Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 2 de mayo, en las Reparadoras de Pamplona, con motivo de la fiesta de María Reparadora
Celebramos hoy con gozo la fiesta de María Reparadora, en comunión especial con el carisma de las Hermanas Reparadoras, fundadas por Emilia d’Oultremont. Un carisma que nos presenta un amor que repara, que restaura, que vuelve a levantar lo que parece perdido.
Leyendo la vida de vuestra fundadora me llama poderosamente la atención cómo una mujer, Emilia D´Oultremont (1818-1878) pudo fundar una Congregación como la de María Reparadora. Emilia mujer noble, hija de un conde y una baronesa, que nace en un castillo, en Lieja, Bélgica. Su vida infantil y juvenil discurría entre viajes, cacerías, conciertos y teatro. No le faltaba de nada. Y acaba fundando una Congregación que reparase las heridas de la humanidad. Una Congregación que se mezclase con historias rotas, para reparar, ella que provenía de la alta nobleza. Aunque como toda persona tocada por Dios, siempre hay un mensaje, una frase en la que Dios habla. Emilia la encontró cuando escuchó a Jesús decir “María ha escogido la mejor parte y nadie se la quitará” (Lc. 10, 42). Emilia grabó esta frase a fuego y le cambió la vida. Tenía mucho donde elegir y eligió a Dios.
Nada de esta vida le llenaba. A la muerte de su marido Víctor, sentía con más fuerza la presencia de Dios en su vida, manifiesta que “el mundo tenía poco encanto para mí”. Mujer de oración que se intensificó más todavía tras la muerte de su padre. Influenciada por San Ignacio de Loyola, cada vez iba viendo más el camino de la vida religiosa. Las dificultades fueron grandes y persuasivas, inclusive contraviniéndolas órdenes y deseos de Monseñor de Montpellier. Se traslada a París y forma un grupo de mujeres que quieran consagrarse a “una vida de reparación y a imitar a María”. Empiezan la vida religiosa el 21 de noviembre de 1855. Después de unos meses, en 1856 se escogió el nombre de la Congregación, que se llamaría “Instituto de María reparadora”. El objetivo de la Congregación era “rodear en este mundo a Jesús de respeto, de adoración, de atenciones y de amor, para reparar los ultrajes que recibe”, que en otro lugar lo expresa con “Amarle y hacerle amar”. Cada vez iba siendo más una obra de Dios y eso supone que el1 de octubre de1869 el Papa Pío IX se aprueba el “Instituto de María Reparadora” y el 15 de marzo de 1873 se aprueban las primeras Constituciones por un periodo de siete años. Muere el 22 de febrero de 1878 en casa de su hijo Adrián, en Florencia.
El carisma podría venir definido por “Allí donde Cristo es desconocido o ultrajado en sus miembros sufrientes y humillados, hay lugar para la reparación”. Emilia, que pasará a llamarse María de Jesús tiene como centro de su carisma y apostolado la reparación de todas las heridas y ultrajes a Jesús. Significa que, en un mundo herido por la injusticia, la violencia, el egoísmo y la indiferencia, reparar es volver a amar donde falta amor. Es pedir perdón donde hay ofensa. Es construir donde otros destruyen. Es colaborar con Dios en la restauración de lo que el pecado ha dañado.
El profeta Isaías en la primera lectura nos ha recordado que la verdadera religión no es un conjunto de prácticas externas, sino una vida que se traduce en justicia, en misericordia, en compromiso con el otro. Reparar las brechas, que aparece en esta lectura significa reconstruir lo que está roto: relaciones heridas, dignidad pisoteada, esperanza perdida. Es una misión profundamente humana y profundamente divina. Pero esta misión no nace solo del esfuerzo humano. Nace de un corazón que ha sido tocado por Dios.
Cuando contemplamos a María bajo esta advocación, como reparadora, la vemos en el lugar más elocuente de su vida, al pie de la cruz, tal como nos ha dicho el evangelio. Allí está la Madre, firme, silenciosa, fiel. No huye del dolor, no lo niega, no lo disfraza. Permanece. Y en ese permanecer, María realiza una de las obras más profundas del amor: acompaña, ofrece, repara. Ella está de pie, firme, participando en el misterio del amor hasta el extremo. Jesús, en ese momento, le confía una nueva maternidad: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre”. En ese gesto, María se convierte en Madre de todos nosotros. Pero también se convierte en modelo de toda reparación. Porque una madre, nuestras madres, son y han sido expertas en reparar nuestras heridas. María repara no con palabras, sino con su presencia. No con soluciones inmediatas, sino con fidelidad. No evitando el sufrimiento, sino atravesándolo con amor.
Vuestro carisma es parecido al de la Orden de la Merced, a la que pertenezco, llamada a liberar, a reparar situaciones de injusticia y de marginación. Emilia d’Oultremont comprendió que había “brechas” en el mundo de su tiempo, como las hay en el nuestro, y que Dios llamaba a repararlas, no desde el poder, sino desde el amor ofrecido, desde la adoración, desde la entrega silenciosa. Isaías nos da una clave muy concreta: la reparación pasa por gestos reales. “Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo…”. No se trata de ideas, sino de vida. La reparación se hace carne en lo cotidiano.
Pidamos en esta celebración que a ejemplo de Emilia o de Sor María de Jesús, que aprendamos a vivir con un corazón reparador. Que no seamos indiferentes, ni pasemos de largo ante las necesidades de situaciones de reparación. Que sepamos estar con María, al pie de tantas cruces que están solas y necesitadas de amor y reparación.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

