Vigilia por la Paz

Homilía reflexión pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 11 de abril, en la parroquia de San Miguel de Pamplona, con motivo de la celebración de la Vigilia por la Paz.


El pasado 5 de abril, Domingo de Resurrección, durante la bendición Urbi et Orbi, el papa León XIV nos dijo: «¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la plaza de San Pedro, el próximo sábado 11 de abril».

Ayer me dediqué a bucear por las redes sociales y descubrir los conflictos armados que hay en la actualidad. Impresiona. No solo está la guerra de Irán, o la de Ucrania, que son las más mediáticas, pero también son las más económicas. Hay más de 50 conflictos activos. Nuestro mundo vive dos realidades muy diferentes, casi antagónicas Nosotros hablando de los pobres, abogando por una Iglesia pobre. Jesús, en la Última Cena, hablando del servicio y de lavar los pies a los apóstoles, a los pobres. Yo lavando los pies a los presos en Jueves Santo. Y el mundo por otro camino. Dos realidades que caminan en paralelo, y posiblemente nunca se encuentren, y eso significa que nunca tendremos paz.

“¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes», proclamó el papa. “Indiferentes ante la muerte de miles de personas y ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos”.

Estamos esta noche levantando la voz para pedir al mundo la paz de Dios. No como la da el mundo, sino como nos la regala Jesús. Porque mi grito quiere partir de lo positivo y decir “Sí a la paz”, no me convence el “No a la guerra”. En el evangelio Jesús siempre habla de paz. El Papa León XIV ha recordado, como el evangelio, que la paz que ofrece Cristo “no es solo la ausencia de conflicto”, sino la que implica reconciliación, justicia y esperanza en un mundo de paz. La Iglesia propone unir “la fuerza de la diplomacia con la oración para detener el torbellino del dolor”. Aboga también por el respeto al derecho internacional de los pueblos, unida a la protección de las personas, evitando víctimas de guerra, que son requisitos indispensables para la convivencia mundial.

La paz que nos trae el mundo es una paz interesada, Jesús dice “yo no os la doy como la da el mundo” (Jn. 14, 27a). Movida por intereses económicos, condicionada por negociaciones. Una paz que unos la llaman “tregua”, otros “alto el fuego”, pero siempre con la voluntad de volver a matar, de volver a generar víctimas. Un “no a la guerra” condicionada por unas negociaciones, por unos intereses. No hay paz con condiciones, no hay paz con intereses, no hay paz cuando unos ganan y otros pierden. Desgraciadamente muchos acuerdos de paz brotan de esos intereses que siempre condiciona la parte superior, y a eso se la llama “no a la guerra”, usurpando el nombre de paz, cuando en realidad lo que hay es sometimiento.

La paz que nos trae Jesús es la paz del amor. La guerra es consecuencia del odio, de falta de respeto, de desear los bienes ajenos. La paz que nos trae Jesús es el respeto a la vida, a los pobres, a los más necesitados. En cambio, las guerras se cobran vidas de civiles, de gente que no interviene, y que sufren las decisiones de otros y que nunca morirán.

He visto las miles de víctimas que están causando las guerras. Ninguna guerra que se puede justificar, y menos cuando hay víctimas. El evangelio nos ha dicho “no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14, 27b), ese es un sentimiento de paz. Un corazón tranquilo, un corazón libre. La guerra perturba el corazón, genera miedo. Ahora que se transmite todo en tiempo real, vemos a niños, mujeres, personas mayores, que muestran un rostro de miedo, de tener un corazón perturbado. Rostros inexpresivos, rostros fríos, temerosos, rostros que hace mucho tiempo no esbozan una sonrisa.

Quiero decir con el Papa León, “somos un pueblo que ama la paz ¡Hay tanta necesidad de paz en el mundo!”. El respeto a la soberanía de los pueblos, el respeto a la vida, son innegociables. Porque no nos engañemos, las consecuencias de la guerra y las víctimas siempre son las mismas, los pobres, los que no deciden las guerras.

Seamos constructores de paz, empezando por nuestras familias, por los colegios, parroquias. Los que hoy dirigen los países, los que hoy deciden las guerras, también fueron niños. ¡Qué mensajes recibieron! Los niños de hoy son los dirigentes del futuro: políticos, alcaldes, diputados…. La educación que reciban será la política que apliquen en sus vidas de dirigentes. Si en sus casas, familias, colegios, ambientes de tiempo libre, han vivido un ambiente de paz, de respeto, de tolerancia, cuando ese niño sea dirigente, será constructor de paz. De una paz transparente, sin ideología, ni partidismo.

Nuestra oración de esta noche es la del evangelio. Una paz gratuita, generosa, sin negociaciones. Una paz sin miedo, y sin el corazón turbado. Sino un corazón libre, generoso y entregado.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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