplona, don Fernando Sebastián. Colaboré con el sacerdote Santiago Cañardo en la elaboración de un folleto informativo sobre Manuel, publicado por la Diócesis en 2008. A partir de ahí, empecé a consultar hemerotecas, archivos y libros, y a recoger los testimonios de mis tíos. Durante ese proceso fui descubriendo documentos, fotografías, objetos personales y recuerdos familiares que me permitieron conocerlo mucho mejor. Cuanto más investigaba, más descubría la coherencia de su vida, su profundidad espiritual y la importancia de su figura para la Iglesia de Navarra en aquellos años difíciles.
Entonces comprendí que toda aquella historia debía ordenarse y ponerse por escrito. Creo que los buenos ejemplos deben divulgarse porque nos hacen bien a todos, y ese es, en definitiva, el propósito del libro.
Como nieto del protagonista, ¿cómo ha vivido el proceso de investigación y escritura?
Ha sido un proceso de descubrimiento progresivo. Al principio conocía los datos fundamentales de su vida, pero la investigación me permitió acercarme a su personalidad y comprender mejor sus decisiones.
He podido consultar documentos históricos, correspondencia familiar, originales de las conferencias que impartía en Acción Católica, fotografías y numerosos objetos que conservaban sus hijos. También grabé los testimonios de mis tíos, algunos de ellos muy extensos, que aportaron detalles y recuerdos de gran valor.
Entre los materiales que descubrí había objetos con los que apareció su cuerpo, una ficha médica que describía su cadáver, fotografías dedicadas por don Marcelino Olaechea, dibujos, pinturas y hasta unas noventa fotografías conservadas en placas de cristal.
Todo ello me ayudó a reconstruir no solo su trayectoria pública, sino también su dimensión humana y familiar. A medida que avanzaba, comprendía mejor la coherencia de su vida y el alcance de su compromiso cristiano.
¿Qué nos puede contar de su abuelo Manuel? ¿Cómo era como marido y padre de familia?
Mis abuelos se casaron jóvenes: él tenía 26 años y mi abuela, Pilar, 21. Formaron un matrimonio feliz, con gustos y aficiones comunes. Manuel era una persona más abierta y dedicaba mucho tiempo a sus hijos, con quienes mantenía una relación de enorme cariño. Disfrutaba paseando con ellos, pintando y compartiendo distintas actividades.
Mi abuela Pilar, que era baztanesa, tenía un carácter más reservado, pero destacaba por su gran delicadeza interior y su entereza. Tuvieron nueve hijos en un periodo de tiempo relativamente corto y constituyeron un hogar cristiano y alegre.
Por lo que he podido conocer a través de los recuerdos familiares, Manuel fue un padre muy presente y cariñoso. Su vida familiar y sus convicciones religiosas no eran realidades separadas, sino que formaban parte de una misma manera de entender la vida.
El libro reconstruye también el ambiente religioso y social de aquellos años. ¿Qué aspectos de la Navarra de los años veinte y treinta considera fundamentales para comprender la vida y las decisiones de su abuelo?
Para comprender a Manuel hay que situarse en el contexto de una España profundamente dividida por cuestiones religiosas, políticas y sociales. Tras la dimisión del general Primo de Rivera, en enero de 1930, resurgieron las tensiones entre quienes defendían distintas formas de organizar la sociedad y las relaciones entre la Iglesia y el Estado.
Con la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931, comenzaron importantes reformas, entre ellas las relacionadas con el Ejército y la educación. En el ámbito religioso, las medidas de secularización afectaron directamente a la enseñanza: se retiraron los crucifijos de las aulas, se suprimió la asignatura de Religión en la enseñanza pública y se prohibió a las congregaciones religiosas ejercer la docencia.
Estas decisiones generaron una gran preocupación entre las familias católicas, que temían no poder garantizar una educación cristiana para sus hijos. En Navarra se impulsaron iniciativas para mantener esa formación, mediante asociaciones de padres, escuelas católicas y fórmulas jurídicas que permitieran la continuidad de los colegios religiosos.
Mi abuelo vivió intensamente aquellas circunstancias. Para entender sus decisiones hay que tener presente que no actuaba únicamente desde sus convicciones personales, sino también desde la responsabilidad que sentía hacia su familia y hacia la sociedad en la que vivía.
Uno de los aspectos más llamativos de su vida fue que, en 1931, decidió abandonar voluntariamente su carrera militar para dedicarse a sus convicciones religiosas. ¿Qué le llevó a tomar una decisión tan trascendental?
Era comandante de Estado Mayor y tenía por delante una prometedora carrera militar. Sin embargo, el 3 de julio de 1931 decidió acogerse voluntariamente a la ley Azaña y abandonar el servicio activo, después de la proclamación de la Segunda República y de los acontecimientos anticlericales que se habían producido, especialmente la quema de conventos e iglesias en mayo de aquel año.
Es posible que su decisión respondiera también al deseo de dedicar más tiempo a su familia, que tenía nueve hijos. No debió de ser una elección fácil, porque suponía renunciar a una carrera profesional importante y a una vocación que siempre admiró.
Pero pronto comprendió que las nuevas políticas educativas podían comprometer la posibilidad de que sus hijos recibieran una formación cristiana. Como padre, sintió la responsabilidad de actuar para defender ese derecho, no solo para su propia familia, sino también para otras muchas.
Por eso se implicó activamente en las asociaciones católicas y en las iniciativas que buscaban garantizar la continuidad de la educación religiosa. Creo que aquella decisión refleja muy bien sus prioridades: sus convicciones religiosas, su responsabilidad familiar y su voluntad de trabajar por los demás.
Su abuelo tuvo una intensa participación en la vida de la Iglesia en Navarra, desde la Asociación Católica de Padres de Familia hasta la presidencia de la junta diocesana de Acción Católica. ¿Qué significaba para él ese compromiso y cómo lo compatibilizaba con sus responsabilidades familiares?
Desde enero de 1932 y hasta su martirio, Manuel dedicó su vida a su familia y a la labor apostólica de la Iglesia. Primero trabajó intensamente en la Asociación Católica de Padres de Familia y, posteriormente, en la junta diocesana de Acción Católica, cuya presidencia ejerció. También pertenecía a la Hermandad de la Pasión de Pamplona, de cuya junta de gobierno formó parte hasta su muerte.
Era una persona muy trabajadora y comprometida. Dedicaba muchas horas a las actividades de las asociaciones y preparaba cuidadosamente sus conferencias. Aquel compromiso exigía sacrificios personales y familiares, pero lo asumía con convicción.
Al mismo tiempo, no descuidaba a sus hijos. Los recuerdos familiares muestran que disfrutaba compartiendo con ellos paseos, aficiones y momentos cotidianos. Para él, la familia y su labor apostólica eran dos dimensiones fundamentales de su vida.
Durante su detención, su abuelo pronunció una frase que resume su firmeza ante la persecución: «Yo soy católico, y eso no me lo podéis arrancar ni con las pistolas». ¿Qué significado tiene para usted este testimonio?
Para mí, esas palabras expresan la coherencia de toda su vida. Durante su estancia en Suances, en agosto de 1936, recibió dos visitas de responsables del Frente Popular y tuvo ocasión de manifestar su condición de católico. Desde entonces presentía lo que podía suceder y se puso confiada y serenamente en manos de Dios, preparándose espiritualmente para lo que viniera.
El 10 de noviembre, en el momento de su detención, pronunció esas palabras que reflejan la firmeza de sus convicciones. Y aquella misma tarde, mientras se encontraba detenido, volvió a afirmar que era un católico practicante.
Lo que más me impresiona es que mantuviera esa actitud hasta el final. No renunció a sus creencias ni siquiera ante la amenaza de la muerte. Desde la perspectiva de la fe cristiana, murió mártir, confesando a Jesucristo hasta el último momento. Su testimonio nos recuerda que la coherencia con las propias convicciones puede exigir sacrificios muy grandes, pero también que la fe y el perdón pueden mantenerse incluso en las circunstancias más dolorosas.
La próxima beatificación reconoce a Manuel Arizcun como mártir de la persecución religiosa y lo convierte en el primer padre de familia de origen navarro que será elevado a los altares. ¿Qué supone este reconocimiento para su familia y qué mensaje cree que puede transmitir a los padres y madres de familia?
Para nuestra familia, este reconocimiento supone una inmensa alegría y un profundo agradecimiento por todo lo que Manuel nos ha dejado: su ejemplo de vida y, sobre todo, el legado de nuestros padres, que tuvieron la dicha de ser educados por un beato y por una madre que siempre estuvo a su altura.
Cuando la Iglesia beatifica a una persona, la propone como modelo para todos los fieles. En este caso, nos presenta a un padre de familia navarro, el primero de nuestra diócesis en alcanzar este reconocimiento. Un padre de familia numerosa, coherente con su fe, esposo y padre ejemplar, y un profesional brillante que renunció a su trabajo cuando comprendió que no podía conciliarlo con sus convicciones religiosas.
Cuando vio que el nuevo régimen pretendía imponer el laicismo en la enseñanza, sintió que, como ciudadano y como padre, tenía el deber de defender el derecho de sus hijos a recibir una educación cristiana. A partir de entonces, y hasta su martirio, se dedicó plenamente a su familia y a una intensa labor apostólica.
Dios le pidió finalmente el mayor de los sacrificios: entregar su vida por Cristo, renunciando a lo que más quería en este mundo, su mujer y sus nueve hijos, la mayor de dieciséis años y el pequeño de apenas un año. Su martirio fue la culminación de una vida de fe, pero no supuso el final de su historia.
Noventa años después, seguimos sintiendo su cercanía. Creemos que intercede por nosotros desde el cielo, nos alienta en nuestras propias dificultades y es motivo de profunda gratitud. Su vida nos recuerda que la santidad también se construye en el hogar, en la fidelidad a las propias convicciones, en el amor a la familia y en el compromiso con los demás.
Su ejemplo puede transmitir hoy a los padres y madres de familia un mensaje muy actual: que merece la pena educar a los hijos con coherencia, vivir la fe sin miedo y defender aquello que consideramos esencial, incluso cuando hacerlo exige sacrificios. Manuel nos enseña que la fe no es solo algo que se profesa, sino algo que se vive cada día y que se transmite, ante todo, con el ejemplo.
Como decía Tertuliano: «La sangre de los mártires es semilla de cristianos». El testimonio de Manuel sigue dando fruto hoy en nuestra familia y en la Iglesia.

